Los otros también son “hijos” nuestros

Cuando era joven, comiendo con un grupo de amigos, Agustín nos explicó un hecho que me llamó la atención. Unos conocidos suyos habían muerto hacia poco tiempo en un grave accidente. Cuando los hijos se encontraron para leer el testamento, se enteraron que habían dejado una parte importante de su herencia a una entidad benéfica que se dedicaba a ayudar a los más pobres y marginados. Justificaban esta decisión diciendo que de algún modo, todos somos padres, hijos, hermanos del resto de personas, que no podemos vivir sin tener en cuenta todos los seres humanos que nos rodean. Más tarde supe que existen los denominados “testamentos solidarios”, a través de los cuales quien lo desee puede hacer que una parte de su riqueza revierta en la sociedad ayudando los más desvalidos o necesitados. Años más tarde enlacé esta anécdota con la vivencia de un hecho que me tocó vivir y acompañar. Me vino a ver un amigo latinoamericano. Estaba estudiando un máster de economía en la Universidad de Barcelona. Mientras seguía este curso, le salió una oferta de trabajo muy interesante y con muchas posibilidades para su futuro profesional. El problema era que él estaba comprometido con una chica de su país, y ésta no podía trasladarse a vivir a Barcelona porque tenía graves problemas familiares. Además, según Camilo, la relación se había enfriado un poco y ahora dudaba entre sacar adelante esta relación o quedarse a vivir definitivamente en Barcelona y romper su relación con Claudia. Le pregunté cuánto tiempo hacia que se conocían y salían juntos. Me dijo que hacía unos diez años que se conocían y unos siete que habían formalizado la relación de pareja. Me pareció un tiempo suficientemente importante para decirle que no veía bien que rompiera la relación de una manera unilateral y que esta decisión, fuera la que fuera, la tenían que tomar corresponsablemente él y Claudia, y que yo lo animaba a ir a Chile y a hablarlo sin prisas con su pareja. Él no lo veía claro, le parecía demasiado arriesgado dejar un tiempo tan largo las clases y tenía miedo de que tuviera alguna repercusión en sus estudios. Me puse un poco pesado y viendo mi insistencia decidió tomar quince días, viajar a Chile y hablar largamente de este tema con Claudia y con los amigos de toda la vida. Pasado un mes me llamó y quedamos para vernos. Venía muy contento de su estancia en Chile. Después de hablarlo mucho con Claudia habían decidido continuar juntos y que, si era necesario esperar más tiempo para vivir juntos, pues que no había de haber ningún problema. Que él aceptara el trabajo y mientras esperarían que la situación de los padres de Claudia mejorara, que ella pudiera venir a vivir a Barcelona y empezar una familia en tierras catalanas. Lo felicité por su decisión, desde la cafetería llamamos a Claudia, pedimos una bebida y con un brindis lo celebramos. Pasados tres meses, Camilo me llamó muy angustiado, diciéndome que nos teníamos que ver inmediatamente. Lo noté tan preocupado que quedamos aquella misma tarde. Recuerdo que nos saludamos y que su cara reflejaba un estado de preocupación. Yo me preguntaba qué podía pasar que fuera tan importante que le pudiese afectar de aquella manera. En seguida me dijo lo que le pasaba: ¡Claudia estaba embarazada! Se ve que entre conversación y conversación quisieron celebrar el reencuentro y ahora se encontraban con un hijo que no esperaban. Después de escuchar la noticia me tranquilicé porque me había imaginado que se había muerto algún familiar, que a Claudia le había pasado alguna desgracia, que había perdido el curso de la universidad, ¡o que se yo! Recuerdo que le contesté de broma: “¡Hombre, que buena noticia! ¡Muchas felicidades! Si quieres llamamos a Claudia y pedimos una copa de cava para celebrarlo”. Esta salida inesperada lo relajó. Y después de conversar un buen rato me explicó que, aunque no lo tenían previsto, los dos estaban muy contentos y que querían acoger a aquel hijo con todo lo que esto comportaba. Hasta me dijo que si era niño le pondrían el nombre de Nico y si era niña, el de su madre. Hablamos de otras cosas, de cómo podía afectar su futuro, y le dije que no se preocupara, que podía contar con nosotros, que le ayudaríamos en todo lo que pudiésemos y le hiciera falta. Cuando se marchó me quedé pensando que de algún modo yo también tenía una cierta responsabilidad en el hecho de que este niño empezara a existir. Sin mi insistencia porque su padre fuera a hablar con Claudia, aquel niño no hubiera existido nunca. Posiblemente hubiesen tenido otros hijos de su matrimonio, pero aquel concretamente Nico no habría existido nunca. Y en realidad hubieron muchos factores que posibilitaron la existencia de aquel hijo: el enfriamiento relacional producido por la distancia física, la oferta de trabajo, que yo hubiese ido a vivir al mismo pueblo que Camilo, que yo pensase como pensaba y le insistiera que fuese a hablar con Claudia, que la universidad le hubiera permitido marchar unos días sin perder el curso, etc. Por lo tanto, podemos decir que la responsabilidad del hecho que Nico exista no és únicamente de los padres, de alguna manera también es compartida por mí, por otras personas, por la universidad, en definitiva, por la misma sociedad. Los padres muchas veces lo son por casualidad, e incluso algunos pueden ver este hijo como una carga, como un problema. Los padres son, sin ninguna duda, los primeros y principales responsables de su hijo, pero no deja de ser cierto que otras personas, incluso ciertos acontecimientos –un temporal que deja sin luz la ciudad donde vivimos- también tienen una cierta responsabilidad en el hecho de existir de una persona. Al menos así lo sentía yo ante el futuro nacimiento de Nico. Sin mi persona aquel niño no existiría. Me sentía con el deber de ayudar a aquella pareja en esta aventura de hacer crecer a su hijo. Fue precisamente en aquel momento que recordé lo que aquel matrimonio había dejado en su testamento: “Damos una parte de nuestra herencia a los más desfavorecidos, porque de algún modo también son nuestros hijos”. Cuantas veces he pensado que no soy solo “hijo” de mi padre y de mi madre, que tengo más hermanos que mis hermanos de sangre… Sí, debo mi existencia a mis padres, pero también a otras personas que han hecho posible que yo exista, y esto me hace dar cuenta que hay una fraternidad más amplia que la misma consanguinidad. Quizás tendríamos que ampliar los nombres “papá”, “mamá”, “hijito”, “hijita”, con otra palabra que los englobe a todos; quizás la más adecuada es la palabra “amigos”. Porque este nombrar amigos a los otros produce un nuevo tipo de “paternidad”, que se fundamenta más en la amistad que en al consanguinidad. Cuando el niño dice “papá”, “mamá” por primera vez está diciendo amigo, es decir, el que me cuida, que me protege, que me quiere, y no dice “padre”, “madre”, es decir, los que me engendraron. Son los padres los que sacan estas conclusiones pensando que aquel nombre “papá”, “mamá”, es el grito de la sangre. Este balbuceo sale de los labios del niño cuando siente que lo tratan bien, con estima. “Papá”, pues, quiere decir más amigo que padre, y es obvio que el que tiene la paternidad es el que más derecho y más obligación tiene de ser papá, es decir, de ser amigo del nuevo ser. Una amistad que, con la ayuda de la sociedad, tendría que ir creciendo durante toda la vida. Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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