Los consejos del abuelo salvador

Cuando era niño mis padres me apuntaron a un grupo escolta. El recuerdo que tengo de aquellas salidas es que siempre nos perdíamos. Recuerdo ir por la montaña con la cantimplora vacía de agua andando con la boca seca. Los monitores nos decían que no nos preocupáramos, más adelante encontraríamos la fuente. El camino se nos hacía largo, pero cuando llegábamos a la fuente, era una auténtica fiesta. En poco tiempo los papeles se cambiaron y entonces me tocó a mí hacer de monitor. Nos preparábamos las actividades y las excursiones pero, aún así, también acabábamos perdiéndonos. Recuerdo un día en especial… Debíamos salir del campamento para ir a un pueblo. Estuvimos andando un buen rato sin llegar a ninguna parte. Habíamos andado en círculo y volvíamos a estar en el lugar de salida. Los compañeros me preguntaron qué había pasado. La verdad es que no sabía que decir y por decir algo exclamé: “la brújula no funcionaba y me he desorientado.” Muchas veces he recordado aquella respuesta ya que con el paso del tiempo me he dado cuenta de que tener una buena brújula es muy importante para la vida. Un norte para mi brújula me lo dio, sin saberlo, la familia Olivé. Pedro Olivé era un chico de mi edad con el que pasaba los días y con el que compartía en el grupo escolta las horas perdidas en la montaña. Pasábamos el tiempo que podíamos en casa de uno u otro. En casa de Pedro vivían los abuelos, que eran muy mayores. El abuelo Salvador tenía la salud muy precaria y no se podía valer por si mismo. La verdad es que a mí me llamaba la atención ver el cariño que aquella familia le tenía. Ahora que lo miro con perspectiva, veo como lo querían. Un consejo que el abuelo Salvador nos repetía con insistencia era: “No os fiéis de aquellos que os prometan un futuro mejor. Os pedirán que os esforcéis, que trabajéis de lo lindo y que os sacrifiquéis para que el día de mañana los que vendrán puedan encontrar un mundo más perfecto. Quieren ser tan generosos que quieren ir más allá del tiempo y llegar allá dónde no podemos llegar, porque la vida es demasiado corta. Vosotros trabajad preocupándoos por el bien de los de hoy, de las personas que están a vuestro lado, de aquellas que conocéis, que existen realmente. La mejor manera de construir la historia es preocuparse del bien más grande posible de las personas contemporáneas.“ Más adelante, cuando conocí su vida, entendí el porqué de aquel consejo. El abuelo Salvador era hijo de labradores y el heredero de can Olivé. Su padre vivía obsesionado por el futuro. Su ideal era mejorar el rendimiento de la tierra y que un día Salvador se casara con una chica de buena familia para incrementar el patrimonio familiar. El abuelo Salvador conoció a la abuela María porque su padre comerciaba con can Olivé. Sus padres se llevaron un gran disgusto al saber de esta amistad. Aquella chica no era de buena familia, su familia no tenía ni tierras ni dinero. Hicieron todo el posible para que la cosa no funcionara, pero contra las costumbres de su tiempos se casaron, y el abuelo Salvador abandonó la masía. Fueron a vivir a la ciudad y abrieron una tienda de comestibles. Esta vivencia hizo que el abuelo Salvador se volcara de una manera desmesurada en María. Era tan exagerado que ella le decía: “Escucha, si me quieres tanto como dices, has de estar contento de haber estado en la masía, si no, no me habrías conocido. Deja de halagarme tanto y procura no caer en el otro extremo. Me ahogas con tanta cosa.” Después de un tiempo nació Pedro. La amistad con en Pedro me ha hecho ver la importancia del consejo del abuelo Salvador. Hace falta trabajar por el bien de nuestros contemporáneos. Hagamos lo que hagamos, siempre habrá personas que en el futuro se alegrarán de lo que ha pasado, porque ha posibilitado su existencia. Por lo tanto, el criterio de nuestra actuación debe ser procurar el bien de los que existen. Esta infancia vivida con la familia de Pedro me ha hecho más crítico con la sociedad de hoy, esta sociedad que valora tanto la juventud y que lo ha convertido en un mito. Pero esta sociedad resulta que no cuida a los viejos. ¡Qué trampa tan sutil: prometer el futuro para no tener que preocuparse del presente! Es más fácil prometer a los jóvenes quien sabe qué, que dar lo que justamente corresponde a los más mayores. Quienes saben cuidar de la gente mayor son un signo de credibilidad que el día de mañana se cuidará a los que hoy son jóvenes. Pedro puede estar tranquilo. Así el abuelo Salvador me dio una buena brújula para saber andar por la vida sin perderme en falsas entelequias… Podemos hacer planes para el futuro, pero no supeditarnos. Mi norte para prepararlo es ocuparme de los presentes. Gracias, Salvador.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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