Pensando la democracia con paisáje árabe de fondo

Casi dos años después de que en Teherán sugiera el “movimiento verde” de rechazo a los resultados electorales, por toda esa región, desde Túnez hasta Yemen y, lo que es más importante, en Egipto, se están extendiendo levantamientos no violentos de oposición a sus regímenes represivos. A pesar de su diversidad geográfica y cultural, esos movimientos pacíficos que recorren todo el mundo musulmán presentan notables similitudes con la estrategia que Gandhi puso en marcha hace décadas en India, poniendo en jaque al poder y oponiéndose a la violencia. Así surge la esperanzadora perspectiva de que las campañas prodemocráticas pacíficas puedan convertirse en el paradigma fundamental de cambio en Oriente Próximo y el Magreb, zonas del mundo durante tanto tiempo caracterizadas por la violencia.

[Extraído de http://www.elpais.com; 9-2-2011]

PENSANDO LA DEMOCRACIA CON PAISAJE ÁRABE DE FONDO
29-03-2011

Los acontecimientos que se van sucediendo en el norte de África desde el pasado mes de diciembre han causado un fuerte impacto, no sólo en la población de los países afectados, sino también en el mundo occidental, instalado en sus democracias más o menos establecidas. Con el respeto que impone hablar sobre algo tan complejo y consciente de no dominar las circunstancias concretas, comparto unas consideraciones -que no un análisis de fondo- a raíz de las revueltas y los procesos iniciados.

Logros con inevitable regusto a fracaso

Mohamed Bouazizi es el nombre que se enarbola en los últimos meses como catalizador de un proceso que se vive como un logro sobre el poder dictatorial de algunos países árabes. Aunque es temprano, muy temprano para poder hablar de logro verdadero. Pero Mohamed Bouazizi es también el nombre de un fracaso: el fracaso de no haber respondido a tiempo al malestar vital de miles y miles de ciudadanos árabes; el fracaso de no haberse unido antes para enfrentarse al dictador y a su aparato de estado.

Y sabe a fracaso porque él está muerto y no va a poder disfrutar de nada de lo que su muerte ha provocado. Admiramos su gesto, pero los héroes, a menudo, lo son a su pesar. Espero que Mohamed Bouazizi no tuviera ningunas ganas de morir y menos de matarse de un modo tan horrendo. Su gesto es desesperado y desesperanzado; como lo son los de quienes tras él han decidido morir de modos parecidos. La inmolación, por muchos bienes indirectos que conlleve, es siempre un fracaso de la vida, de los vivientes y, sobre todo, de los sistemas sociopolíticos donde tiene lugar. Porque ese tipo de suicidio ya no es una palabra sino un grito desgarrado.

A la vida por la vida

Aceptamos con cierto fatalismo que algunas conquistas sociales se den a costa de la muerte de quienes lucharon por alcanzarlas. Quizá por eso saludamos con tanta efusividad que estemos presenciando unos movimientos prodemocráticos no violentos. Sorprende que sean agentes menos habituales en esos contextos —mujeres y jóvenes, especialmente— quienes hayan dado los primeros decididos pasos al frente en favor de la instauración de unos sistemas democráticos. Y que los medios de expresión y lucha hayan sido incruentos por su parte, aunque no desgraciadamente por la de los gobiernos cuestionados.

A tiro pasado, todos alabamos esa actitud. Pero conviene recordar cuántas miradas escépticas, cuántos comentarios condescendientes y hasta burlones, tienen que encajar quienes deciden trabajar en pro de los derechos humanos desde la acción pacífica. Se les reconocen las buenas intenciones al mismo tiempo que se señala su ingenuidad. «Sí, David contra Goliat, pero eso ya se sabe que es un relato alegórico…»

No es de extrañar que algunos recuerden en este momento a Gandhi. Y que con acierto, como hace Ramin Jahanbegloo, destaquen lo que ha pasado desapercibido para muchos: que junto a él hubo algunos musulmanes con quienes se estableció un benéfico mutuo intercambio y enriquecimiento de perspectivas. En un artículo publicado en febrero, Jahanbegloo afirma que tal vez sea el momento de que surja un Gandhi musulmán para el siglo XXI, alguien con capacidad de liderazgo, que sepa trabajar desde dentro de la cultura árabe y con medios no violentos. (Dicho sea de paso, no nos iría nada mal, un Gandhi en muchos otros contextos más cercanos…)

