Pandillas urbanas: caminos de paz

Carlos Cruz lideró una banda callejera durante el bachillerato y acabó co-liderando una federación de 27 pandillas que agrupaba a más de 5.000 jóvenes. Ahora es director de Cauce Ciudadano A.C., una ONG mexicana dedicada a prevenir, disminuir y eliminar la violencia generada por los jóvenes, convirtiéndolos en agentes de la paz para contribuir al cambio social.

[Extraído de www.canalsolidario.org; 17-6-2009]

 

El ser humano, desde sus orígenes como especie, ha tendido a reunirse. Primero por razones de subsistencia y parentesco y más tarde por motivos de diversa índole social. Uno de estos motivos es el sentido de pertenencia.

El sentido de pertenencia comienza en las personas ya desde la familia. Las relaciones que se desarrollan en este grupo primigenio suelen tener eco después en otros ámbitos: la escuela, los grupos de amigos, el asociacionismo, el patriotismo, hasta llegar a un sentimiento más amplio como el llamado “sentimiento oceánico”, que nos hace sentir parte del universo. Pertenecer a un grupo humano contribuye a la confirmación de la identidad. En él se establecen vínculos afectivos, se comparten estilos de vida, creencias, pensamientos, aficiones.

Dentro de los grupos de pertenencia donde más intensamente se dan las relaciones afectivas se encuentran las pandillas. Originalmente una pandilla era un grupo de personas que se organizaban para fomentar, conservar y difundir costumbres locales; después el término se aplicó a grupos humanos con intereses lúdicos y culturales muy diversos; y actualmente, cuando se hace referencia a una pandilla, se piensa en un grupo de adolescentes y jóvenes que se reúnen para delinquir. Al extremo de vivenciarse como un problema social con sólo aspectos negativos: violencia, inserción en redes de narcotráfico, extorsión…

Sin embargo, en el interior de la pandilla también se generan sentimientos muy hondos de solidaridad, de protección entre sus miembros, lealtad… Recordemos que las pandillas urbanas a las que nos referimos en estas últimas líneas, nacieron como respuesta a situaciones de marginalidad, pobreza o por la expulsión de sus miembros de los ambientes familiares hacia la calle. Estamos frente a verdaderas organizaciones familiares, donde hay unos “cabezas de familia” y donde se suplen los lazos afectivos familiares por otros que se dan entre los miembros de la pandilla. Ante este panorama, se constata la necesidad que tenemos las personas de sentirnos queridos y valorados por el resto del grupo. El rechazo y la estigmatización que la sociedad ejerce sobre las pandillas no hace más que reforzar su actitud de violencia. Ocasionando, también, que estos grupos se conviertan en blanco fácil de la manipulación de grupos de poder como el narcotráfico y el crimen organizado.

En muchos países, sobre todo del continente americano, se han emprendido programas sociales para desmantelar pandillas e integrar a sus miembros al tejido social. Sin mucho éxito. No obstante, sorprende gratamente que miembros de algunas pandillas, ante la violencia vivida al interior y desde el exterior de estos grupos, están haciendo un camino hacia convivencias y propuestas pacíficas. Y es que no podía ser de otra forma. Toda acción que nace de la libertad rinde más frutos que cualquiera que se impone.

Desde el interior de la pandilla, partiendo de sus propios valores, códigos, claves para entender el mundo, se están buscando vías para frenar las muertes violentas, las adicciones, las relaciones viciadas entre sus miembros, que no hacen sino repetir lo que no aceptan de la sociedad que les ha engendrado.

La paz nace de la libertad, no puede imponerse. La paz nace de la creatividad, sobre todo en nuestras sociedades, donde estamos agotando modelos de relaciones que acaban en la explotación de las personas y el vaciamiento de los valores humanos. La paz nace de la capacidad de estimarnos, la cual incluye la aceptación de todos los miembros de la sociedad y el derecho de cada uno a ser entusiasmado para vivir plenamente su única oportunidad de existir.

Algunos miembros de pandillas han comenzado ya a recuperar el sentido original de este tipo de agrupaciones: la promoción, la conservación y la difusión de los valores de las personas que conforman este tipo de familia amplia, basada no en los lazos sanguíneos, sino en las relaciones afectivas y en la posibilidad de vivir conjuntamente conforme a las ideas y creencias que tienen.
Javier Bustamante (Psicólogo)
España – Barcelona

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