La historia y la paz (segunda parte)

CARLOS MARTÍNEZ SHAW, nacido en Sevilla en 1945, es catedrático de historia moderna en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), director de las revistas “Andalucía en su Historia”, miembro de los comités científicos de otras revistas especializadas y crítico de historia moderna y de literatura asiática.

La Carta de la Paz, en su punto IV, nos recuerda que “es fructuoso conocer la Historia lo más posible”. En esta entrevista con el profesor Martínez-Shaw, repasamos los usos de la Historia, la memoria colectiva y las líneas profesionales de su estudio. Carlos, retomando el tema de los tratados de paz, ¿qué condiciones se necesitan para que sean sólidos y duraderos? Lo que se debe buscar son las bases para el establecimiento de relaciones de justicia interna y relaciones de justicia internacionales. Cuando hay contenciosos que no están resueltos de acuerdo con la justicia, el conflicto se mantiene y se prolonga. Es como un tumor que no se ha intervenido. Muchos de los problemas actuales se derivan de contenciosos mal resueltos en el pasado. El propio desastre balcánico que vivió Europa en la década de los noventa fue fruto de una mala resolución de conflictos. Se trata de un problema que tuvo que ver con una mala integración étnica. Es un tema que en España comienza a ser importante. Nosotros no podemos seguir en la dirección equivocada, tenemos que ir hacia la integración. Debemos intentar resolver los problemas por la vía pacífica y de la forma más justa posible, teniendo en cuenta una cosa importante: los problemas de las asimilaciones de las minorías son problemas que siempre tienen una doble vertiente: una que llamaría racional y otra emotiva. La racional es la que debe prevalecer, pero sin desconocer que hay elementos emotivos de rechazo a lo heterogéneo. Los problemas de comunidades heterogéneas planteados correctamente acaban disolviéndose en la distancia temporal, por sí solos. En cambio, si se plantean mal no se resuelven nunca. Esto lo vemos en España. Si no se promueven soluciones justas al problema, la inmigración se convertirá en una “bomba de relojería”. Sin embargo, si las soluciones son justas las minorías acaban siendo integradas dentro de las mayorías. Pero si no se les ofrecen medios de trabajo, de integración y de igualdad, se convierten en un tumor porque quedan segregados, sin disolverse en el organismo general. Hay quienes piensan que la inmigración provoca delincuencia. Eso es un error. La delincuencia no está vinculada a esos grupos sino a la miseria y a la falta de oportunidades. A eso está vinculada. Si les das trabajo, les das vivienda y posibilidades de formar familia, esas personas ya no van con las pistolas por la calle. En cambio, si lo único que les permites es poner una manta para vender discos y, además, la policía les persigue todos los días, es normal que un porcentaje de ellos encuentre más fácil asaltar por las calles. ¿No crees que la solución de este problema se encuentra más atrás? ¿Que se debería de actuar en los países de origen de los inmigrantes? Esa seria la solución perfecta, porque la emigración ya es una disfunción. La gente se ve obligada a emigrar, no es que emigre porque les guste. No se trata de que yo prefiera vivir en Brasil y piense en ir a instalarme a Río. Eso estaría bien. Pero no, la gente vive tan mal en Marruecos que quiere ir a Sevilla lo antes posible. Eso es lo que está mal. Por supuesto que hay que actuar en el interior de los países pobres, pero hoy en día eso no parece posible. ¿Qué provoca esa necesidad de emigrar? Los países pobres del mundo tienen graves problemas. Una parte creados por ellos mismos, como la existencia de grupos de poder con escasa conciencia social que favorecen el lucro personal de minorías privilegiadas que controlan el gobierno, la riqueza y el poder del país, y dejan en la indigencia a la mayor parte de los ciudadanos. Pero hay otro problema externo del que no son culpables y que es la agresión permanente, unas veces de carácter directo y otras indirecto, por parte de países ricos para beneficiarse de ellos, haciendo trabajar a la gente en condiciones infrahumanas, procurando absorber todas las fuentes de riqueza y de materias primas para alimentar a las industrias del primer mundo y creando, por lo tanto, más elementos de desigualdad que impiden el desarrollo. Y si además miran la opulencia con la que se vive en los países ricos… Los medios de comunicación (la televisión, Internet, etc.) difunden modos de vida mejores que los que la gente de esos países tiene. O sea, hay grandes capas de poblaciones desfavorecidas que están viendo unos ejemplos de riqueza extraordinaria “al alcance de la mano” y que, sin embargo, en su país jamás van a lograr. De ahí que haya una explosión tremenda hacia los países ricos. La capacidad de atracción que tienen los grandes almacenes europeos sobre las poblaciones desfavorecidas es incontenible. El muro de Berlín cayó, en buena parte –metafóricamente hablando-, porque enfrente estaba KDG, que era un gigantesco almacén que estaba al otro lado. Entonces, la obsesión era poder cruzar el muro para comprar alguna cosa que no se podía conseguir en Berlín. O sea, esa pulsión hacia el consumo, hacia la comodidad, es un elemento que ejerce una atracción irresistible sobre esas poblaciones. Habrá que seguir trabajando en la integración. Sí, en efecto, es un problema social al que se le tiene que dar solución.

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