Para una convivencia más equitativa

mujer trabajandoEl Instituto de la paz en Asia estos dos últimos años ha estado investigando la violencia estructural que existe hacia las mujeres en estas sociedades con el objetivo de que seamos conscientes y sepamos erradicarla. Quizás, así, podamos aportar elementos para que la convivencia social sea mas armónica equitativa y se pueda dar un clima que fermente una mayor cultura de paz. Algunas conclusiones de este estudio fueron presentadas en el II Congreso Internacional Edificar la Paz en el siglo XXI de Colombia.

El patriarcalismo y el androcentrismo que subyacen en la mayoría de las culturas del este asiático son dos causas fundamentales de este tipo de violencia presente incluso en los países más desarrollados de este continente. Son dos elementos muy tradicionales que impiden el reconocimiento básico de la dignidad de las mujeres, por tanto, son un handicap importante a la hora de promover espacios de concienciación y desarrollo del empoderamiento de las mismas.

Es obvio que siendo los dos géneros iguales en lo fundamental, tiene cada uno un “plus” propio y distinto. Como los dos se necesitan y se complementan en todos los ámbitos y campos, sería bueno favorecer formas socializadoras más igualitarias. Se evitarían la transmisión de imaginarios colectivos y tradiciones donde lo que predomina es la biologización y naturalización de las dos formas desiguales de socialización que se han venido dando a lo largo de la historia. Porque incluso en entornos urbanos y en países con una economía desarrollada como tienen Japón, Corea del Sur, Singapur o las zonas costeras de China, persisten ideas y tradiciones que falsean el hecho relacional de los géneros e invisibilizan el papel que las mujeres desarrollan tanto en el hogar como en la sociedad.

Al segregar discriminar y marginar a más de la mitad de la población no sólo se está conformando una visión muy simplista, excluyente y pobre de la realidad sino que se impide que la cooperación y solidaridad que se da en toda relación humana sea sana y madura.

La dignidad de la persona

Hay organizaciones tanto gubernamentales como no gubernamentales que están trabajando para que otra realidad social sea posible: una que sea más igualitaria, menos maniquea, más humana y más realista. Y es que la educación formal e informal que se recibe a través de una socialización diferenciada desde la infancia hace que pervivan aún costumbres que mantienen estereotipos y roles de géneros clásicos, como si la sociedad no hubiera cambiado o no se pudiera aprender de las múltiples aportaciones que las mujeres han realizado a lo largo de la historia.

Son retos importantes y las soluciones, al ser complejas, hay que irlas trabajando poco a poco y de forma transversal si se quieren ver resultados a largo plazo pues lo que esta diferenciación de roles reproduce son relaciones de poder y de subordinación aunque también un cierto o mucho miedo a la libertad y al cambio.

Para ello es básico el cultivo de la dignidad de las personas, independientemente de su género, y el potenciar una cultura que propicie el crecimiento de una libertad que vaya eliminando el paternalismo, la victimización y la desigualdad para que haya menos vulnerabilidad.

En algunas zonas rurales del continente asiático, fruto de experiencias-piloto exitosas se trabajan estos objetivos indirectamente a través del empoderamiento económico de las mujeres gracias a las mejoras políticas, reformas económicas y aperturas comerciales que se han venido realizando a lo largo de los últimos decenios. En muchas zonas rurales de China, por ejemplo, las tareas agrarias están totalmente feminizadas dada la emigración campo-ciudad de los hombres, especialmente de los más jóvenes. La necesidad de desarrollar y modernizar el campo ha contado con numerosas campañas prácticas de alfabetización así como de capacitación técnica, que son maneras de empoderamiento económico y reconocimiento público. Hay una conciencia clara, entre las mujeres, de que la autonomía económica es un paso importante para desarrollar una mayor autoestima, confianza y autonomía de pensar, actuar o simplemente una mayor fortaleza e impermeabilidad ante las presiones familiares. Este factor puede ser también un paso previo para una mayor visibilización y participación social. Lo que sin duda conlleva todo tipo de acceso educativo, con sus sinergias de apoyo formacional, es el acceso a una mayor variedad de oportunidades así como a una mayor movilidad social para la mujer, predestinada por su biología y género, a un sólo ámbito: el doméstico-familiar.

