Mi mejor enemigo

Chile, 1978 Yo no nací para soldado. A lo mejor otros sí, pero yo era un pelado entonces. Como los otros que me acompañaban. No conocíamos las islas que teníamos que defender. Ni el sargento las conocía. Habíamos caminado varios días pampa a través, buscando el punto exacto donde dibujar frontera: dibujarla y defenderla con cinco balas cada uno. Habíamos perdido la brújula y caminábamos sin referentes. ¿Qué referentes le quedan a uno cuando todo es prado y horizonte? Ni un árbol. Ni una casa. Nada. Pura pampa. Es jodía la pampa. En algún momento tuvimos que plantarnos, porque seis hombres sin agua no pueden vivir demasiado tiempo dando tumbos por ahí. Plantarse, cavar una zanja y meterse adentro a defender la tierra. Desde dentro. Tampoco los demás habían nacido para soldados, ni habían nacido en la pampa. Todos del norte bajando a defender al sur. A alguien le habían dicho que muchas personas tenían familia a los dos lados de la frontera. La verdad es que no supe claro dónde estaba la frontera. Ni yo ni los argentinos que descubrimos una mañana, plantados a trescientos metros de nuestra zanja. Habían sido enviados también desde el norte para defender las islas. A dibujar y defender la frontera con Chile. Se plantaron, cavaron y se metieron adentro, para defender la tierra. Así fueron las cosas. Pero es jodía la pampa. Nadie sabe que de repente uno de tus compañeros puede caer enfermo. Y que puede necesitar más morfina de la que llevábamos encima. Y que el destino quiso que los únicos que habitábamos aquellos, no sé, ¿diez kilómetros cuadrados?, ¿cien?, fuéramos enemigos. ¿Se puede pedir ayuda al enemigo? Parece que sí. Pasó por encima el sufrimiento de nuestro compañero, y hubo pacto. Pero luego cada uno a su trincherita y a seguir defendiendo. Nosotros teníamos que matar a cinco argentinos cada uno. ¡Pero no íbamos a matar a los proveedores de morfina! ¿No? Habían tenido un buen detalle. Además, ni nos conocíamos, ni teníamos nada especial unos contra los otros. Pero se me olvidaba la tierra. Teníamos que defender una buena posición. Todo el mundo a su zanja. Pero luego de la morfina llegaron otras cosas: agua, tabaco, y algo de comer. Teníamos una perra que nos hacía de mensajera de trinchera a trinchera. ¡Qué estúpidos trescientos metros! Por llegar hasta llegó el aburrimiento. Los sargentos respectivos resolvieron colaborar para establecer una frontera clara a defender. En la pampa. Ya me dirán. Ni sabíamos dónde quedaba el mar o donde la cordillera. Ni nuestras casas. Cada comandante quería rascar unos metros más al otro, pero tampoco sabían si estaban en Chile, o en Argentina. El tema era mandar. Y dibujar quemando pasto. Pero ya he dicho que la pampa es jodía, y el viento no avisa. Ese sopla haya frontera o no. Por entonces soplaban vientos de guerra. Ya volvimos a las trincheras de nuevo. Nadie sabrá que comimos cordero juntos. Nadie sabrá que bailamos cueca y tango. Que jugamos un Chile-Argentina con trapos atados. No señor. A la trinchera a defender la tierra. Pasaron ratos largos intentando escuchar la radio. Intentando comunicarnos con el norte para saber qué teníamos que hacer. ¿Defender? ¿Atacar? ¿Avanzar? ¿Retroceder? Esperamos. El resto ya lo saben. Al final no hubo guerra. Se pactó y se evitó el desastre. Las islas se partieron. Alguien que sabría dónde estaban, claro. A nosotros nos vinieron a buscar. A los argentinos un camión. A los chilenos otro. Cada cual a su país lejos de ese sitio que yo no sabía bien de quien era. Seguía siendo un pelado que había pasado muchos días en una trinchera. Y que había defendido unos metros cuadrados de pasto. Un día iré a ver las islas, por sentimentalismo no más. *Mi mejor Enemigo, de Alex Bowen (2005)   Javier García Aranda (Grafista) España – Barcelona

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