Los retos de las democracias actuales

FERRAN REQUEJO es doctor en Filosofía, licenciado en Filosofía, en Historia e Ingeniero Superior en Física Nuclear. Ha dirigido el Programa de Doctorado en Ciencias Políticas y Sociales, y el Grup de Recerca en Teoria Política (GRTP). Sus principales líneas de investigación son: Teorías de la democracia, Federalismo Plurinacional, Liberalismo político de la segunda postguerra, Pluralismo cultural y democracias liberales y Filosofía Política.

LOS RETOS DE LAS DEMOCRACIAS ACTUALES 03-10-2008 Pensando sobretodo en las democracias más consolidadas, ¿en que aspectos cree que la democracia debe fundamentarse pera que funcione mejor? Las democracias tienen dos grandes bases de legitimación, una sería la de los valores y los objetivos en que están basadas, como la libertad y sus variantes (libertad de expresión, de participación, derecho de asociación, derecho a no ser detenido impunemente, igualdad delante de la ley, igualdad de oportunidades, derechos sociales y participación en los servicios públicos –educación, sanidad…), y la otra es la del funcionamiento de las instituciones y los procesos de decisión que protegen y desarrollan estos derechos y libertades, y su relación con los ciudadanos. Los valores liberal-democráticos se han de saber traducir en unas instituciones que funcionen y procesos de decisión que funcionen eficientemente. Una buena democracia sería aquella que tuviera muchos consolando sus valores en la práctica diaria, tanto en relación a las instituciones como en relación a sus ciudadanos, y que fuese eficiente en los procesos de toma de decisiones. ¿Cuál cree que es la base filosófica de la democracia? Hay varias, es decir, no hay una sola teoría de la democracia, sino que se han elaborado distintas. Básicamente las podemos clasificar en tres grupos: a) Las concepciones vinculadas a la democracia antigua. Se refiere a la democracia establecida en algunas colectividades políticas (polis) de la Grecia clásica en los siglos V-IV a.C. Se trataba de democracias directas participativas. En este caso eran los propios ciudadanos los que tomaban parte en las decisiones políticas que los afectaban, fue una práctica relativamente estable durante casi dos siglos, pero parece que la mayoría de pensadores eran más bien escépticos o refractarios, pese a que algunos, como Tucídides, Aristóteles o Isócrates planteaban reforma el sistema político, más que sustituirlo por un de diferente. b) Un segundo grupo de teorías es el vinculado a la tradición “republicana”. También se inició en la Grecia clásica algo más tarde que la democracia, y llega hasta hoy en diferentes versiones y acentos. Esta tradición también vincula el fundamento normativo de la democracia a la libertad colectiva, pero también a la imposibilidad de articular los diferentes intereses que se dan a la colectividad en instituciones adecuadas, así al desarrollo de determinados valores, como el patriotismo, el interés público, la no dependencia económica de los ciudadanos, la libertad como no dominación, o la austeridad en la vida. c) Finalmente, las concepciones liberales de la democracia, desarrolladas a partir del siglo XVII. Estas han sido las versiones hegemónicas en el periodo contemporáneo. Se basan en dos objetivos básicos. En primer lugar, la protección y desarrollo de un conjunto de derechos de los ciudadanos. En segundo lugar, en la construcción de un tipo de estado que sea capaz de lograr la limitación del poder político, sea quien sea quien lo detenga. Para conseguirlo se implementarán una serie de principios organizativos e institucionales, tal y como el principio de separación de poderes, representador, el principio de legalidad, el principio de constitucionalidad, las elecciones competitivas, la libertad de prensa, el pluralismo político, en algunos casos la división territorial de los poderes (federalismo), etc. Esta tercera concepción, establece, así, una democracia de tipo representativo; no es una democracia directa. La palabra partido puede tener un significado de dividir. ¿Cómo podríamos llegar a hablar de unión de diversidades, de