Reflexiones desde oriente entorno a los resentimientos

La introducción de la Carta de la Paz dirigida a la ONU expresa el anhelo de paz de los seres humanos y la dificultad de materializar este anhelo, ya que topa con muchos obstáculos. Uno de ellos, gravísimo por cierto, es el resentimiento. Aunque algunos de estos resentimientos tienen su origen en hechos del pasado, afectan a la convivencia social presente. Otros nacen en el presente pero son justificados por hechos del pasado.
La gran influencia negativa que tiene el resentimiento en la percepción global de la realidad y,por tanto, en las relaciones humanas, es digna de tenerse en cuenta por su repercusión social. El apasionamiento excesivo con que se re-vive impide ver la realidad en su conjunto parcializando y reduciendo nuestra visión de los diversos elementos involucrados. Las emociones, en este caso, anulan una visión racional y sin prejuicios de la realidad.

El resentimiento colectivo, especialmente el histórico, es uno de los obstáculos más áridos y difíciles de superar en la construcción de la paz. Una historia colectiva llena de resentimientos no contribuye a que dicha colectividad desarrolle su libertad, su creatividad, y por tanto su inteligencia y su capacidad de amar; aspectos interrelacionados entre sí en la construcción de una convivencia pacífica. Las frustraciones y humillaciones de un pueblo y la transmisión de las mismas influyen no sólo en que esa colectividad recorte las capacidades de su desarrollo integral en el presente, sino también las de su futuro inmediato.

A menudo,el resentimiento es transmitido y heredado –con fines diversos- de generación en generación a través de la Historia, de la memoria colectiva o del lenguaje con un sentido de falsa responsabilidad o falsa solidaridad histórica. En aras de las mismas, a menudo, con cariz patriótico, se sacrifica y olvida la solidaridad debida con todas las personas existentes hoy día, todas ellas descendientes de los avatares de esa Historia. Por tanto, lo que hacen es esclavizar y no vivir plena y libremente la única vida que tenemos las personas en este mundo. De ahí que se haga necesario no sólo cuestionar qué historia se enseña sino también el cómo se enseña y se transmite, así como su por qué y el para qué.

La paz del futuro no sólo se juega en la transmisión de los relatos históricos, sino en el modo cómo se hacen. Y es que también a menudo nos quedamos estancados en una manera determinada del recuerdo: recordar con resentimiento.

Hay maneras de enseñar historia que no solamente son una clara deformación de la misma sino de la naturaleza propia del conocimiento ya que afectan al proceso cognitivo al no permitir aprender de forma activa, crítica, con sistemas de objetivación o relacionando el pasado con el presente y el futuro. Se sacrifica a menudo el objetivo disciplinar y cognitivo que tiene la historia como ciencia social en aras de objetivos sociales e identitarios.

Sería positivo no olvidar que nuestro pasado, tanto individual como colectivo, no sólo lo configuran las humillaciones, odios o rencores sino que también tiene muchos elementos satisfactorios que le dan sentido positivo. Que nos hayan hecho un agravio no significa nada, a menos que insistamos en recordarlo continuamente. Las personas tenemos que evitar vivir la vida como una serie de acontecimientos desagradables dispares. Es importante saber integrarlos como configuradores positivos de nuestro presente y convertirlos en útiles de cara a nuestro futuro. En esta expresión de creatividad ejercida al liberar la energía bloqueada por los resentimientos se potencia la libertad humana. Este enfoque integrador es necesario para reconciliarse con uno mismo y con su realidad como paso previo a una terapia que pueda curar estos resentimientos, como puede ser el perdón. Integrar de forma conciliadora hechos negativos facilitaría, el darse cuenta que éstos han posibilitado la existencia de los actuales contemporáneos.

En este sentido, el resentimiento ofrece una buena oportunidad: la de liberar una lucha interior donde el enemigo no es el otro o la realidad exterior sino uno mismo. También el ganador puede ser uno mismo. Lo que se gana es descubrir lo que uno es, porque si uno se abre al don de la realidad de los demás puede profundizar en el don que es él mismo. También gana intrepidez como instrumento válido y necesario en este largo camino que supone trabajar y disfrutar de un ambiente pacífico donde desarrollar y hacer crecer la vida.

Para ello hay que pasar primero por el corazón, por un camino interior y vencer el miedo, tener unos horizontes más amplios, un corazón más grande que sea capaz de perdonar y donde quepan incluso realidades y hechos que han provocado heridas. Este tipo de perdón incondicional requiere como premisa, amar desinteresada y gratuitamente. Quien ama no compara; acepta al otro tal y como es y no cae en el juego de medirlo a partir de sus expectativas.

Ciertamente, sin perdón no tenemos futuro pero no hay que olvidar que el camino hacia el perdón requiere algunas virtudes como la paciencia, la fidelidad y otras más, pues es un camino de toda una vida. No es fácil caminar hacia el perdón aunque, a veces, se entienda como signo de debilidad: caminar sin saber si la otra persona a la que vamos a pedir perdón nos va a recibir, si vamos a tener una respuesta, sin saber qué va a hacer la otra persona con nuestro perdón, etc. Es una apuesta que necesita de mucho valor ya que se hace difícil entender o hablar de este tipo de perdón universal en la actualidad, como indica Francesc Torralba en su artículo El resentimiento: obstáculo fundamental para la paz*, pues implica hablar de una ética de máximos y no de mínimos, que es la que prevalece hoy día. También implica ir en contra de la cultura del resentimiento en la que muchas veces hemos sido educados y que fomenta ciertas estructuras y ciertos elementos del sistema económico actual. Pero también es cierto que hay ejemplos visibles de personas que han apostado y siguen apostando por implementar en sus vidas este tipo de perdón.

El olvido, en cierto sentido, aunque es una fragilidad de la memoria, es otro tipo de terapia contra el resentimiento。Pero es una terapia más frágil porque en él no hay reconocimiento de lo que no se ha hecho bien y no hay reconciliación. Es difícil reconciliarse y pedir perdón si no hay responsabilidad por lo sucedido. El olvido positivo se relaciona con el perdón en el sentido de que la persona que perdona olvida, no la afrenta que le han infringido, sino la hostilidad. Al menos, puede ayudar a situar esos sentimientos hostiles y deseos de venganza en un marco más amplio de comprensión que permite controlar los sentimientos hostiles para que no se agraven.

Hoy día se necesitan personas clarividentes, historiadores que hagan lecturas identitarias en clave de paz así como líderes políticos sabios y pacíficos para apaciguar y no transmitir estos sentimientos airados. No sólo es necesaria esta sabiduría sino hacer buen uso de ella para el bien colectivo, para no revivir y alimentar el orgullo, la humillación y el dolor colectivo sufrido en el pasado, para saber mirar con serenidad, fuerza y amplias capacidades humanas ese pasado (del cual somos fruto los contemporáneos) renunciando a una falsa responsabilidad que no tienen los actuales contemporáneos. Todos sabemos que la convivencia sólo es posible desde la comprensión, la generosidad, el amor y el perdón.

En la vida pública, donde los agentes fundamentales son los gobernantes, los medios de comunicación(tantas veces centrados en el sensacionalismo y en la utilidad política de los enemigos reales o imaginarios)y las organizaciones sociales, se hace necesario cuidar más la política de los sentimientos colectivos a fin de que estén al servicio de una convivencia en justicia y solidaridad.

*TORRALBA, F., El resentimiento, obstáculo para la paz. En RIGOL, J. y OTROS. Convivencia en el s. XXI: la Carta de la Paz. Barcelona, 1995.
Ángeles González (Profesora)
Inst. de la Paz Asia Oriental

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