Memoria e identidad

El 2010 ha sido un año conmemorativo para algunos países iberoamericanos, ya que rememora los 200 años del comienzo de su identidad como nación independiente con respecto a España. Antes de 1810 hubo varios factores que desencadenaron los movimientos de liberación. Tras la Revolución Francesa, el tráfico de ideas vanguardistas entre Europa y América se hizo más intenso. Aunado a esto, también se dio la independencia de las colonias que formaron los orígenes de Estados Unidos, con respecto de Inglaterra. Y, si sumamos el malestar social y las injusticias que se daban en las colonias españolas, las bases estaban sentadas para que un levantamiento popular tuviera cabida. Con anterioridad ya se habían dado otras insurrecciones en distintos puntos del mapa iberoamericano, pero el hecho de caer España en manos de las tropas napoleónicas, detonó el proceso.

El parto fue difícil y lento en muchos casos. Primero vino la organización clandestina de los diversos focos independentistas, después la insurrección, las batallas, las tomas de ciudades y pueblos, las declaraciones de independencia… hasta llegar a las firmas de acuerdos y tratados. Nombres como los de Simón Bolívar, en sudamérica, o Miguel Hidalgo, en centro y norteamérica, eran promesa de libertad y de justicia.

Una vez conseguida la independencia, los comienzos fueron quizás más duros que la propia lucha. La batalla ahora era contra la miseria, la desorganización, la inexperiencia para gestionar los asuntos internos y lidiar con la política internacional. Conseguir una autonomía real no ha sido ni es, hasta la fecha, fácil para los países iberoamericanos. Tampoco se ha conseguido superar los viejos esquemas coloniales.

Doscientos años han transcurrido ya desde ese momento. Dicen los expertos que una de las primeras palabras que manejan los niños es “no”. La explicación es que cuando un adulto le ofrece o le pide algo al niño y este responde con un “no”, esto implica un acto de autonomía. Es una manera de autodefinirse a partir de lo que no soy. El proceso de independencia y autonomía de una nación es similar a ese “no” infantil. Antes de saber quién soy como nación y cómo soy, comienzo a definirme por lo que no soy e intento valerme por mí mismo, aunque implique morirme de hambre o tropezar porque quiero andar solo.

Siempre surgen polémicas cuando hay efemérides que celebrar, porque siempre hay posturas ante cómo se dieron las cosas y quién las suscitó. De todas maneras, es importante tener presente que, un evento como una independencia, no surge de manera espontánea ni se da aleatoriamente en el tiempo. Recojo una frase del psicólogo social Pablo Fernández Christlieb que nos ilumina en esta reflexión. “Las fechas funcionan como hitos, como puntos de referencia por donde el pensamiento debe seguir si quiere encontrar su memoria, y cada sociedad, cada grupo y cada individuo, tiene sus fechas significativas, las memorables, aquellas donde están guardadas sus experiencias como garantía de identidad”. (Fernández Christlieb, P. La psicología colectiva un fin de siglo más tarde. Barcelona: Anthropos, 1994. P. 104).

Las fechas, ciertamente, son como esas boyas en medio del mar que van indicando acontecimientos. Las boyas sirven de orientación para llegar a un sitio determinado y suelen ser visibles a lo lejos. Pues las fechas cumplen también esta misión. Nos indican, en la lejanía del tiempo, que ahí sucedió algo y ha quedado como una marca en el camino. A las boyas se les da mantenimiento cada determinado tiempo: se extraen del mar, se limpian de óxido e incrustaciones, se pintan y se devuelven al agua para que sigan cumpliendo su función orientadora. Con las fechas pasa o debiera pasar lo mismo. La revisión histórica es una necesidad vital para un país o grupo humano. Conforme pasa el tiempo, se puede adquirir mayor perspectiva del antes y el después de un acontecimiento y sus repercusiones en la actualidad. Un bicentenario, como el que están celebrando algunas naciones este año, es una buena oportunidad para releer el pasado con serenidad, con perspectiva, con una mirada contemporánea, pero sin olvidar las circunstancias espaciales y temporales que lo suscitaron. Incluso con una profunda gratitud porque, como señala la Carta de la Paz, dirigida a la ONU, si los hechos pasados no hubieran sucedido como sucedieron, no se habrían dado las condiciones únicas para que los presentes existiéramos.

En las fechas memorables, como apunta Fernández Christlieb, están guardadas las experiencias que garantizan la identidad de una sociedad, grupo o individuo. Es importante “abrir” esas fechas para desempolvar la experiencia, desentrañar el porqué se actuó de determinado modo en el pasado y si ese rasgo es perenne en nuestra identidad colectiva. Somos hijos de aquello que pasó en la Historia -incluso de sucesos violentos-, preguntar a la Historia es como acercarnos a nuestros padres y conversar con ellos sobre porqué eligieron ser pareja o cómo fueron las causas de nuestro engendramiento. Preguntas y respuestas vitales que dan luz para comprender nuestra identidad.

Además, en el ejercicio de ir escudriñando en la Historia, es muy posible que encontremos no sólo sucesos bélicos que hayan fraguado nuestra identidad colectiva. Quizás nos sorprenda descubrir que hay muchos acontecimientos, prácticas y costumbres que, por no ser estridentes, pasan inadvertidos, pero que están en la entraña de nuestro ser pueblo.

Decíamos que la independencia y la autonomía de una nación se parecen a ese “no” de autoafirmación del niño e incluso del adolescente. La pregunta ahora sería si los latinoamericanos hemos conseguido salir de ese “no” constitutivo que nos dice lo que no somos o lo que no queremos ser, o si ya hemos comenzado a fraguar nuestro yo compartido a partir de lo que “sí” somos o queremos ser.

Aún superado el 2010, su conmemoración debe motivar a los países que celebran su independencia para dar pasos firmes hacia una identidad más armónica. Decir sí al pasado, con sus luces y sus sombras, pues sin él no estaríamos aquí los que estamos. Decir sí al presente, con sus problemas y sus riquezas: es sobre lo único que podemos incidir realmente. Decir sí al futuro, sólo podemos hacerlo diciendo sí al presente: somos los que somos y como somos, si no, no seríamos.

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