coordinación, de una democracia entendida como proyecto de proyectos? Los partidos no son partidos porque quieran partir, sino porque la sociedad ya está “partida”, es decir, siempre está conformada por valores, intereses e identidades diferenciados. Esto, lejos de ser un handicap, constituye la base de la libertad. Este es uno de los puntos fuertes del liberalismo político, pese a que ya fue resaltado por pensadores anteriores, como Maquiavel. La libertad se basa en el discenso. Una sociedad plenamente “consensual” sólo puede ser autoritaria. Lo que hacen los partidos es expresar el pluralismo, y el pluralismo es uno de los valores de las concepciones liberales de la democracia. Esto representa una ruptura respeto a concepciones más helenísticas de la sociedad que han pesado mucho en la tradición occidental, como la cultura griega y la cultura cristiana. Se trata de dos culturas que, en términos generales, no son pluralistas, sino que ante un problema siempre tienden a decir que sólo hay una única respuesta correcta y que las otras respuestas son incorrectas. En el siglo XX, desde perspectivas diferentes,   Hanna Arendt y Isaiah Berlin han mostrado como la cultura occidental no ha pensado bien el pluralismo. Según su punto de vista, ¿cómo se deben tratar las minorías en una democracia? Creo que en primer lugar hace falta diferenciar entre minorías transitorias y permanentes. Las minorías transitorias son las que pueden llegar a ser mayoría, por ejemplo aquellos partidos que en un momento concreto están en la oposición pero que pueden acontecer mayorías en las siguientes elecciones. Las minorías permanentes, en cambio, no pueden acontecer mayorías al estar vinculadas no a unos resultados electorales, sino a características de cariz étnico, lingüístico, cultural, nacional… que van más allá de las diferencias de carácter estrictamente socio-económico y político estrictos. En una democracia liberal, las minorías permanentes creo que no pueden ser tratadas del mismo modo que las minorías transitorias. Ponemos por caso, las minorías indígenas en México, que representan un 10% de una población (unos 10 millones de ciudadanos). El debate normativo está en ver si deben tener unos escaños reservados en el parlamento mexicano por el hecho de ser indígenas, o si deben restar “disueltos” en la noción de ciudadanía en general. Las respuestas a esta cuestión no son únicas. Todas tienen aspectos negativos. Pero el hecho de establecer una pretensa “igualdad de ciudadanía” a la práctica se ha concretado con una marginación de contingentes muy numerosos de la población durante muchas décadas (caso de las poblaciones indígenas en Guatemala, Perú, Bolivia…). La retórica liberal-democrática “universalista” ha contrastado con la marginación práctica de muchos particularismos de carácter étnico, nacional, cultural… y la hegemonía sólo de otros particularismos. Uno de los casos particulares se da cuando las minorías permanentes están concentradas en determinados territorios y plantean tener derechos específicos y un autogobierno propio. Aquí se plantean soluciones como el federalismo, los mecanismos denominados “consensuales” – vigentes, por ejemplo, en Bélgica y Suiza -, o la regulación de un derecho de secesión. Soluciones hay de varios tipos, pero muchas veces no hay la voluntad de implementarlas por parte de las mayorías. En lo referente a los inmigrantes ¿cómo ejemplo de personas excluidas del sistema democrático, en qué se fundamentan sus derechos? ¿Hasta qué punto están incluidos en la sociedad? En las constituciones occidentales, hay recogidos básicamente tres tipos de derechos. Los primeros, más antiguos, son los que se denominan derechos de primera oleada, son los derechos liberales de carácter “cívico”. Se trata de derechos orientados a proteger e ’ámbito privado de las personas: libertad de expresión, inviolabilidad de domicilio, libertad de pensamiento, libertad religiosa, derecho de propiedad, derecho a no ser detenido impunemente por los poderes públicos… , es decir, derechos y libertades dirigidos a proteger la esfera privada por los individuos. Posteriormente se