Mandela, la tenacidad hecha carne

En la historia de la humanidad, muy pocos hombres han aportado una idea clara para unir y guiar a un pueblo. Nelson Mandela lo inició hace 20 años en Suráfrica cuando cumplió una larga prisión. Ahora que ha cumplido 92 años rodeado de sus seres queridos en su país, Suráfrica, y el reconocimiento mundial por el camino mostrado con su inteligencia emocional universal, premiada muy meritoriamente -en este caso sí- con un Nobel de la Paz, mantiene una entereza que hace honor a su condición de guía para la humanidad.
[Extraído de El País digital; 12-2-2010]

Al salir de la prisión el día 11 de febrero de 1991, tras un encierro de casi treinta años por causas políticas, Nelson Mandela repitió las mismas palabras que había pronunciado en su juicio de 1964: “He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. He anhelado el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas vivan juntas, en armonía y con las mismas oportunidades. Es un ideal por el cual espero vivir y el cual espero vivir. Y si hace falta, es un ideal por el cual estoy preparado a morir”.

Todas las organizaciones de la sociedad civil que, de una u otra manera, tratamos de edificar un mundo en paz, tenemos a Nelson Mandela como un referente, como un ejemplo nítido de coherencia y de fidelidad, de apuesta por la igualdad y la libertad, pilares esenciales de una sociedad democrática. En su discurso no hay ni una gota de resentimiento contra quienes lo habían cerrado injustamente. En su propuesta para cambiar el modelo social, político y económico de su país no hay ninguna alusión a la violencia. Busca la unidad de criterio, la complicidad de todos los sectores, la lucha común para hacer un futuro mejor. Mandela tenía motivos para  avivar el odio y el rencor y generar, de esta manera, una confrontación política y civil, pero pensando en el bien del país y en las generaciones futuras, buscó el camino de la paz y de la reconciliación, sin derramamiento inútil de sangre.

Su liderazgo político tiene unas bases espirituales que trascienden el cálculo estratégico y la preocupación por la imagen. Parte de una fraternidad común entre todos los hombres y mujeres, ve más lo que nos une que lo que nos diferencia, capta que la construcción de un país no puede depender de una única sensibilidad. Dice en el citado discurso: “Ahora, y como siempre ha sido, la necesidad de unir a la gente de nuestro país es una tarea importante. Ningún líder puede asumir solo esta enorme tarea”.

Esta comprensión de unidad es esencial en el mensaje de la Carta de la Paz dirigida a la ONU, como también la defensa de la libertad, la igualdad y de la democracia madura. Mandela conoce, por propia experiencia, cómo la sacralización de las diferencias raciales es causa de discordia y conflicto y cuan necesario es buscar aquellos puntos de unión como base para fundamentar la convivencia. La Comisión de la verdad y la reconciliación que tuvo lugar en su país está plenamente en comunión con aquella tesis de la Carta de la Paz según la cual los resentimientos del pasado no pueden ser obstáculo para el futuro. Es necesario hacer memoria del pasado: hace falta que los verdugos lamenten públicamente el mal que han causado y, en la medida de sus posibilidades, es necesario resarcirlo. Sólo así se curan las heridas y se puede edificar un mundo mejor. Necesitamos líderes mundiales de la altura espiritual de Mandela, con su capacidad de sacrificio y de fidelidad a unos ideales.
Francesc Torralba Rosselló (Doctor en Filosofía)
España – Barcelona

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