Maya

“… volví a rebobinar la larga película que empezaba justo cuando surgió la vida sobre la tierra, hace cuatro mil millones de años. Se trataba de mi propia historia, de la de mis antepasados, y con esto no quiero decir solo que vengo en línea directa de unos pequeños reptiles parecidos a los mamíferos que vivían aquí hace un par de cientos de millones de años, y luego de un reptil primitivo, de un anfibio, de un pez osteíctio, de un invertebrado y, por último de la primera célula del planeta.

No solo procedo directamente de formas de vida primarias de hace cuatro mil millones de años, sino que cada una de las células de mi cuerpo contienen genes que son igual de antiguos. Yo era la última anilla de una cadena ininterrumpida de divisiones celulares, de unos procesos bioquímicos más o menos identificados por la biología molecular. Se me ocurrió que al fin y al cabo, yo no era diferente de los organismos unicelulares de los cuales provenía. De hecho era tan solo una colonia celular, con una única diferencia; que mis células vivían en una interacción más estrecha e integrada que la de un cultivo bacteriano, eran más diferenciadas y por lo tanto se podían permitir un reparto de responsabilidades más radical. Pero también está constituido por células únicas alrededor de un mínimo común múltiplo: el código genético, el mismo plan general integrado en cada célula del cuerpo.

El código DNA; él solo representa una acumulación microscópica del resultado del juego frívolo con ácidos nucleicos a lo largo de miles de millones de años. Sin embargo, genéticamente, continúo siendo tan solo un montón de células gemelas uniovulares. El modo como los hiperclones se podían comunicar entre ellos, y además, activar y desactivar los genes según si eran o no útiles para la comunidad, és uno de los enigmas más grandes de la biosfera. Lo que impulsaba la evolución era que solo una pequeña parte de cada generación era capaz de crecer y reproducirse; sin eso no habría habido selección natural, y sin la selección, no habría habido evolución. El pilar básico de la evolución era la continua muerte de huevos y la misma lucha continua por la existencia.

Pero yo me sentaba aquí. Sentado en una pequeña isla de Oceanía en calidad de excepción de la regla que dice que la rifa no se gana mil veces seguidas. Yo, o mi linaje, mis antepasados, mi hilera ininterrumpida de cigotos y de divisiones celulares, ha sobrevivido durante miles de generaciones. En cada eslabón de la estirpe, tuve tiempo de hacer primero una división celular; después reproducirme, fecundar o poner huevos, y, como última fase, parir directamente hijos. Solo hubiera bastado que uno de mis muchos millones de antepasados, por ejemplo un anfibio que llevaba una vida húmeda en algún lugar, o un reptil que se arrastraba entre las plantas criptógamas del periodo pérmico, que uno de estos individuos de hubiese perdido antes de la maduración sexual, (…) y yo, ahora, no hubiese podido sentarme en la terraza. Y no se me puede reprochar que tire demasiado atrás porque aún podría retroceder mucho más lejos.

Si se hubiese reproducido una sola mutación fatal en la división celular de una determinada bacteria hace dos o tres mil millones de años, yo no habría visto nunca la luz del día. Y yo provenía justamente de esa única célula que podemos denominar ZYG 31.514718.120.211,212.901.514 de la colonia KAR 251.251.118.512.391.414 al meridiano 180, algunos grados al norte del trópico de Capricornio. No había tenido ninguna otra oportunidad, ni podía tener ninguna otra, yo no.  Por lo tanto ya había sobrevivido a los peligros más extremos muchos miles de millones de veces, pero mis antepasados siempre había salido adelante, por supuesto, siempre habían estado a tiempo de pasar el relevo genético intacto. Intacto pero a intervalos regulares lo pasaban con algún minúsculo ajuste, para mejorar la masa hereditaria. Y así iban saltando etapas, y todavía tenían que recorrer muchos millones más antes que, contra todas las previsiones más increíbles, llegara mi turno, porque pasó otra etapa, y otra, y después todavía más, y apareció otra generación, y así legó un momento que no damos crédito; pero fue así porque nadie cayó en la trampa, porque todo el mundo estaba al acecho y el relevo genético pasó de mano en mano. Las pruebas: allí estaba yo, sentado”.
Gaarder, J. Maya. Empúries Narrativa. Barcelona:2000. Pgs: 39-41.

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