Nuevos tiempos, nuevas demandas estructurales

Vivimos en un mundo donde todo se mueve continuamente, es como una especie de magma en permanente ebullición y donde continuamente surgen nuevas situaciones y acontecimientos que hacen que se tambaleen muchas de las cosas que dábamos por seguras e inamovibles, o que simplemente pensábamos que por su trayectoria serían casi para siempre. Los acontecimientos vividos estos días, nos hacen ver que, como dice el punto VI de la Carta de la Paz dirigida a las Naciones Unidas, cuando organizamos nuestra sociedad lo tenemos que hacer en las estructuras sociales que consideremos oportunas para aquel momento, y no querer fundamentarse solamente en estructuras antiguas, aunque en su momento se consideraran adecuadas.

Estos días miles de ciudadanos belgas se han manifestado y han salido a la calle para pedir a los partidos flamencos y valones que cierren negociaciones para poder formar un gobierno mínimamente estable. No quieren vivir en el desorden, sino que quieren ser gobernados por aquellos en quienes han depositado su confianza. Llevan mucho tiempo sin gobierno y los ciudadanos consideran que es necesario encontrar una solución. Incluso han apelado a buscar algo que sea común a flamencos y valones y han encontrado las patatas fritas, así pues han hecho una llamada a los ciudadanos de Bélgica para que coman patatas fritas hasta que sus líderes políticos entiendan que, en este país pequeño, aunque complejo, hay más cosas comunes que los unen que no hechos que los diferencian. Pero lo más sorprendente es que, después de batir el record de ser el país que más tiempo ha estado sin gobierno, han sido capaces de seguir adelante, afrontando los problemas del día a día y superando las diferentes situaciones de una crisis mundial que ha hecho tambalear a muchos gobiernos que ejercen el poder en sus respectivos países. Al final, viendo esta experiencia, quizás alguien se planteará si realmente necesitamos un gobierno, porque sin él el país ha seguido funcionando. Seguramente esto ha sido posible porque en Bélgica hay una larga tradición democrática y unas estructuras sociales lo bastante sólidas, que han sido capaces de resistir una situación compleja, y de cierto desorden, sin desestabilizar el funcionamiento del país. No deja de llamar la atención que esto suceda en el país que debe tener la capital de la Unión Europea y que tendrá la sede del parlamento Europeo.

De hecho los belgas sólo piden un esfuerzo de diálogo, renuncia y generosidad para llegar a un consenso que permita ir juntos y marcar unas pautas políticas comunes, que busquen un común denominador entre todos. Algunos ciudadanos quieren dejas atrás una estructura de partidos y unas ideologías que estén por encima del bien de la gente. El sistema democrático no es un sistema de partidos que dividen la sociedad y se enfrentan para buscar una mayoría que permita gobernar a unos o a otros, sino que a menudo comporta saber superar las divisiones, los puntos de vista ideológicos, para buscar aquellas propuestas que sean realmente comunes en los seres humanos y que van mucho más allá de las patatas fritas.

Por otro lado, en estos últimos meses, hemos vivido la ebullición de gran parte del mundo árabe. Países caracterizados por gobiernos con una fuerte dictadura y que se han visto afectados por una oleada de personas que, convocadas a través de las nuevas tecnologías, han hecho caer regímenes que hacia tiempo que estaban fuertemente instalados en el poder. Aquellos gobiernos que se imponían por la fuerza del miedo, han sido derrocados por la población que, saliendo a la calle de manera masiva, exigía un cambio político. Queda aún por ver si estos países tendrán estructuras sociales suficientemente consolidadas como para que el país pueda aguantar estas situaciones de tránsito, sin caer en nuevas dictaduras, e instalarse en un modelo político más democrático. Sea lo que sea, no deja de ser fascinante lo que nuestro mundo está viviendo y todos contemplamos con expectación.

