Pedir perdón

Pedir perdón, revisar la historia, reconocer los errores del pasado, es un valor en alza. Quien esté familiarizado con la historia de Alemania del último medio siglo sabrá que los horrores del nazismo los han purgado los alemanes casi cada día. Han hecho de ello una actitud nacional, han enseñado en las escuelas las barbaridades del régimen de Hitler, han bajado la cabeza cuando alguien les ha insinuado aquellas atrocidades que marcaron trece años de su historia.

Decía el desaparecido François Furet en su libro “Le passé d´une illusion” que Alemania paga por todo el mundo, por todos los crímenes del siglo. Han vivido bajo el síndrome de ser los únicos causantes de las tragedias de este siglo. No sólo se han arrepentido, sino que ha existido un sentimiento de culpa colectiva. Helmut Schmidt hacía una comparación interesante entre alemanes y japoneses a raíz de su comportamiento en la última guerra. La principal causa de las diferencias, decía, es que a los japoneses les ha faltado el sentido de la culpabilidad.

El matiz no es pequeño. Una cosa es reconocer un error y otra admitir la culpa. Por una equivocación no se pide perdón. Sólo cuando se acepta una cierta culpabilidad. Es evidente que los alemanes de hoy no tienen ni culpa ni responsabilidad de cuanto ocurrió hace sesenta años en su país y en toda Europa; tampoco los franceses pueden sentirse afectados personalmente por los abusos de los que colaboraron con Vichy o por las fechorías que cometió Maurice Papon, que es juzgado en Burdeos.
Los italianos podrían ejercitarse ampliamente en este deporte reconciliador. Aplaudieron a Mussolini, luchando al lado de Hitler y acabaron avanzando sobre Roma bajo el mando militar norteamericano. En España se han levantado voces estos días sobre si la Iglesia o el Ejército deberían pedir perdón por los atropellos cometidos en el país a la hora de administrar la victoria. Pero como recordaba Albert Manent recientemente en estas páginas, es bueno que se pida perdón. Pero todos, porque no se pueden construir teorías maniqueas pensando que los culpables siempre fueron únicamente los otros, ya fueran vencedores o vencidos. ¿Quién debería pedir perdón de las atrocidades y crímenes de Stalin que acabaron con la vida de tantos millones de soviéticos?

En este contexto cabe situar las palabras del Papa admitiendo culpas de los cristianos en el auge del antisemitismo de este siglo, que puede interpretarse como una consecuencia histórica del antijudaísmo acumulado durante siglos en el seno de la Iglesia. No están tan lejanas en el tiempo aquellas tenebrosas funciones de Viernes Santo en las que se hacía mención de los pérfidos judíos y en las que los niños nos dedicábamos con carracas y palos a “matar judíos”.

En las democracias jóvenes y menos jóvenes se están desempolvando los legajos de la historia. Y se encuentran atrocidades. Especialmente a la hora de investigar regímenes que anularon violentamente la libertad de los ciudadanos. Es bueno que así sea. Y es mejor todavía que las víctimas de las barbaridades del pasado puedan aportar su punto de vista, esclarecer los hechos, ayudar a que la memoria colectiva no esté alimentada únicamente por los vencedores de entonces o los de ahora.

Al investigar los pecados del pasado, los gobiernos y las sociedades de hoy tienen que invitar a los ciudadanos a que expongan su criterio, sus opiniones, a la luz de los hechos estudiados y analizados con rigor. Si se me permite, estos actos de reconstrucción de la historia no tendrían que referirse al pasado, sino al presente. Y, sobre todo, al futuro para que tanto los gobernantes de hoy como los de mañana, la sociedad en su conjunto, no pierda de vista que nadie es más que nadie, que la tolerancia y el diálogo son valores imprescindibles para que los errores del pasado no vuelvan a repetirse. Un futuro que, como ha señalado el presidente Havel, sólo será aceptable si está construido sobre la reconciliación. Perdonar, sí. Olvidar, no. Para que nadie tenga que sentirse culpable jamás.

La Vanguardia, 4 de noviembre de 1997

 

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