Ónticamente huerfanos

Cuando entras en una casa y te das cuenta de que te están esperando, todo tu te predispones a vivir la velada de una forma especial y con el deseo de contribuir a crear un rato de paz y de fiesta. Es la importancia de hacer sentir a la gente que es bienvenida al encuentro, a la fiesta y a la vida. Una actitud contraria nos lleva a rechazar, no querer permanecer demasiado tiempo con aquellos que no nos esperábamos o que, simplemente, no querían acoger nuestra visita. Quien más quien menos ha vivido situaciones parecidas a esta que hemos descrito. Qué diferente es ir a un encuentro donde sabes que te esperan con alegría o a otro donde sabes que si vas o sino vas, no te esperan contentos, ni te echarán de menos. Ante estas situaciones, nuestra actitud también es muy diferente. En el primer caso, deseamos llegar lo antes posible y nos preparamos exterior e interiormente para ir con la predisposición adecuada. En el segundo caso, se nos genera cierta indiferencia –“si llego, bien; si me atraso, no es muy grave, si no voy, cualquier excusa será buena”. Esta situación, que se da en tantos momentos de nuestra vida cotidiana, también se da en la percepción que tenemos de nuestra existencia. Todos deseamos escuchar, por parte de padres, abuelos y hermanos que es bienvenido en la existencia. Necesitamos sentir que somos bien recibidos y que todos se alegran de nuestra presencia, que no somos una carga para nadie. “Me esperaban y han preparado todo el entorno con detalle para crecer en un espacio de acogida”. Esta alegría de los otros nos ayudará a vivir el gozo de existir. No ser esperado, te hace sentir ónticamente huérfano, como si tu ser tuviera una paternidad azarosa poco amorosa. Conozco bastantes personas que han vivido esta sensación de orfandad. Experimentan la necesidad de preguntar si su engendramiento fue fruto de una decisión libre y responsable de los padres, o si resulta que no era un ser esperado, y quien sabe si ni siquiera deseado. “¿Como puedo estar contento si mis padres no me querían?” Este descubrimiento puede llevar a desconfiar de la familia y a una tristeza existencial que impida vivir con gozo la propia vida. Muchas veces un sentimiento de este tipo es superado por el amor que los padres y hermanos muestran hacia el hijo. Olvidan, una vez más, que su única posibilidad de ser era esta. No es problema de lo que nos gustaría, sino que nos tenemos que dar cuenta del tesoro de existir, que esta era la única manera de existir y vivir esta vida. Además, los padres no me rechazaban a mí, sino que, por determinadas circunstancias, en aquel momento, no querían tener ningún hijo. Cuantas personas caen en la soberbia de la perfección. Para que yo sea feliz, las causas que posibilitaron mi existencia tienen que ser perfectas, es decir, como imagino que tendrían que haber sido. Sentirse querido independientemente de cómo fui engendrado; i muchas veces es sólo una excusa para un chantaje emocional a nuestros padres. Aceptar con alegría la realidad de la vida y de mi existencia es situarte en la vida con una actitud de colaboración. Después, el amor es quien nos hace sentir bienvenidos en la vida.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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