Maternidad y vida

En el apacible encanto del amanecer, al caer la tarde con su  arrebatador encuentro de matices, o en noches cargadas de pasión,  exaltados gestos y  heladas miradas, se inicia la vida en cualquier parte del mundo. Millones de mujeres llevan en  su  ser  las  huellas del amor o desamor  que vive, crece, palpita y deja rastros permanentes de  posesión, dolor o  ternura. Son historias fundidas en el tiempo y más allá del tiempo.

Sobre los vientres abultados, se deslizan las manos. Un mar de pensamientos invade las  horas de la espera, prediciendo esperanzas, anticipando el disfrute de tangibles vivencias; perfumando el espacio con fragmentos de  ilusiones; susurrando en complicidad con el silencio.

Ahogando el temblor del desconcierto y la tristeza, otras callan.  Arrastran su existencia entretejida entre  los hilos del dolor y de la  angustia, cuando el abandono y la soledad martirizan sus días. Víctimas de la  aniquilante miseria moral y material, cuestionan  el futuro, evocando el poder infinito del Creador.

Ayer y hoy, millones de mujeres que olvidaron sus esencias, decidieron expulsar de las entrañas las inocentes vidas, cuando apenas despuntaban en el horizonte. Otras, acarician con tímido temblor el lugar donde crece el anhelado ser. ¡Es un milagro!  La emoción desbordante  se transforma en  toque delicado y tierno que nace  de la total aceptación.

¡Alumbró la primavera su existencia!, en un tránsito lento o angustioso. Las sonrisas de las madres cubren la faz del universo, en un momento grandioso en que el dolor y la alegría se transforman en una paradoja.

Noches largas, horas de desvelos y  ternuras. El  llanto de los niños invade el espacio. Solícita y delicada, cada madre acuna su criatura, aunque sus ojos cansados intenten cerrarse y el dolor la doblegue.

Esa mirada inocente y la impredecible sonrisa que surca los labios del infante, hacen vibrar las fibras del alma. El terciopelo de una suave caricia deja huellas imborrables. Los primeros pasos tambaleantes, llenan de orgullo; la picardía inocente, la alegría y el lenguaje incipiente despiertan profundas emociones, avivan la  esperanza y el compromiso  de existir.

Pasa el tiempo, esa criatura comienza a cargar sobre su historia el reto del saber, el compartir, vencer las voces distorsionadas y las veleidades de la cultura absorbente y  a veces tambaleante. En su mochila de esperanzas, despuntan los esfuerzos para ser lo soñado.

El tiempo transcurre. El ciclo del inicio  de la vida comienza nuevamente y el adiós definitivo, también. Mas quedan  latentes en el devenir del tiempo verdades ineludibles: Ser madre es algo más que engendrar la vida. Es vivir cada momento llena de la presencia de sus hijos, a pesar de la distancia, del olvido, la irreverencia, la ironía, o la desaparición física.

Madre, aunque el desamor estruje el alma, la indiferencia  erija murallas  de abandono y desconcierto; aunque la maldigan o derriben sus sueños; aunque la ignoren cuando el árbol de la vida parece quebrarse.

Madre es querer  obviar las distancias y  el tiempo  cuando la voz de los hijos se doblega ante la angustia y el desconcierto o la alegría llena sus vidas; sentir que se lacera el espíritu por su infelicidad  y por los errores de su  propio existir.

La maternidad entraña la auténtica alegría ante sus triunfos; compartir el pan y la palabra; abonar el espíritu con fortaleza y energía. Es dialogar sin barreras, disentir o asentir; mirar frente a frente al rebelde e insensato; sonreir  con  discreción y gratitud  ante la realidad de un ser humanamente a la medida de sus sueños.

En un acto inconmensurable de solidaridad y altruismo, ser madre, muchas veces, es intentar cambiar la propia vida por la de los hijos, cuando la enfermedad o la angustia los aqueja; esconder sin malicia sus debilidades; querer sembrar en ellos la sabiduría universal, el respeto y la visión de  eternidad. Es sentir y apaciguar  las corrientes de la angustia en el cauce existencial, para no herir o fragmentar los vínculos delicados del amor.

Es vivir de manera consciente y responsable la extraordinaria misión de  procrear y valorizar la vida; propiciar el ejemplo que dignifica, motiva y enaltece, sin falso orgullo o vanidad extrema.

Ser madre es iluminar, observar, bendecir, aún desde el más allá.

Minerva Calderón López
Santiago de los Caballeros (República Dominicana)

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