Paz y diversidad funcional (2ª Parte)

SOLEDAD ARNAU RIPOLLÉS   Experta en “Filosofía para la Paz”, “Filosofía Feminista” y, “Filosofía de Vida Independiente”. Investigadora del Dpto. de Filosofía y Filosofía Moral y Política (UNED). Coordinadora de la Oficina de Vida Independiente (OVI) de la Comunidad de Madrid (primera OVI de España) y, de la Red de Trabajo en Vida Independiente (RETEVI) de ASPAYM-Madrid. Miembro del Comité de Ética Asistencial (CEA) del Hospital Nacional de Parapléjicos (Toledo). Colaboradora-Experta en materia de Vida Independiente de la Fundación Isonomía para la Igualdad de Oportunidades (FIIO) (UJI) y de la Oficina Internacional de Educación (OIE) UNESCO y, Presidenta del Instituto de Paz, Derechos Humanos y Vida Independiente (IPADEVI). Colaboradora-Experta Internacional en el “fenómeno de la Paz y Noviolencia” por el Centro de Investigación para la Paz (CIP) de la Universidad Tecnológica Nacional de la Provincia del Chaco-Argentina.

PAZ Y DIVERSIDAD FUNCIONAL (2º PARTE)   La Carta de la Paz dirigida a la ONU señala en su punto que IX que “es evidente que no se podrá construir la paz global mientras en el seno de la sociedad e incluso dentro de las familias, exista menosprecio hacia más de la mitad de sus integrantes: mujeres, niños, ancianos y grupos marginados. Por el contrario, favorecerá llegar a la paz el reconocimiento y respeto de la dignidad y derechos de todos ellos”. ¿Cuáles son los inconvenientes que hoy sufren las personas con diversidad funcional? Totalmente de acuerdo con la Carta de la Paz dirigida a la ONU. De hecho, la Organización de Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), reconocen que se debe intervenir activamente para la consecución de una Cultura de Paz, inclusiva y para Todas y Todos. En la Resolución A/53/243 de la Declaración sobre una Cultura de Paz (ONU, 13 de septiembre de 1999), se hace mención específica a la necesidad urgente de buscar múltiples estrategias y/o recursos que ayuden a eliminar todas aquellas formas de discriminación e intolerancia que se puedan establecer contra los seres humanos con diversidad funcional. El principal inconveniente que sufre de manera permanente el colectivo de mujeres y hombres con todo tipo/grado de diversidad funcional, es, tal y como ya he indicado más arriba, el mantenimiento de la Cultura Minusvalidista, y su modelo Minusvalidista-opresor dominante. Todo ello, sin ningún género de dudas, es Cultura de Violencia, y, por tanto, todas las legislaciones y políticas que se generan en torno a este punto de vista, lo que hace, en definitiva, es perpetuar a través de múltiples formas de discriminación/vulneración y/o violación de los Derechos Humanos de este grupo humano. También la Carta de la Paz hace referencia a la sorpresa de existir (Punto IV), pudiendo no haberlo sido, y esta evidencia impulsa a trabajar por la paz. ¿Cómo viven este punto las personas con diversidad funcional? Esta pregunta es muy oportuna para el momento actual que estamos atravesando. En estos últimos años, se está trabajando para abrir una nueva línea de investigación-acción, que me gusta denominar como: «Bioética de la diversidad funcional». Tanto a nivel internacional (Gregor Wolbring, Tom Shakespeare…) como a nivel nacional (Javier Romañach, Francisco Guzmán, Mario Toboso…), se está viendo que los discursos hegemónicos de la bioética, también están cargados de prejuicios cuando se trata de la realidad humana específica de la diversidad funcional. De ahí que, si no se reorienta esta disciplina, puede llegar a hacer resurgir los viejos Modelos de prescindencia (en especial, el submodelo eugenésico) o el modelo médico-rehabilitador. Todo ello, es contrario a la perspectiva que ofrece Naciones Unidas en la convención internacional aprobada en diciembre de 2006. Y, por supuesto, puede convertirse en un verdadero retroceso epistemológico y conceptual sobre esta condición humana específica. Por tanto, las voces de la bioética de la diversidad funcional deben formar parte de todo aquello que tiene que ver con los debates bioéticos