Pinochet, Chile y la paz nuestra de todos los días

Ira contenida, alegría desenfrenada. Caos. Domingo por la tarde, en el aeropuerto de Punta Arenas los ciudadanos regresan de un fin de semana largo, a sus casas, a sus trabajos, a la cotidianeidad después de unos días de descanso. El celular avisa de un mensaje de texto, dice: “Pinochet ha muerto”. Cerca suenan otros teléfonos, responden con monosílabos y sin mover ni una ceja: “Sí, ya lo sé”, “sí me avisaron, gracias”. Hago yo lo mismo y llamo a alguien a quien digo: “Es un momento histórico, pon la tele” y me contestan del otro lado “¡se murió!”. No es necesario más, pero nos movemos en los mínimos. Surgen consignas cuando uno no sabe a quien tienen al lado.

Augusto Pinochet Ugarte, octogenario y sin juzgar, muere de anciano, unos gritan de júbilo, otros se sienten estafados, algunos lloran al “tata” -en Chile así se llama cariñosamente al abuelo-. Pero Chile no está de luto. Se va el símbolo de la división del país, nadie como él significa dolor y muerte para muchos chilenos y chilenas. Horas más tarde, la Presidenta Michel Bachelet, confirma que no se le harán los honores de un presidente. Muere un 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos.

Sucede que soplan vientos nuevos y Chile está distinto, los escolares piden una educación mejor y salen a la calle a protestar. Se vive a un ritmo trepidante. El país crece económicamente pero muy desproporcionalmente y el costo, es demasiado hostil. Lejos queda la Cantata de los Derechos Humanos, a toda voz presentada el 22 de noviembre de 1978 en la Catedral Metropolitana, entonces todos sabían quien era Caín y quien Abel. Ahora cada uno mira por lo suyo, son neoliberales y modernos, pero con iras contenidas, frustraciones que se esconden en el alma. Cuesta organizarse para trabajar juntos por la paz aunque no es evidente la guerra, muchas veces contenida dentro de cada uno. Aún así, la muerte de Pinochet no dura en agenda más que una semana.

Hermanos en la sangre y en la Patria, pero dispuestos a sacarse la piel a tiras por la oposición. Con una red de transporte nueva y moderna, pero a regañadientes impuesta porque viene de fuera. Antes cordillera y mar, ahora autopistas y metros.

Largas filas de personas fueron a despedir a su general, “el más grande”, dirán algunos. Réquiem por un hombre que está muerto y mucha hostilidad por los hermanos vivos. Se rompen vidrios en Plaza Italia hasta que el “guanaco” los escupe a su casa, otros escupen a la prensa española por cubrir la despedida de su héroe. Pero pocos días después todos a sus puestos, a trabajar, a trabajar… por un Chile mejor donde la educación llegue a todos por igual, perqué el presente lo merece.

 

Elisabet Juanola Soria (Periodista)
Santiago – Chile

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