Nunca nadie le preguntó si quería existir

A lo largo de los años vas conociendo personas muy diversas, de distintas maneras de pensar y entender la existencia, que enriquecen la vida personal de cada uno. Su amistad te hace descubrir aspectos y situaciones que te enseñan infinidad de cosas nuevas y sobre todo te hacen madurar para saber convivir, que es la asignatura pendiente de nuestros días. Entre estos amigos, siempre hay algunos que son un poco extravagantes; hoy recuerdo concretamente a Luis. Luis es una persona que vive descontenta, de ¡todo! Según él todo está mal, no le gusta nada y todo está lleno de deficiencias. No es que sea lo que llamamos el clásico contraísta, es decir, aquel que opta por llevar la contraria como una manera de instalarse en el mundo o de hacerse presente. A él, simplemente, todo le parece un “rollo”, más que esto, todo es un asco. Todo le fastidia y le parece absurdo. Estar con él es francamente agotador, cualquier conversación seria que quieras iniciar resulta imposible, todo acaba siendo evasión y, cuando se cansa de ti y no te quiere ver más, da cuatro chillidos y se va rápidamente. Da igual que haga sol o que llueva, que sea de día o de noche, que lo vayas a ver o que no, para él, nada vale la pena, y -según explica- “vivir es la mentira más grande que existe”. Sorprende que, después de tantos años –hace veintidós que lo conozco-, aún no se haya suicidado, porque realmente no entiendo como puede vivir arrastrándose así, como si vivir fuera la carga más grande que cualquier mortal pudiera soportar. Está descontento de todo cuanto le han dado. Frente a esto sería más fácil abandonar, pero él continúa gimiendo y quejándose todo el día. Esto me hace pensar que si continúa rodando por el mundo, es que en el fondo su mundo es pura apariencia y que algunas cosas debe encontrar algo interesantes como para poder continuar tanto tiempo entre nosotros. Él argumenta que nadie nunca le preguntó si quería existir. Y explicita: “me parieron sin mi permiso”. Le gusta citar el filósofo Sastre cuando dice: “es un ser vomitado a la existencia, que vivir es una estupidez y que la vida es una porquería”. Y para más inri, dice con un cierto tono irónico que no tiene ninguna culpa de estar aquí, que los que lo decidieron en su momento, que ahora lo aguanten. Y si no les gusta, que se fastidien, él no tiene ninguna culpa de tener que vivir una vida que él nunca pidió. “Me hicisteis nacer, ahora soportadme y dadme todo lo que necesito para vivir esta vida a la que me habéis condenado”. Por esto prácticamente no tiene amigos, ya que su actitud hace muy complicada la convivencia. Con los argumentos que utiliza, cierto que se conforma a hacer la vida un poco más difícil a los otros, porque así se siente acompañado en su descontento existencial. Personalmente he desistido de hacerle entender las cosas. Entre otros motivos porque se hace muy difícil poder razonar con tranquilidad. Él lo arregla todo encogiéndose de hombros o con un “¿y a mi qué?” Y después continúa con su actitud de siempre. Quiere evadirse de la realidad lo máximo posible y que lo dejen ¡tranquilo! Por más que le digo, se hace muy complicado el diálogo, casi siempre me queda la sensación de un monólogo con una pared. Aún así, no dejo de verlo de vez en cuando y procuro que estemos juntos un rato. Puedo estar contento que, con todo, aún quiera verme un rato y ocupar un espacio y un tiempo conmigo. Pero pienso que su vida es muy estéril. Protestar por protestar, quejarse por quejarse sin hacer nada por cambiar las cosas. La libertad de escoger entre muchas cosas posibles, aunque no siempre tenga toda la información adecuada es un reto muy hermoso. Pero hay que aceptar que nuestra libertad no es absoluta y que uno no puede escoger nacer o no, simplemente esta realidad me ha sido dada. Y que la libertad se convierte, en este caso, en la capacidad de aceptar este hecho: me han regalado el tesoro de existir. Y puedo vivir con gozo este hecho y entusiasmarme para vivir o enfadarme por este regalo y vivir toda la vida molesto, porque en el fondo no me gusta no haber podido decidir una cosa tan importante para mi existencia. Debe ser una manera como otra de no tener que agradecer la existencia, porque quiero ser tan autónomo que no quiero dar las gracias de nada, ni a nadie. Imagino que tendremos que dejar pasar más tiempo y esperar que un día se de cuenta de lo que realmente ha recibido y que esta vida no la podemos malgastar quejándonos siempre sin motivo. Mientras, lo vamos aceptando tal como es y procuramos enfadarnos lo mínimo posible. Esperaremos aquel día que, en vez de chillar, quiera hablar, en vez de quejarse, se pare a pensar y en vez de hacer largos monólogos vacíos de sentido, haga de su experiencia un buen diálogo. Mientras procuraremos que sus gritos, coces y menosprecios no hagan daño a los otros ni a él mismo. Un dia el sol tocará su piel y la luz del día hará sentir la calidez de la vida y de la existencia.

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