Hablamos de los musulmanes en abstracto, a partir de una muestra de ellos —no la más significativa, necesariamente, sino la más aparatosa—, sin tener en cuenta a los musulmanes concretos, que son muy diversos entre sí, como no podría ser de otro modo. Eso deriva en tópicos y prejuicios que se respaldan en un insuficiente —cuando no, nulo— conocimiento de la cultura árabe, que haga justicia a su verdad. La paz se sustenta sobre el conocimiento y el reconocimiento del otro, como bien sabía Gandhi y como mal recordamos en la práctica en tantos lugares del mundo. Si de verdad queremos respaldar los movimientos prodemocráticos que se están produciendo en el mundo árabe, haremos bien en escucharles y aprender sobre ellos.

El papel político de la sociedad civil

Otro de los ejes que se destaca en algunos análisis sobre lo sucedido, es el papel que han tenido la clase media y la sociedad civil, conectada internacionalmente a través de las redes sociales. Todo ello ha contribuido a dar a conocer la existencia de movimientos proactivos que operan desde dentro de las sociedades musulmanas, desde la base. Los movimientos locales han hallado interlocutores y apoyos en todos los puntos del planeta gracias a las actuales tecnologías de la información, grandes enemigos contemporáneos de los gobiernos autocráticos.

El papel de la sociedad civil en las transiciones democráticas y en los afianzamientos de los sistemas democráticos ha sido destacado por autores como Václav Havel, procedente de un contexto que comparte con el actual movimiento árabe la reacción ante un sistema dictatorial. Havel señalaba cómo el ataque más decisivo para la instauración de los regímenes comunistas había sido contra la sociedad civil, del mismo modo que defendía que ésta era un valioso garante de la estabilidad en los cambios políticos.

El tejido social tiene, entre otras, cualidades políticas de gran calado que contribuyen a una articulación de los sistemas democráticos con menor concentración de poder en todos sus agentes. Por eso, la instauración del régimen del miedo, del terror es la clave para sostener cualquier régimen totalitario como ya señaló Arendt en su momento: porque rompe los vínculos humanos y, por tanto, el entramado social. Y por eso, Gandhi defendía que en el momento en que el súbdito deja de temer a la fuerza despótica, el poder desaparece. Entre otras cosas, porque recupera la posibilidad de unirse a otros para actuar.

Aviso para navegantes

Me llamó la atención la tesis de Jahanbegloo afirmando que «el islam político actual es en buena medida una respuesta ideológica al predominio occidental en nuestra época.» Y que su éxito venía en buena medida causado por «la incapacidad del Estado laico de cuño occidental para proporcionar un espacio en el que pudieran desarrollarse tanto la cultura democrática como las tradiciones religiosas.» Claro, lo «a-confesional» no tiene porqué ser «anti-confesional». Pero me parece ver en esa observación acerca de lo religioso algo extrapolable a otras dimensiones del ser humano. Seguramente una piedra de toque de nuestros actuales sistemas democráticos es la incapacidad para conciliar sincrónicamente diversas opciones de «vida buena», para articular sistemas plurales ad intra.

Ya lo decía Havel al reconocer que una de sus «sorprendentes experiencias en la “alta política”» era que la sensibilidad era más importante que toda la formación política. Nuestras democracias, sus gobernantes y sus ciudadanos, tendremos que afinar nuestra sensibilidad para tratar de dar respuesta a la pluralidad de formas de vida que laten en el interior de nuestra sociedad y que de no ser escuchadas y atendidas, pueden terminar estallando en un nuevo grito de desesperanza y desesperación.

Una especialista en temas árabes afirmaba estos días que en el norte de África se hallan en la «transición de las transiciones». Tal vez tendríamos que plantearnos también cuáles son las transiciones pendientes en los sistemas democráticos que viven acomodados en unos logros que aún son insuficientes para dar respuesta a la dignidad de la vida humana.

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