Paz y fiesta

Es propio del ser humano anhelar, no sólo el orden, la previsión, lo conocido y esperado, lo habitual o incluso rutinario, el sosiego o el seguir esquemas y planes preparados. También es propio suyo el disfrutar, de vez en cuando, de la aventura, la sorpresa, la imprevisión, el vivir sin proyectos, esquemas ni estructuras, e incluso el frenesí estremecedor. Dicen los psicólogos que la desatención a esos hondos impulsos elementales es uno de los motivos, y no poco importante, de que surjan las desavenencias, disturbios, conflictos dañinos y destructores, y hasta las guerras.

Cuando se ha acabado una guerra y se ha conseguido la paz, muchas veces, después de tanto esfuerzo para alcanzarla, se tiende a pensar de ella que es el último hito de la actividad humana.

No es así. La paz no es una meta última ni absoluta. La paz, en cuanto orden, previsión, ahorro, progreso, etc., siendo necesaria, sin embargo, en si misma es frágil e inestable. Aquellas características del ser humano mencionadas al comienzo, de no ser satisfechas adecuadamente, con mucha probabilidad pueden deteriorarla y hasta acabar con ella.

La fiesta, refuerzo de la paz

Este límite, esta debilidad de la paz, no es fatal, ni es inevitable su caducidad prematura. La paz tiene un refuerzo en si misma. La paz puede dar un fruto que es la fiesta. Ésta sí es lo contrario y opuesto al disturbio y a la guerra. En ella sí pueden desarrollarse, precisamente, los rasgos dinámicos y extrovertidos del hombre, y hacerlo positivamente.

Las fiestas -que tantas veces se organizan y se celebran con superficialidad- constituyen un seguro, un anclaje para la paz. Si la paz no cultiva la fiesta, su durabilidad es precaria y fácilmente se volverá al desorden y a las desavenencias no deseados.

Pero todavía hay algo más. Las fiestas constituyen, aún, más que el anclaje de la paz; son su motor y órgano de su conducción. En las fiestas, sanas, humanizantes y bien organizadas, se saborean de antemano unos estadios adelantados y maduros de la sociedad. Es como vivir un atisbo del futuro con anticipación. En ellas, aunque sea por breve tiempo, se viven ya aquellas metas de intercomunicación personal, de igualdad, fraternidad, solidaridad, de alegría, etc., a las que se ansía llegar.

Importancia vital

Por ello, las fiestas devienen guías, “peces piloto”, para la vida de los cuerpos sociales. A ellos les proporcionan orientación e impulso para su desarrollo. Al vivirse en ellas, en pequeño, el modelo de humanidad que se desea alcanzar, las buenas fiestas orientan los esfuerzos sociales y, a la vez, fundamentan la certeza y esperanza de que esos objetivos pregustados no son vanas utopías, sino que pueden alcanzarse.

De ahí la importancia de vivir unas fiestas sanas y humanas, y no, en cambio, festejos propios para semidioses, o que estén basados en el desencanto o en el resentimiento, o sean una mera válvula de descompresión. Una fiesta deforme o desviada, deformará o desviará, a su vez, el crecimiento de los grupos sociales. Una fiesta que deje sinsabor o insatisfacción de fondo en los festejadores, desanimará sus esfuerzos de mejoramiento humano.

Para consolidar la paz y desarrollarla, se debe cultivar la fiesta. La sociedad debe dedicar esfuerzos, organizar sesiones de estudio, congresos, encuentros, etc., a fin de diseñar con esmero los rasgos, las características de las fiestas que hoy hemos de celebrar. Reelaborar su identidad profunda, recogiendo las sanas tradiciones humanas y haciéndolas fructificar.

Las fiestas no son un capricho inútil del cual pueda prescindirse inocuamente. Por el contrario, estudiarlas y elaborarlas con cuidado no disminuye en nada la alegría y el entusiasmo en su celebración. Se debe observar qué carencias o defectos se detectan en aquellas fiestas que no alegran a quienes las celebran y no cumplen su papel orientador del impulso social. Deben descubrirse los obstáculos, tanto individuales como sociales, que dificultan alcanzar lo festivo, y ver cómo obviarlos. Diseñar los rasgos, tanto los perennes como aquellos a estrenar de las fiestas, para que éstas sean sanas, humanas y humanizadoras.

Unas fiestas esplendorosas y llenas de belleza impregnarán, sin duda, de talante algo más festivo la vida humana toda.
Natàlia Plá – J.M. González F.
España – Salamanca

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