La solidaridad

En China, éste ya no puede ser sólo el año de las Olimpiadas. En la historia reciente, este año será recordado por dos acontecimientos. Uno, festivo: las Olimpiadas. Y otro: un gran desastre natural. Todavía en los telediarios y noticieros de aquí, nos llegan noticias e imágenes del reciente terremoto ocurrido en Wenchuan. La magnitud del seísmo parece que se hace más grande a medida que pasa el tiempo y se tiene acceso a las áreas que quedaron bloqueadas.
El aire alegre y entusiasta que respirábamos en los últimos meses de cuenta atrás, se ha teñido de luto, de dolor y de conmoción. Ante tamaña tragedia, mucha gente no ha podido menos que preguntarse sobre el sentido de la vida y de la muerte así como recordarse a sí mismos que la condición humana es frágil y muy precaria.

Tanto ha conmocionado el dolor de la tragedia y la desolación como la capacidad de reacción de la sociedad, la cercanía demostrada por el gobierno, así como las innumerables muestras de valentía, sacrificio desinteresado, cooperación y solidaridad social que han tenido lugar tanto a nivel nacional como internacional.

Y es que esta solidaridad ante el dolor y la desolación saca lo mejor del alma humana para ponerla al servicio de los demás, de los que en estos momentos más lo necesitan porque se han quedado sin familiares y sin nada. Es como un puente que comunica y une a las personas por encima de cualquier otro aspecto. Es una solidaridad que quizás nace de la comprensión, la piedad y la compasión hacia las personas afectadas pero que tiene su verdadero origen en la conciencia fundamental de que somos personas que compartimos la misma existencia.

Estos y otros sentimientos similares son los que han estado a flor de piel en todas estas semanas desde que ocurriera este desastre natural. Ha sido uno de los pocos momentos en que han primado los sentimientos y la transparencia informativa por encima de la ideología, a la cual, por otra parte, estamos tan habituados.

Es de desear que la nueva apelación a concentrar las energías y el respeto mostrado hacia las vidas humanas orienten a las personas hacia una mayor solidaridad  y justicia social por encima del individualismo y el materialismo que va impregnando la sociedad de este país.

Ha supuesto un cambio de actitud importante y positivo que bien pudiera ser no coyuntural y que podría ampliarse a otros asuntos. La aceptación de la ayuda exterior, incluso de Taiwán o Japón, por parte del gobierno, ha sido un gesto con una flexibilidad sin parangón. Esta actitud ha permitido la multiplicación de muestras de solidaridad y simpatía internacional que nos han confortado a todos después de ciertas polémicas recientes.

Los conflictos humanos, por otra parte inevitables porque forman parte de nuestra constitución existencial, a menudo sólo sirven para crear desconfianza, disgregar y dividir, cuando no, a exasperar los ánimos impidiendo que lo mejor que tenemos los seres humanos aflore a la superficie y se vea fácilmente. Con frecuencia, la presentación que de los mismos hacemos, especialmente la que hace los medios de comunicación, inhiben la capacidad de ver los asuntos con claridad al exagerar, simplificar o buscar la provocación y el descalificativo fácil cuando presentan las partes en conflicto con imágenes en blanco y negro, de buenos contra malos.

Esta perspectiva dualista de enfrentamiento dialéctico parece justificar una insensibilidad inconmovible incluso ante la muerte de otros seres humanos: así la guerra, se le ponga el calificativo que se le ponga, puede llegar a parecer algo perfectamente normal. Cuando todo se convierte en guerra, enfrentamiento, presión, acoso o competición y las relaciones elementales entre las personas se transforman en actos de violencia se pervierten las mejores energías del corazón humano.

Los medios de comunicación son muy hábiles para explicarnos la cultura de la guerra pero son muy poco hábiles para explicarnos los esfuerzos de apertura, de integración, de paz y de concordia que suponen para las personas y los países algunos eventos como, por ejemplo, las olimpiadas.

Todas las visiones dualistas y unívocas de la existencia humana son un error porque, entre otros elementos, rechazan el enriquecimiento que supone el sano diálogo y la comunicación verdadera al considerar al otro como un igual.

Conviene superar esta opinión pesimista si no queremos frenar nuestra tendencia espontánea a crear vínculos constructivos y pacíficos. No ver, por encima de las polémicas, la solidaridad de los conmovidos, la fraternidad y la bondad, es no comprender la hondura de la vida, aparte de hacernos un flaco favor a nosotros mismos al convertirnos en miopes. Todos los conflictos humanos se relativizan al darse uno cuenta de que empobrecen la existencia y no ayudan a crear lazos pacíficos de comprensión y convivencia.

Dice el Taoismo que en todo lo malo hay algo de bueno y viceversa. Hay que ser pacientes y, como dice la canción de los Juegos Olímpicos de este año 2008, “estar preparados” para poder ver en nuestros contextos más cotidianos, no sólo en circunstancias límites o en lo adverso, lo mejor que tenemos y que engrandece a los seres humanos.

Es una urgente necesidad y una manera de ser consecuentes con la dignidad de la persona humana.
Elvira López (Estudiante de español)
China – Sichuan

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