Hay una evidencia ya comprobada, por ejemplo, en los diversos proyectos de microcréditos que se llevan a cabo a lo largo de todo el continente: si se da a las mujeres esa pequeña economía, revierte en toda la familia porque la invierte en educación de los hijos, en una mejora alimenticia, en compra de tierras u otros bienes que ayuden al sustento familiar. De esta manera, se genera una dinámica comercial y de movilidad social en ese territorio. Si sólo son los hombres los que disponen de ingresos, éstos, no siempre revierten en una mejora familiar sino en comprar un coche, en alcohol o los dedica a sus gastos personales. Por tanto, es cierto que cuando empoderamos a las mujeres, empoderamos a toda la sociedad; mejorando la vida de los niños, se mejora el futuro colectivo.

También el trabajo de las mujeres en el ámbito familiar debería ser, si no remunerado, al menos valorado a través de políticas que reconozcan su contribución al bienestar y a la economía social. Ello contribuiría a que se revalorizara no sólo su trabajo sino su labor educativa y formadora en este ámbito.

Es cierto que el sistema neoliberal constituye un elemento de perpetuación del sistema patriarcal, con la invisibilidad y precarización del trabajo femenino e, incluso, la mercantilización que los cuerpos de las mujeres padecen en muchos lugares de este continente. Los valores del neoliberalismo se basan en la moral del éxito, el culto al dinero, la competitividad, el consumo, en maximizar beneficios aún a costa de no respetar los derechos mínimos y en la defensa de lo homogéneo, que son valores contrarios a la colaboración, a la solidaridad, al cuidado de la vida, a la pluralidad, a la reciprocidad, a la confianza o a la responsabilidad colectiva.

Los medios de comunicación

En este sentido, también juegan un papel importante los medios de comunicación y las redes sociales por su papel creador y difusor de imágenes y lenguajes. Conceptos como la igualdad, la tolerancia, el respeto, la equidad social y la inclusión deberían estar más presentes en los mismos. La función social de la mujer como hacedora de paz es poco visible, por no decir que está ausente. Pocas veces oímos sus voces o la pluralidad de sus acciones a favor de la convivencia pacífica, como facilitadora de dinámicas relacionales de género, como creadora de puentes especialmente en comunidades multiculturales, multireligiosas o multiétnicas. Sólo cuando alguna de ellas gana algún premio Nobel, salen a la luz brevemente sus valiosas aportaciones. Hace un tiempo leí la noticia en un periódico catalán conocido de que sólo tres mujeres han recibido el título de “Personaje del año” de la revista Time desde 1927. Las únicas que han obtenido tal honor han sido la duquesa Wallis Simpson (1939), la Reina Isabel II (1952) y la presidenta filipina Corazón Aquino (1986). Según la misma noticia, a esto lo llaman “machismo de bajo impacto”. El efecto es la invisibilidad y la falta de reconocimiento público, por tanto, en un siglo de historia sólo hay tres mujeres.

Si queremos que cambie la dinámica tradicional de los roles de género, tenemos que revisar cómo nos socializamos unos y otros, qué contenidos culturales estamos reproduciendo en los medios de comunicación para encontrar rasgos más fecundos que hagan crecer actitudes, pensamientos y acciones que propicien una cultura de paz y no dinámicas de poder, dominio, enfrentamientos y violencia. Las películas, las leyendas, los mitos o las canciones, por citar algunos ejemplos, tienen un gran papel en la reproducción de estereotipos tradicionales por sus grandes cargas de género muy sesgadas y sus grandes dosis de violencia. La publicidad explota al máximo la cosificación e instrumentalización de los cuerpos así como los roles clásicos ofreciendo imágenes falsas o idealizadas que distorsionan la realidad de las relaciones humanas. No se puede pensar ni generar una sociedad en paz si con las imágenes y contenidos que expresamos a través de los medios no procuramos, con responsabilidad ética, contenidos que persigan una conciencia de concordia y una apuesta por crear un entorno que favorezcan relaciones más equitativas.

Por tanto, éstos son también un factor importante a tener en cuenta en la construcción de este tipo de cultura. Porque aprender, asumir y apropiarse de los valores éticos no son asuntos individuales o conceptuales sino que son prácticas públicas que dan cuenta del crecimiento de los colectivos en calidad humana, responsabilidad, justicia, libertad y su amor por la vida así que estamos todos implicados.

Artículo de Petra de Llanos, profesora de la Universidad de Pequín 

One Response to Para una convivencia más equitativa

  1. Creo que solo las mujeres podemos hacer cosas y movilizarnos para que nuestra tarea sea valorada, no podemos esperar que los hombres y las instituciones manejadas hasta ahora por ellos reconozcan nuestra tarea ya que no les conviene porque pierden el poder del sometimiento al que nos tienen y estan acostumbrados ¡¡¡

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