Los límites necesarios

Mi amigo Domingo es una persona especial, muy alegre y extrovertida; se da a los demás de una manera que a muchos les parece exagerado. Todo el mundo lo conoce y me atrevo a decir que lo quieren. Tiene un gran don de gentes y se hace querer por todos con mucha facilidad. Podríamos decir que es una buena persona. Pero por otro lado es un poco lento y se toma la vida con mucha parsimonia. Nunca tiene prisa. A menudo llega tarde y esto provoca nervios a su alrededor. Su estilo caribeño hace que nosotros, los europeos, nos alteremos con facilidad con su ritmo de vida. Sin embargo, es un hombre muy sensible con los más necesitados y estos siempre están por delante de su casa, su familia y algunas veces, el trabajo. Esto le ha traído problemas, porque los demás se piensan que es n irresponsable, mientras que por el contrario, no entienden su capacidad de servicio y su sensibilidad con las personas que sufren. Podríamos decir que Domingo es n hombre con amigos que lo veneran y a los que también en más de una ocasión hace sufrir de los nervios. Hace años se casó con Mireia. Se quieren mucho y tuvieron una hija, Gloria. Ahora esta en plena edad adolescente y su vida es una continua queja hacia sus padres. Y vuelve a estar de nuevo enfadada, porque dice que no le hacen caso: “siempre son primero las cosas y las personas  de fuera que las de casa; siempre tenéis tiempo para estar con los demás y nunca tenéis tiempo para hacer lo que yo querría”. Está quejosa especialmente con Domingo. Ha hablado con él, pero no sacan nada en claro. El padre intenta cambiar y se esfuerza, pero en el día a día no hay nada que hacer: él es como es y le sale este talante que lleva dentro. Ahora han llegado a un punto un poco delicado. Según Gloria, en un momento en que ella lo necesitó más que nunca, no supo estar cerca de ella, ya que, como siempre, tenia que atender otras cosas. Hace tres días que no habla y piensa que es un impresentable. Además, se queja de su madre: ¿porque le tolera esta menara de hacer? ¿porque no se pone seria de una vez por todas, le canta la caña y lo obliga a cambiar? La encuentra demasiado tolerante, e incluso le parece que de tan buena, es un poco bobalicona. Y lo que pone más nerviosa a Gloria es ver a su madre contenta, como si esta manera de hacer de su padre no le importara. Hasta diría que le gusta… Vive enfadada. ¡Le parece injusto! Repite continuamente: “yo no me merezco esto”. En el fondo, sus padres no son como ella querría o le gustaría. Los encuentra demasiado limitados, incapaces de superar sus defectos y con pocas ambiciones en la vida. Ella se cree más perfecta y, hasta llega a pensar que si hubiera nacido en otra casa, en otra familia, en otro país, las cosas le habrían ido mejor y ahora tendría más oportunidades de vivir y de hacer las actividades que realmente le gustan. Y aunque no lo diga, le molesta que su padre sea caribeño, porque si fuera catalán tendría otro ritmo de hacer las cosas y, quizás, a todos les iría mejor la vida. En el fondo no deja de ser la ingenuidad de la adolescencia. No acaba de ver –por su afán de protagonismo y de falsa perfección- que estas cosas que ella critica de su padre, son las que hicieron que su madre se enamorase: su talante alegre y festivo, la generosidad sin medida… Es cierto que, por culpa de todo esto, siempre han vivido al día, cosa que les cuesta más de un disgusto; que se han enfadado muchas veces, y que, incluso algunos de sus amigos no lo han entendido. Pero a ella le gusta así, lo quiere tal como es y se siente feliz. Y és porque a ella le gustó tanto esta manera de ser que se casó con él. Si Domingo no hubiese sido así, ella no se hubiera fijado ni se habría enamorado. De hecho, gracias a esta manera de ser que Gloria tanto critica de su padre, ella existe. De otros padres, de otra familia, de otro país, existirían otras personas, pero ella no; ella no habría existido nunca. Ya pasará el tiempo y se dará cuenta de muchas cosas. Probablemente se reconcilie pronto con sus padres, porque son una pareja con quien es difícil enfadarse mucho tiempo. Por más inconvenientes que haya, siempre acabas reconciliándote. Lo más sorprendente es que uno se da cuenta que muchas personas adultas mantienen estas actitudes adolescentes. Son personas descontentas de la vida. Todo lo que dicen y hacen son quejas continuas de las cosas que tienen que vivir y –afirman- sufrir. Aparentemente nadie encontraría nada de extraño en su vida, en su situación personal, pero ellos no paran de quejarse y de encontrarlo todo mal. Se consideran ¡injustamente tratados por la vida! Algunos piensan, interiormente: “Yo, con las cualidades que tengo, no me merecía una familia como la que me ha tocado; si mis padres hubieran sido de otra manera, ahora yo podría tener una situación económica y profesional diferente.”! Quien no es capaz de alegrarse de los defectos de su padre y su madre, y de todas sus cualidades –porque es toda una compleja constelación de unos y otros lo que hizo posible que existiésemos-, no vivirá feliz en este mundo y se quejará continuamente de su suerte. Quien no es capaz de soportar con paciencia, alegría y generosidad los defectos de sus progenitores y ayudarlos en todo cuanto sea posible a mejorar las deficiencias, no podrá ayudar a los otros a ser felices y su mundo respirará resentimiento y mal humor. Personas contingentes como yo y, por lo tanto, limitadas como yo, es decir, que mueren, son feas y tienen defectos evidentes, son la causa de mi ser. Si no somos capaces de aceptar con humildad, pobre y frágil, nos pasaremos la vida procurando ser aquello que no somos y estructuraremos la vida y la convivencia en unas bases que no resistirán  ninguna situación de fragilidad ni limite. La postura madura está en aceptar con alegría, en primer lugar, las limitaciones que son causa de mi existencia. Esto me dará la actitud necesaria, para que, en segundo lugar, acepte las propias limitaciones de mi persona y, así, me sienta con ánimos de ayudar a los otros.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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