Los resentimientos históricos

Es clara la difícil tarea de reconstruir una sociedad que ha quedado destruida, diezmada por un conflicto. Y la irrenunciable labor de desescombrar antes de reconstruir. Esto es útil tanto en el plano personal, como grupal y social. Es en esta línea de “desescombro” que se sitúan algunas de las aportaciones de la Carta de la Paz dirigida a la ONU.

Hoy en día, ya nadie osaría exigir a una sociedad que ha vivido el horror de una guerra, que opte por el «borrón y cuenta nueva». Si bien en muchos procesos se ha optado por un pacto de silencio al final de la contienda, tarde o temprano, se impondrá la necesidad de hacer justicia y de buscar la verdad histórica. Pues sin estos elementos es imposible pensar en un proceso de reconciliación que sea verdaderamente reconciliador. Dice Margalit: “Hacer memoria con éxito da vida al recuerdo, mientras que la revivificación da vida a los muertos, si bien no de una manera física sino espiritual”.

Nos damos cuenta que, con la misma fuerza que se nos presentan estos hechos, vemos también que los contemporáneos de hoy no tenemos ninguna culpa de los males acaecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos. Además de no tener culpa de los males anteriores a nosotros, somos fruto de esa Historia. Y es esa Historia  -con sus gozos y sus sombras- la que ha posibilitado nuestra existencia, pues si la Historia hubiera sido distinta -mejor o peor-, se habrían producido otros encuentros, otros enlaces, hubieran nacido otras personas, pero nosotros no.

Construir la paz no significa de ningún modo tener amnesia. La construcción de la paz pasa por tener memoria y ser capaz de construir un futuro a partir de esta memoria. Es necesario recordar, pero recordar sin resentimientos. Y aunque muchas veces nosotros no seamos responsables de los males pasados, tenemos la obligación de reconocerlos, principalmente para no repetirlos. Para llegar a construir la paz, hemos de conocer la Historia, pero hemos de transmitirla sin resentimiento, sin contagiar a las generaciones del presente las heridas del pasado. Dice Margalit: “No podemos ejercer influencia alguna sobre el pasado, no podemos hacer que no haya sucedido, que resucite, o que cobre vida nuevamente, ni en su figura material ni en su esencia. Sólo podemos modificar, mejorar o llenar de vida las descripciones del pasado”.

La paz del futuro se juega, en parte, en la transmisión de la memoria o, mejor dicho, en el modo cómo se transmite. Es fundamental el ejercicio de objetividad, la búsqueda del equilibrio, la distancia respecto al objeto que se estudia, pero, además, la libertad de criterios, la capacidad para sustraerse a los influjos y contaminaciones externas. Una tarea ésta que no puede desarrollarse a título individual, sino que exige el necesario diálogo, también con ésos que no forman parte de mi perspectiva ideológica y religiosa, pues sólo así puede trascender la tendencia endogámica y solipsista que tan malas consecuencias tiene para forjar una historia creíble.

Una persona puede reconciliarse con los males que sufrieron sus generaciones anteriores. Pero ¿cómo puede olvidarlo? Reconciliarse no significa olvidar. El olvido es una precariedad de la memoria, una debilidad, una fragilidad de la mente humana. Además no es algo que dependa de la voluntad, pues, en ocasiones, uno se impone a sí mismo la tarea de olvidar, pero se siente impotente y aunque lo intenta reiteradamente no acaba de eliminar ese episodio de su mente. Está ahí y debe convivir con él. La reconciliación, sin embargo, implica una actitud activa de voluntad de reconciliación que nos permite vivir realmente la paz. Reconciliarse es ser consciente y tener conocimiento del pasado; y desde aquí ser capaz de descubrir en el hijo recién nacido del verdugo la misma inocencia que en el hijo del masacrado.

La aportación que hace a este respecto la Carta de la Paz dirigida a la ONU, se sitúa en la línea de los resentimientos históricos. Señala la línea que diferencia los resentimientos directos de los indirectos y se ocupa de señalar la absurdidad de los resentimientos  históricos, aquellos que sin darnos cuenta heredamos de la generación anterior, que muchas veces los heredó a su vez, de la generación que la precedió y ya nadie se acuerda de cuándo se inició el conflicto, y quiénes fueron sus protagonistas!

Los resentimientos históricos son fruto de unos acontecimientos que los contemporáneos no vivimos, ni padecimos, pero que al rememorarlos, los vivimos en presente. ¿Cómo podemos volver a sentir algo que nunca vivimos? Y cuántas veces, los medios de comunicación social y la cultura ambiental nos llevan a vivir como actuales y nos convierten en protagonistas de unos hechos con los que nada tenemos que ver, ni tan siquiera culpa alguna contra quien cargar.

La Carta de la Paz lo remarca en su primer punto: “Los contemporáneos no tenemos ninguna culpa de los males acontecidos en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos”.

Y a pesar de haber “pactado” la paz, las sociedades y los grupos siguen armándose, desconfiando de sus vecinos, por culpa de unas situaciones del pasado; pero que se nos hace vivir en presente y esto nos lleva a un estado permanente de defensa. El pasado sirve de pretexto para odiar, destruir, aniquilar. Esperamos cualquier movimiento en falso del otro, porque como nos dicen nuestros libros de historia, “ellos siempre actuaron así”, y luego o ahora volverán a repetirlo. Si no podemos dejar de mirar sin rencor, ni resentimientos históricos a los demás pueblos del mundo, difícilmente consolidaremos la paz. No existe el gen del resentimiento. Somos nosotros quiénes lo transmitimos a las generaciones venideras, pero no se trata de una fatalidad histórica. Cabe la posibilidad de cortar la transmisión, de imponer la responsabilidad y de contener la tendencia a irradiar el rencor o, cuanto menos, buscar mecanismos de evasión que no sean tan perjudiciales para los que vendrán. Dedicamos grandes esfuerzos para lograr la paz y esperamos que nuestros esfuerzos sirvan para recoger, en el tiempo adecuado, los frutos del diálogo, de la buena convivencia, de la solidaridad. Pero de repente, y casi sin saber de donde ni cómo, resurgen muestras de violencia y conflictos que parecían extinguidos y enterrados.

Y es que la mayoría de las veces, los resentimientos históricos quedan enterrados bajo tierra, pero siguen vivos en ella. No se ven, pero están ahí, como una especie de “minas antipersona”, más difíciles aún de extirpar, que las propias minas antipersona. Así, nosotros creemos trabajar en una sociedad en paz y sin peligro aparente, pero de repente nuestros pies rozan esos resentimientos y estallan de manera violenta unos conflictos que creíamos cerrados y olvidados. En este punto particular, los políticos, los periodistas y los historiadores tienen una especial responsabilidad en la gestión del pasado.

Para lograr un trabajo de paz, tendremos que ver cuáles son esos resentimientos históricos que quedan soterrados en las personas y en los pueblos. Darse cuenta de ellos, y en la medida de lo posible desactivarlos. Y una manera de desactivarlos es  hacer que la gente se dé cuenta de algo tan evidente como que: los contemporáneos no somos culpables de lo que aconteció en la Historia, por la sencilla razón de que no existíamos. Una cosa tan obvia, es una tarea urgente si queremos lograr una paz más sólida y duradera.

[1] del artículo “CONST RUIR LA PAZ SOBRE CENIZAS DE GUERRA”, Capítulo 3. Jordi Cussó, Francesc Torralba, Maria Viñas.

J.Cussó, F.Torralba, M.Viñas
España – Barcelona

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