impuso una segunda oleada, los derechos de carácter “democrático”, el objetivo de los cuales ya no es proteger el individuo y su privacidad, sino mirar de influir en las instituciones públicas. Esta es una oleada “positiva” de derechos, puesto que establece cómo puede influir el individuo en el estado o en las instituciones. Algunos de estos derechos son el sufragio universal, el derecho de asociación, el derecho de manifestación y de reunión, el derecho de huelga, etc. La tercera oleada de derechos en las constituciones liberal-democráticas ha sido la de los derechos sociales, asociados a la construcción de los estados de bienestar. Se regulan el derecho a un puesto de trabajo y a unas vacaciones pagadas, el derecho a la ’vivienda, derecho a la enseñanza, derecho a los servicios sociales, derecho a la sanidad pública, etc. Sería, creo conveniente que se implementara una cuarta oleada de derechos de carácter cultural y nacional, especialmente en sociedades que son plurales o diversas en estos aspectos. Hoy y en nuestro contexto, los inmigrantes ¿qué derechos tienen? ásicamente los derechos cívicos, los derechos sociales y algunos de los derechos democráticos. Un inmigrante tiene derecho a que su hijo vaya a la sanidad o a la enseñanza pública. Aun así, los derechos de sufragio o de candidatura están asociados a la ciudadanía, y hasta que no son ciudadanos no los pueden disfrutar. Actualmente, se habla mucho de este tema, una de las posiciones que se toma es la de defender que los inmigrantes “deben tener derecho de voto sólo por vivir aquí”. Yo no comparto este punto de vista. Creo necesario un tiempo de adaptación a la nueva realidad antes de que se pueda decidir sobre el sistema de educación, sanidad, sobre la realidad nacional, etc. Una persona cuando llega casi no sabe nada de la nueva realidad dónde vivirá. Tampoco se garantiza este conocimiento con la mera residencia. Soy más partidario de un mínimo de estancia en el país, aunque no esté vinculado a la ciudadanía el derecho a tener sufragio activo y pasivo, especialmente en el caso de las elecciones locales. Asociar el voto sólo a la ciudadanía me parece demasiada rígido, y asociarlo a la residencia me parece gratuito e inconveniente. Un tiempo de residencia mínimo, ponemos uno o dos años por las elecciones municipales y 3 o 4 por las del Parlamento de Cataluña y las del parlamento central me parecerían más adecuados. Dicen que tenemos derechos porque tenemos deberes, ¿qué piensa sobre esta idea? Históricamente los deberes han sido muy anteriores a los derechos, porque el estado siempre ha tenido claro los deberes pero no los derechos. La relación entre cualquier política y cualquier sociedad implica una serie de deberes cívicos, políticos y sociales. Creo que no se insiste lo suficiente en que una cultural cívica liberal-democrática implica también deberes, no sólo derechos. ¿Se puede hablar de democracia interestatal? La democracia hasta ahora se ha hecho y se ha pensado prácticamente sólo en relación a algunos estados. Si que es verdad que su objeto se ha ido ensanchando. Pero nunca se ha establecido nada que fuera semejante a algún tipo de democracia supraestatal global, a nivel de todo el mundo. Creo que esto no sería demasiado conveniente; puesto que una democracia mundial probablemente sería coactiva. El que echo de menos a nivel internacional, no es tanto una democracia, sino que haya instituciones y prácticas de carácter “liberal”, de protección de valores y derechos de ciudadanía por encima de los estados concretos. El caso del Tribunal Penal Internacional se mueve en esta dirección. Pero en este terreno está casi todo por hacer. ¿Qué cree que deberían tener los políticos en democracia: poder, potestad o autoridad? Depende, hay políticos que no tienen poder -hay que están en el gobierno y hay que no-, pero los que lo están deben tener poder de decisión. Otra cosa es que acierten o no, pero deben poder hacer cosas. No obstante, debe ser un poder limitado por las leyes, no deben tener un poder para hacer lo que ellos crean conveniente sin límites, han de ejercer el poder de acuerdo con las