Modelos de identidad

BEGOÑA ROMÁN es doctora en filosofia y profesora de esta misma materia en la Universidad de Barcelona. A lo largo de su dilatada carrera profesional ha dirigido la cátedra de ética de la Universidad Ramon Llull, ha trabajado en el Instituto Borja de Bioética y ha publicado múltiples estudios y artículos.

 

Begoña Román, doctora en Filosofía, fue el pasado 17 de enero la invitada especial para la nueva edición del ágora que mensualmente organiza la Secretaría General de la Carta de la Paz en Barcelona.

Román, que actualmente imparte clases en la Universidad de Barcelona, ha dirigido hasta hace poco una cátedra de ética en la Universidad Ramon Llull, ha trabajado para el Instituto Borja de Bioética y ha colaborado en numerosas publicaciones y artículos especializados.

Durante su intervención, que congregó una decena de colaboradores de la Carta de la Paz, entre ellos Jordi Cussó, presidente de la Fundación, y Francesc Torralba, director de la Secretaría General de los Institutos de la Paz, Román reflexionó sobre tres puntos clave: el tema de la identidad de grupo, la exclusión y la inclusión en el ámbito social.

De esta manera, Román quiso remarcar la diferencia entre la identidad individual y la colectiva, y el error que la sociedad de hoy comete al no tener en cuenta este segundo concepto: “se olvida de que no hay individualidad de persona si no es dentro de un grupo”. En esta línea, Román hizo referencia a tres identidades que en su parecer son negativas, como la identidad egocéntrica excesivamente sólida, las identidades grupales ortodoxas cerradas y sectarias, y la identidad líquida unida solamente por la memoria del pasado, ya que no contribuyen a la construcción de la identidad colectiva global y tienden a encerrarse sobre sí misma.

Llegados a este punto, el debate se adentró en el binomio de la inclusión y la exclusión. La invitada apuntó dos axiomas del pluralismo que habría que tener presentes en el tema de la identidad: “el pluralismo es un valor y […] implica verdadero derecho a la libertad y a la igualdad de oportunidades”. De esta manera, durante el transcurso del acto se destacaron dos formas de exclusión contemporánea relacionadas con la exclusión material y económica y biológicosocial, y de ámbito social: “cuando estudias la realidad te das cuenta de que hay dos igualdades de oportunidades: una es la igualdad de acceso […], pero resulta que cuando hacemos un estudio más detallado nos encontramos con que no hay igualdad de uso, es decir que no utilizan igual este acceso, y eso se explica por la falta de información”.

Según afirmó Román, “la verdadera tolerancia surge del conocimiento y encuentro con el otro, no del hecho de saber que el otro existe y que coexistimos”. Según afirmó la invitada, un no favor es la falsa tolerancia y el hecho de que condenamos a ser ortodoxas a determinadas comunidades por falta de aires plurales: “a veces el concepto de exclusión no es siempre otro que te excluye; a veces eres tú mismo e inconscientemente”.

Con respecto al tema de la gestión del pluralismo y el multiculturalismo, la reconocida profesora de filosofía destacó que existen dos modelos: “La manera cómo gestionan el multiculturalismo y, por lo tanto, el fomento del naturalismo los británicos es aquello que metafóricamente nombraríamos la macedonia: es una mezcla donde tú puedes sacar lo que no te gusta, y no hay encuentro, hay coexistencia. Después tenemos el modelo francés, que es eso mismo pero pasado por la máquina de hacer puré: aquí no se reconoce a nadie porque es una masa amorfa donde en un principio estábamos todos pero después somos obligados a pasar por el centralismo de la batidora donde todo se diluye”. Román contrarrestó los dos ejemplos anteriores citando el modelo canadiense, que ha inspirado los mecanismos de integración que actualmente son vigentes en nuestro país.

Román continuó su discurso analizando el hecho de que no tenemos premisas históricas sobre este tema de la integración y que por lo tanto hace falta arriesgarse y generar espacios de encuentro hospitalarios para el intercambio que granticen el respeto por unos mínimos cívicos que aseguren la convivencia: “tolerar al intolerante quiere decir convertirse en uno de ellos […], y estos mínimos cívicos de hospitalidad de tolerancia de derechos fundamentales no se pactan, son previos y limitantes del pacto”. Román quiso remarcar así la existencia de una serie de condiciones mínimas que toda la sociedad tiene que respetar para garantizar su propia estabilidad y funcionamiento.

Otro aspecto clave de cara a las identidades que surgió durante la exposición fue el de la necesidad del deseo de ser, así como el de tener un proyecto de sociedad bien definido: “creo que es muy importante para superar esta contracultura y esta cultura del no, tener un proyecto de sociedad del ciudadano”. Román destacó al mismo tiempo la importancia de un liderazgo fuerte que encabece este proyecto y recordó los orígenes de la Carta de la Paz: “siempre hay gente que tiene que empezar alguna cosa. Aquí tenéis la figura de Alfredo Rubio, una gente que tuvo una idea y la quiso poner en marcha.”

Ya en el último tramo del encuentro, el tema de la discriminación positiva perdió importancia y ocupó una buena parte de la intervención: “la discriminación positiva no puede disociarse de la fecha de caducidad de los proyectos y del tiempo que durará ésta […], porque sino surge el resentimiento.

La invitada cerró su intervención recordando que cuando hablamos de ética de mínimos y civismo, hablamos de derechos pero no se habla de deberes: “tenemos -creo- la confusión que a un derecho jurídico le corresponde un deber jurídico; es decir, trabajamos para el concepto de reciprocidad, entendiendo por reciprocidad dos cosas: primera que al derecho que uno tiene le es recíproco el deber de otro de reconocerlo -por lo tanto que hay una persona que tiene un derecho y otra que lo tiene que respetar-, y la reciprocidad de que a cualquier derecho le corresponde ipso facto un deber”. Con este apunte, quedó patente que no sólo es importante concienciar a los ciudadanos sobre los derechos que no tienen a su disposición, sino también de los deberes que implica vivir en una sociedad con más personas.

Finalmente, Román remarcó en este punto la diferencia que se produce en el ámbito jurídico y ético sobre esta cuestión, remarcando la posibilidad de aplicar esta idea en el primer campo mencionado, pero no en el segundo.

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