La posibilidad política de ser

A las sociedades complejas como las nuestras, les corresponde un entramado social igualmente complejo. La existencia de las mayorías es tan evidente como la existencia de las minorías. Sin embargo, las posibilidades de concretar los proyectos propios de vida, en realidad no son las mismas.
El caso es que las democracias con las que se gobiernan nuestros estados, se sustentan considerablemente sobre el principio de la mayoría. Y aún más propio de la democracia, que el principio de la mayoría, es el sufragio universal, que pretende garantizar la participación activa de las minorías. De aquí viene la legítima tensión entre mayorías y minorías, entre gobierno y oposición, entre grandes y pequeños… El principio de mayoría, como muy bien recordaba Bobbio, es una de las principales reglas procedimentales de la democracia. Si pesa excesivamente, la mayoría se acerca demasiado a la uniformidad, que es más propia de un sistema totalitario que de una democracia. Aún así, no podemos obviar que el principio de mayoría es un principio de legitimación clave en la cultura democrática.

Así pues, ¿porque obstinarnos en ser mayoritarios? Si queremos ser mayoritarios, ¿no será porque si somos minoritarios hay cosas importantes para nosotros que no llegan nunca a realizarse?

Las mayorías, por el solo hecho de serlo, no son custodias de la verdad. Como muy bien advierte Adela Cortina, la democracia de referéndum conlleva un peligro, el de establecer una tiranía sistemática de la mayoría. Y es que como muy bien dice esta filósofa, “los números crean poder, no derecho, la cantidad no crea calidad”. Por esto es tan importante el criterio de la democracia liberal de evitar concentrar el poder en manos de muchos o de unos pocos. Pero también hay que decir que, de la misma manera, la minoría o la diversidad, sólo por el hecho de serlo, tampoco es valiosa, importante o significativa.

Si recuperamos la fórmula más precisa de este principio democrático, hablaremos de mayoría limitada que respeta los derechos de la minoría. Según Kelsen, esto es así porque este respeto es el que permite que en cualquier momento y por sí misma, la minoría pueda convertirse en mayoría. Lo que pasa es que este matiz a menudo se reduce a la connotación de derecho de no agresión, sin llegar a la promoción de la identidad de estas minorías. La cuestión radica en que puedan/podamos ser aquello que sueñan/soñamos ser, sin que los otros necesariamente deseen/deseemos ser lo mismo. Porque no hay una sola manera de vivir, ni una sola manera de vivir “bien”.

Pero antes de seguir soñando cómo hacer posible que las minorías puedan “ser” realmente, hay que advertir que poco se podrá hacer si no promovemos un cierto cambio de actitudes de los agentes políticos, que en último lugar tendrían que ser todos los ciudadanos. Aunque suene utópico, hay que renunciar al poder en la medida en que es una actitud y una acción invasora que estropea toda relación humana, ya sea política o de otro tipo. Es significativo que quien fue presidente de la República Checa, Václav Havel, desde la experiencia de gobierno, señala el desafecto al poder como el rasgo que permite una mayor libertad a la hora de actuar políticamente, renunciando al uso de tácticas subrepticias. Precisamente es este desafecto lo que hace a alguien apto para dedicarse a la política, podríamos decir que es como una precondición de la actividad política.

La renuncia al poder tiene una expresión en la renuncia a ganar. Necesitamos ganar para imponer lo que queremos a los que no desean vivir lo mismo. Porque en la práctica, la pluralidad no encuentra donde encajar en las fórmulas concretas de desarrollo de nuestra democracia: nos quedan pequeñas. Pero además de la necesidad, es que nos gusta ganar. Y mientras haya uno que gane, querrá decir que otros pierden. Y esto dificultará mucho la convivencia en paz. El reto que tenemos delante es poder articular que ganamos todos. Porque sino, siempre habrá el pie de uno aplastando la cabeza del otro. Lo que de verdad todo ser humano necesita es poder ser y para esto no tendría que ser necesario pisar a nadie. Y tendríamos que saberlo reflejar en estructuras políticas y administrativas concretas.

Según los estudiosos leen en Aristóteles, “un rasgo de la libertad es el ser gobernado y gobernar por turno”. Otro es vivir como se quiere, dado que lo propio del esclavo es vivir como no quiere. Esto último es esencial en la democracia, y de aquí viene que considere que lo mejor es no ser gobernado, si es posible, por nadie, y si esto no es posible, pues por turno. Si llevamos el argumento al extremo, se nos hace muy duro pensar que en realidad, nuestras democracias se sustentan sobre miles de minorías que, en este sentido que decíamos, viven “esclavizadas”, ya que no pueden vivir como quieren, aunque se les respete y se les deje ser, porque de hecho, no se les deja ser plenamente.

Posiblemente conviene avanzar hacia fórmulas mixtas, aspirando conseguir un pluralismo sincrónico de formas diversas de vida. No sólo federalismo ni núcleos administrativos regionales del estilo de las autonomías, sino conseguir arbitrar formas plurales de vida en los mismos entornos. La tendencia en este sentido, hacia una democracia radical, no viene sólo por la vía de una democracia más participativa, aunque esto también es importante. Pero tenemos que ir a buscar el esquema que nos permite hablar de la democracia como un “proyecto de proyectos”: proyectos diversos sincrónicos que suceden al mismo tiempo. Tendremos que aceptar todas las reglas del juego, pero para que podamos jugar juegos diferentes.

 

Natàlia Plá Vidal (Filósofa)
España – Salamanca

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>