normas. Este es el punto básico de los estados de derecho. La autoridad, los gobiernos y los partidos en general, se la deben ganar. También los grupos de la oposición. ¿Como se puede implicar más la gente en política? ¿Cómo podemos romper la relación entre política y políticos? Al preguntarme cómo podemos hacer para que la gente se implique más, se está dando por supuesto que esto sería siempre conveniente, pero depende de la concepción de política que defendemos. Si todo el mundo se implicara mucho en política esto podría acabar en un desastre. Yo no querría una sociedad totalmente participativa (ni en una sociedad “republicana”). Pero si lo que buscamos es cómo aumentar el grado de participación ciudadana dentro de los mecanismos de la democracia liberal, entonces sí creo que se debería implicar más la gente, facilitando la participación en algunos ámbitos, especialmente a escalera local. Pero también hay derecho a no interesarse demasiado por la política. Otra cosa es la percepción de todo. Aquí juegan un papel fundamental el medios de comunicación. Resulta perverso por la legitimación de la democracia cuando estos últimos están más interesados en que los políticos se peleen más que al dar las llaves de los acuerdos y de las disputas objetivas, cuando buscan un titular fácil, hacen poca investigación y se centran en las declaraciones más que en lo que realmente se está haciendo en política. El político capta que si no se pelea no sale, y si no salo desaparece, se vuelve invisible en la esfera pública. Esto constituye un círculo vicioso del que no sólo los políticos son responsables sino también en muy buena parte, los medios de comunicación. Actualmente, una democracia de calidad requiere unos medios de comunicación de calidad. El último punto de la Carta de la Paz habla de democracia en libertad, ¿qué opina sobre este tema? Creo en la aceptación de la libertad individual en un ámbito privado. En ésto los liberales han tenido éxito, y trabajar más esta idea creo que está bien. Pero la libertad es un valor complejo que también implica dimensiones de otro tipo: socio-económico, cultural, nacional… a las que las tradiciones liberal, democrática y socialista predominantes han prestado poca atención. ¿Es posible regular que toda persona pueda vivir amparada por todas aquellas ideas que le parecen más coherentes? ¿Qué pasa si soy gobernado por un partido con quien no comparto las ideas? La “coherencia” muchas veces acontece peligrosa, porque todo el mundo pretende tener la suya mediante unos valores propios, unas ideas morales, filosóficas, religiosas o laicas que cree las más convenientes. Exigir al poder político que sea coherente con todo esta diversidad, es imposible por definición. El tema importante es si los que gobiernan están lo suficiente legitimados por gobernar, es decir, si realmente expresan el que es la voluntad de la mayoría. Y si a alguien no le gusta el gobierno, lo que debe hacer es procurar que aquellos que mejor creen que lo representan sean en el siguiente gobierno, aprovechando las libertades que están reguladas. ¿Se puede coordinar que dentro de una misma sociedad haya diferentes proyectos políticos que convivan, se respeten y que un gobierno coordine sin que nadie quede sometido? Este es el objetivo de una democracia liberal en una sociedad pluralista. La llave de vuelta es que este pluralismo se exprese de acuerdo con unas leyes suficientemente refinadas para que no haya marginaciones de grupos enteros de la sociedad, especialmente en el caso de las minorías sociales, nacionales y culturales. Hasta ahora, las constituciones liberal-democráticas han regulado mejor el caso de las minorías transitorias que el de las minorías permanentes. Uno de los criterios que marcan el progreso político es el grado de refino de los estados de derecho, de sus derechos, instituciones y procesos de decisión. La evolución de las democracias ha supuesto adelantos indiscutibles, pero hay mucho camino todavía por hacer. La democracia liberal siempre es un viaje inacabado y un experimento permanente.

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