La madurez del entusiasmo

La palabra entusiasmo, de origen griego, significa emoción desde las entrañas, agitación interior, posesión de los dioses. El entusiasmo es el nombre que los griegos pusieron a las contorsiones de la pitonisa sobre el trípode de Delfos cuando recibía el espíritu de Apolo.

El hombre embriagado por esta fuerza interior, este espíritu divino, ve doblemente los objetos, queda, provisionalmente, como privado de la racionalidad. El entusiasmo también se ha comparado con el vino: suscita tal energía en los vasos sanguíneos y vibraciones tan violentas en los nervios que destruyen la razón. Dota al cerebro de mayor actividad. El entusiasmo razonable es el patrimonio de los poetas, es lo que hace perfecto su arte y lo que hace que desde la antigüedad fueran considerados dioses. Las odas son verdaderos cantos en los que domina el entusiasmo, mientras que la sátira, por su espíritu crítico y sarcástico es la antítesis del entusiasmo.

Escribe Pere Tarrés el día 9 de diciembre de 1932 en “La Flama”: “El entusiasmo es la cualidad esencialmente indispensable en toda organización que aspire a la conquista de grandes masas”. Y añade: “El trabajo de cualquier hombre, ejerza la disciplina que sea, es más intenso, más admirable y más digno cuando se dejan llevar por el entusiasmo. El artista abrasado de entusiasmo en el momento de la concepción de su obra y que se deja arrastrar por su fuerza impetuosa en las horas que siguen a la ejecución, pone en aquel cuadro, partitura o escultura algo de su vida, su alma, que hace que aquella obra viva tanto como el alma de su autor”.

El entusiasmo es bastante invisible: amor, audacia, talento… en una palabra, potencia creadora. Es toda alma que se manifiesta inflamada de ideales bajo el dominio de la razón. Es la antítesis de la finura fría, irónica; es el polo opuesto al derrotismo, es el preludio de la victoria; gracias a él, el alma se mantiene incorruptible, se mantiene sana y a punto de luchar y vencer contra la carcoma de la inercia y el miedo.

En la citada glosa se describe bellamente la esencia del entusiasmo y Pere Tarrés muestra como detrás de cualquier gran obra, gran trabajo, gran proyecto, gran amor, del signo que sea, cultural, artístico, económico, afectivo o familiar, es necesario que haya entusiasmo. Raramente se tiene en cuenta esta virtud o cualidad a la hora de describir la vida humana y, sin embargo, juega un papel decisivo en ella.

Un ser humano empujado por esta energía interior -el entusiasmo- es capaz de grandes cosas, de arriesgarse y de darlo todo, de entregarse en cuerpo y alma a una obra, a una persona o a un proyecto. El entusiasmo es como un rapto interior, una fuente de energía que empuja a actuar y a superar contrariedades. El que esté entusiasmado con un libro, busca cualquier momento para leerlo. El que lo está con una música, busca todos los instantes posibles para gozarla. El entusiasmo es la sal de la vida y vivir sin experimentar nunca esta energía creadora y expansiva lleva a una vida muy gris, monótona y vacía. El entusiasmo no es pura irracionalidad, ni tampoco una especie de locura. Rompe con los esquemas racionales y en él hay algo de divino, de sobrenatural, pero no por ello es una fuerza ciega, absurda.

Por eso, el entusiasmo es pasajero. Tarde o temprano, se acaba. No se puede estar permanentemente entusiasmado, pero sí que se puede alimentar el entusiasmo con nuevos elementos, nuevos descubrimientos que exciten, de nuevo, el deseo. No es suficiente para llegar a crear una gran obra, para renacer en una relación amorosa o para hacer funcionar un negocio: son necesarios, también, disciplina, trabajo, continuidad, don de la oportunidad y sentido crítico.

Una institución necesita que haya personas entusiasmadas con su fin, porque sin ellas se convierte en una instancia que repite mecánicamente los procesos. Una relación necesita el aliento del entusiasmo para que no caiga en la rutina y la monotonía, pero también la disciplina y la continuidad para hacerla crecer. El entusiasmo rompe la rutina y la continuidad; hace latir el corazón, acelera la ilusión y hace vencer contrariedades de tota índole. También un país necesita personas entusiasmadas con su realidad nacional. La desafección, el pasotismo, en todos los órdenes de la vida, conduce a la decadencia. El entusiasmo es una adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa. El entusiasmo no es la pasión, pero mueve la pasión.

Eugeni d’Ors decía que quien empieza con entusiasmo y abandona pronto se convierte en un diletante. Quien continúa sin entusiasmo es un farsante, o peor aun, un cínico; sólo aquel que vela por renovar cada día su entusiasmo por aquello que hace, y vive es, propiamente, un ser maduro.

En esta repetición recae el sentido de la vida según Kierkegaard. Vivir del recuerdo es propio de los nostálgicos; vivir del futuro es propio de los que se evaden del presente, mientras que vivir cada momento como único, aunque lo que se haga en ese momento sea lo de siempre, es la repetición. El entusiasmo maduro consiste en repetir la propia actividad como si fuera la primera vez que se hace, en empezarla de nuevo con la misma fuerza e ilusión. Es necesario querer mucho aquella actividad para repetirla sin cansarse de ella. Es necesario, en definitiva, que esté llena de sentido.

Artículo disponible para a ser reproducido en otros medios, citando la fuente.

 

Francesc Torralba Rosselló (Doctor en Filosofía)
España – Barcelona

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