Pedir perdón

Jordi Pujol afirmó ayer que el Govern debe pedir perdón por las atrocidades ocurridas en Catalunya durante la guerra civil, porque “la República y la Generalitat perdieron el control de la calle”.

Para dar ejemplo, él mismo admitió que debió haber pedido disculpas durante sus años de gobierno, ya que no lo hizo su antecesor y primer presidente de la Generalitat restaurada, Josep Tarradellas. Sin embargo, no aludió a sus sucesores, los socialistas Pasqual Maragall y José Montilla. A juicio del expresident, la Generalitat no debe asumir ninguna “culpabilidad”, sino una “responsabilidad”, e insistió: “Ya lo tendría que haber hecho hace tiempo”.
[Extraído de El Periódico; 8-4-2008]

No hace muchos días el expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol, pronunció unas palabras, reconociendo culpas pasadas por los daños ocasionados en Cataluña durante la guerra civil, porque “la República y la Generalitat perdieron el control de la calle”.

Sobre estas palabras y el hecho del reconocimiento, se tendrían que diferenciar dos aspectos: la acción de reconocer los males ocasionados por los hechos pasados, y el hecho de pensar cuáles serían las consecuencias de este reconocimiento, que muy claramente tendría que llevar a ver como se pueden reparar los daños ocasionados.

Seguramente, el primer aspecto sin el segundo haría perder parte del objetivo de la reconciliación, es decir, volver a conciliar aquello que por diversos motivos en su momento no fue posible.

El reconocimiento y resarcimiento de los males pasados son, seguramente, la parte más difícil del proceso de reconciliación, ya que no estamos acostumbrados a ello, ni a nivel personal ni a nivel comunitario. A nivel personal es complicado y de difícil explicitación exterior, pero todavía es mayor el grado de dificultad a nivel institucional, ya que a la vertiente personal se le añade la vertiente comunitaria, con grandes redes de convencionalismos y prejuicios, muchas veces difíciles de superar.

En este reconocimiento de los hechos pasados, se tendría que diferenciar también los hechos en los que los actores de la acción ya no están vivos, y en los que, al contrario, los protagonistas sí están presentes.

En el primer caso, el conflicto está vivo entre gente que no ha vivido la experiencia en primera persona, y es la herencia de los resentimientos lo que provoca un conflicto, dependiendo de cómo sean capaces los actores de explicar la realidad a la gente que no lo ha vivido en primera persona. En los casos en los que se transmiten resentimientos, todos podemos ser fuente de conflicto o, al contrario, constructores de paz si se hace el esfuerzo de reconocer los errores del pasado y de resarcir. Algo muy diferente es el reconocimiento del conflicto entre personas en vida, ya que si en el caso anterior el paso de resarcir puede quedar ligeramente diferido en el tiempo, aquí tendría que ser inmediato.

Aquí se está haciendo patente el reconocimiento de los males ocasionados por unos hechos realizados en el pasado, de los que sus representantes actuales no son responsables. Pero, ¿se puede exigir a los actuales dirigentes algún tipo de acción correctora para estos hechos pasados? La Carta de la Paz dirigida a la ONU señala, en el punto VIII que “Los representantes actuales de las instituciones que han perdurado en la Historia, no son responsables de lo sucedido en el pasado, pues ellos no existían. Sin embargo, para favorecer la paz, esos representantes han de lamentar públicamente, cuando sea prudente, los males e injusticias que se cometieron por parte de esas instituciones a lo largo de la Historia. Así mismo, han de resarcir en lo posible, institucionalmente, los daños ocasionados”.

Tenemos que tomar conciencia de que somos hijos de una historia, donde las instituciones son herramientas para el bien común. Lo que la realidad actual confirma es que la confianza en estas estructuras no viene dada por la infalibilidad de las mismas como ente abstracto, sino que se tiene que saber consolidar esta confianza, con la conciencia de que son instituciones formadas por hombres y mujeres, y esto es lo que las hará limitadas, pero con capacidad suficiente para dar respuesta a las necesidades de la sociedad.

Ciertamente es un acierto expresar públicamente las carencias y limitaciones de nuestras instituciones y de nuestra sociedad. Pero de igual manera que para llegar a un sitio tenemos que ir haciendo un paso después del otro, si sólo nos quedamos en la expresión de estas limitaciones, habrá sido una pena no haber aprovechado la oportunidad de poder seguir avanzando, con firmeza y confianza, en esta convivencia en paz entre los hombres, mediante el reconocimiento público de culpas pasadas y el resarcimiento, hasta donde sea posible, de los daños ocasionados.

Ignasi Batlle Molina (Ingeniero de Obras Públicas)
España – Barcelona

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