Resarcir: las instituciones y la sociedad civil en la construcción de la paz

Como alemán, soy consciente de que desde el seno de mi pueblo se gestó la barbarie más grande que haya vivido la historia. Aunque no tengo ninguna culpa de lo ocurrido, ya que no existía, no puedo evitar avergonzarme, aun sabiendo que sin esos hechos yo no hubiera nacido. La gran mayoría de los alemanes nos hemos sentido avergonzados.

Sin embargo, quiero hablar de los daños ocasionados. ¿Qué se hizo para paliarlos desde las instituciones y la sociedad alemanas?

Después de la derrota alemana en 1945, el territorio se redujo por la parte este, quedando bajo soberanía polaca, y el resto, de tamaño similar a España, fue divido en diferentes zonas: la zona este, bajo ocupación soviética, y las zonas de los tres aliados del oeste. Más tarde, esas zonas de ocupación dieron lugar a dos estados alemanes posteriormente reconocidos por la ONU. La República Federal Alemana (RFA, “Alemania del Oeste”) y la República Democrática Alemana (“RDA”, “Alemania del Este”). La RDA nunca reconoció ser sucesora legal del Tercer Reich. Los responsables políticos, bajo tutela soviética, lamentaban los daños ocasionados por la Alemania fascista, pero el nuevo estado, autoproclamado antifascista, se había concebido inmaculado: se entendía que los fascistas estaban muertos, en prisión o en la otra parte de Alemania. Consecuencia de ello, la RDA rechazó cualquier idea de indemnizar a las víctimas de la barbarie nazi. Fueron, pues, las instituciones de la Alemania del Oeste las que se hicieron cargo de lo que se dice en el punto octavo de la Carta de la Paz dirigida a la ONU: “… Así mismo, han de resarcir en lo posible, institucionalmente, los daños ocasionados.”

En el este, mientras los estados comunistas de Polonia y la RDA eran oficialmente amigos bajo el pacto de Varsovia, la relación entre vecinos a ambos lados del río Oder continuaba sin cambios: odio, resentimientos, o, como mínimo, desconfianza profunda. La reconciliación entre ambos no se puede considerar aún finalizada, ya que durante decenios, ni las instituciones estatales ni la sociedad civil han hecho nada al respecto. Recordemos qué difícil papel le tocó al ex-canciller Gerhard Schröder hace sólo dos años, cuando visitó Polonia durante el 60 aniversario del fin de la guerra: las relaciones entre los dos países han estado tan afectadas que los polacos tardaron sesenta años en invitar al máximo representante político alemán para que se les dirigiera. Incluso el Papa Benedicto XVI debió sudar lo suyo al pisar Auschwitz hace poco.

Esto contrasta con el desarrollo que hubo después de la Guerra en el oeste de Alemania. El esfuerzo de las instituciones germanas y, no lo olvidemos, de la sociedad civil, por reconciliarse con el vecino francés fue extraordinario. El milagro económico alemán ha sido muy admirado en el mundo. Pero la misma admiración se merece el milagro por el que al cabo de pocos años la relación entre franceses y alemanes había dejado de ser una relación de enemigos para ser justamente lo contrario. ¡A ambos lados del Rin éramos amigos! Y no sólo porque en 1963 se firmara un tratado de amistad entre Francia y Alemania. Era como si nos hubiéramos anticipado al punto 3º de la Carta de la Paz (“Eliminados estos absurdos resentimientos, ¿por qué no ser amigos y así poder trabajar juntos para construir globalmente un mundo más solidario y gratificante para nuestros hijos y nosotros mismos?”). Es digno de mención el intercambio franco-alemán que se ha ido llevando a cabo entre clases escolares, universidades, asociaciones deportivas, instituciones culturales, etc. Este trabajo de la sociedad civil alemana ha sido un ejemplo de reparación de los daños ocasionados. Naturalmente, ha contribuido en gran parte la disposición de los franceses a perdonar y a no tener ni alimentar resentimientos en las generaciones siguientes.

Efectivamente, también la parte perdedora tiene en sus manos el poder dar pasos para romper el hielo y encontrarse con quien le hizo tanto daño tiempo atrás. No quiero dejar de comentar el ejemplo de Daniel Barenboim, pianista y director de orquesta, que hace poco tuvo el valor de estrenar en Israel obras de Richard Wagner, el compositor alemán que más que ningún otro, contribuyó a la formación de un espíritu nacional alemán que finalmente derivó hacia la catástrofe.

La historia de la posguerra de Alemania es un ejemplo que da la razón al punto VIII de la Carta de la Paz dirigida a la ONU. Desde mi punto de vista, sin embargo, hay que tener en cuenta dos cosas: hay que ser perseverante en la noble tarea de la reconciliación. Puede durar más de un siglo. Si además de las instituciones políticas y religiosas, colabora la sociedad civil, todo se acelera y los fundamentos para la paz serán más sólidos.

 

Ulrich Franken (Farmacéutico)
España – Barcelona

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