Ya sabemos que estamos en una fuerte crisis económica, pero ésta, entre otras cosas, ha sido ocasionada porque los países del tercer mundo se han cansado de ser meros espectadores y quieren ser actores de este mundo de producción y consumo. Que ellos quieran consumir más y conseguir un mayor estado de bienestar, obliga a los países del primer mundo a disminuir sus niveles de consumo y a ceder una parte de su bienestar. Pero los países del mundo árabe no están entre los países denominados emergentes: Brasil, China, India… Y esta revolución puede ser una llamada del mundo árabe, reclamando que ellos también quieren participar de este cambio, que también quieren vivir en unas condiciones más dignas y que no quieren que sus gobiernos impidan su crecimiento y la salida a unas situaciones de miseria. Para conseguir nuevos retos, sus estructuras políticas les son un impedimento y piden de una manera activa que se cambien y que les gobiernen unos sistemas políticos capaces de responder de una manera más adecuada a los problemas que tienen planteados.

Ahora más que nunca, es necesario que los políticos escuchen el querer de sus ciudadanos, y en este mundo que se ha hecho global no pueden obviar las redes de conocimiento que se generan en esta gran estructura que es Internet. Es allí donde muchas personas vuelcan y expresan sus intereses intelectuales y colectivos, que se convierten en algo así como una inteligencia conectiva, que ni los dictadores más recalcitrantes pueden evitar o apagar. Esta red de Internet también ha puesto en evidencia los intereses más ocultos y ha hecho visible que estos intereses responden a grupos particulares y que, a menudo, se alejan de intereses más colectivos o globales.

El poder no cambiará las cosas, porque cuando uno tiene la responsabilidad de una institución, aspira a que esta no vaya mal. Hay ideas un poco arriesgadas que quizás harían que la institución fuera mejor, pero precisamente porque son un poco arriesgadas, nunca las llevaran a cabo. El poder “per se”, es conservador, es decir, conserva aquello que hay, porque tiene miedo de que las cosas puedan empeorar y el miedo guarda el viñedo. Las iniciativas vendrán siempre de la ciudadanía y solo cuando ésta se moviliza ampliamente el gobierno es capaz de legislar y movilizarse en esta dirección. Este es uno de los grandes cambios que se ha producido con Internet, ahora la sociedad se moviliza de diversas maneras, más ágiles, de manera casi imprevisible y con unas consecuencias que no se pueden prever. La conciencia colectiva se ha hecho red conectiva y esto nos lleva a nuevas situaciones, impensables hace tan solo una década.

Y esta conciencia colectiva-conectiva global nos tiene que hacer caer en la cuenta que la política, como todas las estructuras sociales que hemos creado a lo largo del tiempo, está al servicio de la persona, y no podemos someter a las personas al servicio de mantener unos sistemas o estructuras determinadas. Los que gobiernan, las empresas, les familias, los partidos o los estados, deben ser concientes de que estas estructuras son un gran instrumento de cohesión social, pero que no pueden ser absolutistas. Cuando utilizamos correctamente estas estructuras, son de gran utilidad para la sociedad, incluso cuando no hay gobierno, como está pasando ahora en Bélgica. Pero cuando las llevamos más allá de lo que realmente son, es decir, cuando las hacemos inamovibles, casi absolutas, nos conducen a situaciones absurdas y a menudo desastrosas.

Los que gobiernan no están llamados a conservar las estructuras para permanecer ellos en el poder, ni los ciudadanos a destruirlas sistemáticamente. Es necesario hacer un esfuerzo para librarnos de lo que nos esclaviza, para llegar a ser personas libres que no estemos al servicio de ninguna entelequia ni de ninguna estructura que nos esclavice interna o externamente. Hay que estar a la expectativa y dejar que lo que ahora remueve el mundo, sea un movimiento que vaya hacia la búsqueda de unos espacios de más dignidad para los seres humanos y que entre todos sepamos conducir esta nave hacia un mundo más justo y en paz.

Ignasi Batlle, Mª Carme Maltas, Paco García, Jordi Cussó
Instituto de la Paz VI
Barcelona – España


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