Necrofilia política

Siempre he sospechado de quienes llaman a morir por la patria, por la revolución, la soberanía o por “la causa”, cualquiera que esta sea. Igual me resultan poco serias las invocaciones para sacrificarnos por el futuro.

La necrofilia política –quizás herencia del romanticismo– ha impulsado el sacrificio de muchas juventudes en América Latina para construir sociedades más equitativas, pero a la vez ha servido como sustento a formas autoritarias en el ordenamiento social y una interpretación reduccionista de los derechos humanos.

Esa “cosa” llamada patria, nación o revolución se ha bebido la sangre de millones de seres humanos, tanto desde el combate para su realización, como desde el poder para justificar el control de unos cuantos sobre los demás. No menos sanguinarios han resultado las apologías del mercado y la brutal imposición del imperialismo norteamericano sobre nuestras tierras.

Lo que sí es escaso en nuestra historia es el respeto a la dignidad de las personas, no solo a comer, educarse y tener salud, sino también a vivir en libertad y cuestionar el poder. De un lado y otro, desde la izquierda y desde la derecha, nos demandan sacarnos la cabeza y obedecer, unificarnos con la manada tras el pastor que nos abrirá el “mañana”, aunque en el presente el infierno devore todos los sueños y mate todas las ternuras. Por más fiero que sea el imperialismo o más temibles sean los enemigos de la democracia, todos merecemos ser tratados como adultos y respetar nuestra dignidad inalienable.

Cualquier proyecto político decente se mide por el presente, no por el futuro. No se construyen democracias posibles con dictaduras concretas, no se edifica la libertad del mañana con las cadenas del presente, no se labran socialismos deseables dirigidos  por personalismos agobiantes.

El punto X de la Carta de la Paz ilumina este aspecto al señalar que: “Un creciente número de países reconocen ya en la actualidad, que todos tenemos el derecho a pensar, expresarnos y agruparnos libremente, respetando siempre la dignidad y los derechos de los demás.

Pero igualmente, cada ser humano tiene el derecho a vivir su vida en este mundo de modo coherente con aquello que sinceramente piensa. Las democracias, pues, han de dar un salto cualitativo para defender y propiciar, también, que toda persona pueda vivir de acuerdo con su conciencia sin atentar nunca, por supuesto, a la libertad de nadie ni provocar daños a los demás ni a uno mismo.”

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