No lo he podido fotografiar

De nuevo he tenido la oportunidad de viajar a República Dominicana. Esta isla caribeña me gusta mucho: sus paisajes, sus colores y sus frutos tropicales. Pero por encima de todo me gusta su gente, tan alegre, espontánea, amable y festiva. Cuando llegas a aquel país quedas embobado con su belleza, y si además te acogen unos buenos amigos entiendes que los primeros españoles que llegaron allí la comparasen con el paraíso. Me he instalado en la ciudad de Santo Domingo, en el barrio de las Cañitas, una de las zonas más pobres de la capital. Cerca del río he tenido ocasión de volver a pisar y probar la pobreza, o más bien la miseria. He vivido y convivido con personas que no tienen absolutamente nada, o más bien dicho, que tienen la fuerza de continuar sobreviviendo con todas las dificultades que os podáis imaginar. Hacia tiempo que no caminaba por unos sitios de tanta miseria. Con aquel olor del ambiente tan característico, las miradas de la gente que vas encontrando, la suciedad y, sobre todo, aquella especie de dolor que se te pega en el pecho y no te deja ni respirar. Solo miras y miras, y te sientes impotente, triste, perplejo. Una rabia inmensa te sube por dentro. Querrías llorar y chillar. Cuando de repente, se te acerca un niño, se para, te mira con unos ojos inmensos, te sonríe y extiende la mano. No pide nada, solo quiere saludarte: “Chócala”, dice. Lo hago con un intento de sonreír y esto me devuelve de mi estado de shock. Me pregunto: ¿este niño, está contento de existir? ¿Es capaz de admirar la belleza de su país, o se siente estafado, arrojado a un mundo que no le dice nada, que ni tan solo le gusta? ¿Ha probado nunca el bien, la bondad, el amor gratuito? Miles de preguntas me vienen a la mente y me sacuden por dentro. Permanezco mudo, sin palabras y sin respuestas. No se qué decir ni qué hacer; vuelvo a caminar, como si deambulase y me dejara llevar con el deseo que todo esto sólo sea una pesadilla. Pero se me acerca otro niño, me abraza y me devuelve a la cruda realidad. Lo miro y quiero darle afecto, porque no se qué otra cosa le puedo ofrecer. Cojo mi pequeña máquina de fotografiar que llevo, para hacer una fotografía del momento, pero no me veo capaz de hacer fotografías, me es imposible. Todo esto que contemplo es para guardarlo en el corazón, por más daño que me pueda hacer. Fotografiar es fijar en un papel, y la pobreza no se puede fijar, ¡hay que erradicarla!  No es para mostrar sino que todos tenemos que trabajar con todas las fuerzas para que todo el mundo pueda vivir con un mínimo de dignidad. A pesar de todos los esfuerzos y los razonamientos todo se te queda impregnado en las retinas, el cerebro, en las fosas nasales y en lo más íntimo de tu ser. Y es de allí donde te nace un espíritu de lucha, de compromiso para que llegue un día en el que todo esto que has vivido sea una pesadilla. En medio de tanta miseria, un poco de esperanza. No sabes como, pero siempre encuentras hombres y mujeres que trabajan para los demás con un entusiasmo sorprendente. Estas personas lo han dejado todo para trabajar cerca del río donde a primera vista sólo hay miseria y dolor. ¿Hacen poco? Lo hacen todo, porque no se pude hacer nada más. Observo que no les dan cosas concretas, sino que están con ellos, tienen tiempo para estar y sentirse juntos. Les regalan básicamente amistad y afecto. Que al menos una vez en la vida se hayan sentido amados, que hayan probado el bien y la bondad. Que puedan experimentar que, a pesar de todo, vale la pena vivir, que desde algún rincón recóndito de su ser puedan exclamar: ¡qué gozo existir! ¿Será posible? ¿Lo conseguirán? ¿Lo gritarán? Al menos yo les agradezco su esfuerzo. Dejando a un lado mis aficiones fotográficas y mis reflexiones me arremango e intento ayudar, en la medida de lo posible, en esta tarea. De vuelta coincido en el avión con otras personas que vuelven a casa, con la cara y la piel bronceadas por el sol. Imagino que unos lo han adquirido en las playas de unos lujosos hoteles y otros cerca de los ríos paseando por los barrios de una inmensa y caótica ciudad, o en los pueblos perdidos del interior de la isla. Unos vienen contentos de haber descubierto la belleza de tanta gente que sin tener nada lo dan todo. A todos nos ha calentado el mismo sol y aquello que hemos querido ver y compartir ha dado calor a nuestra vida. Realmente, la vida no es un problema de piel delicada, sino de atreverse a ver la realidad y estar dispuesto a dejarse interpelar para intentar remediar tanto sufrimiento evitable. Sólo deseo que aquellos niños y tantos otros en todo el mundo, puedan desplegar todas sus potencialidades como seres humanos. Y me vuelvo a preguntar: ¿qué podemos hacer, que sea real y posible para toda esta gente? Callo y miro por la ventana. Desde el avión sólo se ve una vista impresionante de esta isla verde y llena de vida. Ojalá todos seamos capaces de pisar la realidad y no elevarnos en falsas disquisiciones que nos apartan de las personas y de la realidad más próxima.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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