contemporáneos. Y, participar activamente como miembros en los Comités de Bioética. A modo de ejemplo, cabe destacar que el Hospital Nacional de Parapléjicos (Toledo) dispone de un Comité de Ética Asistencial, del que tengo la suerte de ser miembro. ¿Puede ser real una verdadera alegría por existir, más allá de algún problema físico que a veces me haga pensar lo contrario? Creo que es fundamental mantener la cabeza muy alta, y no desfallecer jamás, puesto que, efectivamente, la existencia es uno de los regalos mayores que puede disponer un ser humano. La realidad humana específica de la diversidad funcional, en sí, no es ni buena ni mala… Simplemente, es una condición más de la vida misma. Y que, por supuesto, aporta su riqueza. Existir es hermoso, pero debemos exigir “existir” con dignidad y, sin motivo de discriminación alguno. Ahí es donde está la diferencia… El problema no es estrictamente físico o biológico (perspectiva que provendría del modelo médico-rehabilitador), sino que el problema se encuentra en la incapacidad de las estructuras políticas, económicas, educativas y culturales, para acoger de manera sana y armoniosa a las posibles diversidades humanas con las que nos encontremos (de entre ellas, la diversidad funcional…). Hace unos años atrás hemos conocido públicamente, y a través de la película “mar adentro”, la historia del gallego con tetraplejia que quiso finalizar su vida. A modo de ejemplo, no voy a emitir ningún juicio a favor ni en contra del deseo de suicidio, a nivel individual, sin embargo… entiendo perfectamente que lo que no se puede consentir es que se esté luchando para que alguien muera, sin ofrecerle alternativas viables y eficaces que le permitan encontrarse en una verdadera igualdad de oportunidades con la demás ciudadanía. Un tanto absurdamente, la sociedad parece “entender” que si yo deseo morir, debe ser algo “lógico”, puesto que soy un ser humano sufriente por mi condición de diversidad funcional; ahora bien, lamentablemente es un error bastante común en la comprensión global de las situaciones. Pocas son las personas, instituciones, estructuras… que se solidarizan, porque entienden, que alguien de manera individual y/o colectiva desee vivir con todas sus fuerzas, desde el más profundo respeto a sus diferencias, y en plena dignidad. Reflexiones, sin lugar a dudas, que nos hacen cuestionar muchos “sentidos comunes”, y si realmente se aproximan a una cultura de paz o, por el contrario, a una cultura de violencia. ¿Es una utopía pensar en que una sociedad pueda vivir en paz? No, no lo creo, sinceramente. Estoy plenamente convencida de que podemos cambiar las cosas, si nos lo proponemos y, si existen voluntades para ello. Si todo lo que conforma nuestras realidades es, a fin de cuentas, construcción social, también debe serlo cuando se trata de mejorar nuestra condición humana. Las personas con o sin diversidad funcional, o con otras diversidades humanas, debemos formar parte de las sociedades actuales. El desafío es lograr que todas y todos seamos ciudadanas y ciudadanos de primera. Algunos grupos sociales, de entre ellos, las personas con diversidad funcional, nos encontramos en contextos específicos de especial marginación o discriminación sistemática, contra nuestras realidades y/o, incluso, contra nuestras propias vidas. En definitiva, debemos tomar en serio la búsqueda y, sobre todo, el alcance y mantenimiento de una auténtica y verdadera cultura de paz. Una cultura de paz que tenga como referente distintas filosofías de emancipación (de entre ellas, la filosofía mundial del movimiento de vida independiente de las personas con diversidad funcional). Inicialmente, el logro mayor en una cultura de paz, era la “ausencia de guerra”. Sin embargo, esta cultura pacifista debe ir mucho más allá, porque, de lo contrario, las relaciones asimétricas de poder “en tiempos de paz” se siguen dando. En ello estamos. Haciendo camino hacia una Cultura de Paz mediante la consecución de una Cultura de Vida Independiente y de Derechos Humanos.

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