La unión hace la fuerza

La víspera del día de Navidad de 1986 una gran nevada cubrió de blanco los tejados y las callejuelas de un diminuto pueblo del Pirineo que prefiero guardar en el anonimato. Pasada la tormenta, muchos niños nos lanzamos a la calle impulsivamente para disfrutar de la nieve. Aquella pasta blanca era frágil, efímera e inconsistente como la paz que reinó durante aquel día, y se fundía por momentos con la incertidumbre de saber cuándo volvería a llegar. Entonces éramos todos muy pequeños e inocentes, y en una fecha señalada como la del 24 de diciembre, con la ilusión que tiene cualquier niño por un acontecimiento así, seguramente los adultos prefirieron dejar de lado por un día los resentimientos que desde hace décadas han gobernado las familias del pueblo. En cuanto los rayos de sol hicieron desaparecer la helada capa que confería al pueblo aquel aire misterioso inusual, el deshielo dejo de nuevo al descubierto los odios y los rencores tradicionales. La plaza del pueblo volvió a quedar vacía durante días, como era habitual, mientras se iba desfigurando totalmente un gran muñeco de nieve que en su momento había simbolizado la unidad y el esfuerzo de la generación más joven del pueblo. Aquella nevada quedó archivada en mi memoria para siempre, ya que muchos de los niños del pueblo nos conocimos precisamente aquel día, dado que la mayoría de familias nuevas ya no vivían en él y sólo se acercaban a los orígenes de sus antepasados en fechas como la Navidad, la Pascua o el verano. Desgraciadamente, aquel encuentro se convirtió, con el tiempo, en una arma de identificación y reconocimiento de los que tenían que pasar a ser, según el guión no escrito, enemigos potenciales de todos nosotros. En efecto, después de aquella jornada ya no hubo jamás ningún otro encuentro y se fueron formando pequeñas bandas enfrentadas entre sí por motivos sin fundamento que perpetuaban los resentimientos históricos que desde épocas inmemoriales han impedido no sólo la superación de antiguas heridas, sino que han estado a punto de llevarlo a una decadencia total. Esta falta de paz y la transmisión de antiguos rencores no solo enfrentó a varios sectores del pueblo hasta llevarlo a un callejón sin salida, sino que consiguió que la generación que algunos adultos habían intentado dividir para reafirmar sus propios intereses, terminara cansándose y dejara de subir al pueblo ni siquiera en las fechas más importantes. Esto evidenció la necesidad, entonces más que nunca, de que la concordia tenía que volver al pueblo si éste quería seguir adelante, ya que la población había disminuido tanto que ya no había ni una sola familia que pudiera procrear y pasar el relevo. A pesar de que las viejas heridas nunca se han terminado de curar, hay que destacar que cuando los habitantes de edad más avanzada se dieron cuenta de que la identidad del propio pueblo corría el riesgo de desaparecer, hicieron un esfuerzo para establecer una especie de pacto no escrito por el cuál intentarían no alterar más el propio transcurso de las relaciones humanas de la generación más joven. El pueblo hizo un llamamiento para que nuevas familias acudieran a repoblarlos y redirigió su economía hacia el turismo. Con el nuevo clima de concordia poco a poco volvieron a venir algunos de aquellos niños que aparecían inmersos en una batalla de bolas de nieve que una antigua diapositiva había inmortalizado en 1986. La mayoría de aquellos jóvenes, ahora ya convertidos en adultos, habían decidido no volver al pueblo durante años por la presión que suponía el clima de constante tensión, el hecho de que se les identificara por hechos que ellos mismos no habían cometido, y ante la falta general de libertades y oportunidades personales, académicas y profesionales. La última vez que fui el panorama era muy diferente del día de aquella gran nevada, pero el espíritu de la “borrufa”, como se denominan a las primeras nieves en algunas regiones pirenaicas, parecía haber vuelto como por arte de magia. En el césped de la piscina municipal, las toallas parecían ejemplificar el reencuentro entre familias enemistadas. Algunos habían instalado en el pueblo su segunda residencia, otros habían formado parejas entre sí y hasta ya había algunos críos que corrían sueltos por el pueblo. De entre las caras conocidas, reconocí la de un chico al que no había visto desde hacía mucho tiempo. Era el hijo mayor de la familia que tradicionalmente se había enfrentado a la mía y conversando descubrí que el azar había unido nuestras vidas bastante más de lo que pensábamos. Ambos habíamos vuelto al pueblo por primera vez desde hacía años, y en parte nos estábamos reinstalando en el país después de años de vivir en el extranjero, en su caso en Australia y en el mío en Grecia. Aquellos resentimientos ahora ya no nos separaban, sino que una nueva amistad salía de la voluntad de borrar un pasado tenebroso para el pueblo y construir un futuro lleno de paz y prosperidad. Óscar Badia Franc (Periodista) España – Barcelona

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