Responsabilidad institucional en la construcción de la paz

En el punto VIII de la Carta de la Paz se pone de manifiesto la necesidad de que las instituciones puedan lamentar públicamente aquellos daños que a lo largo de su historia institucional se han cometido, con el compromiso de tratar de resarcir esas injusticias en la medida de lo posible. Esta responsabilidad de las instituciones, no de los daños ocasionados por los representantes anteriores –pues como indica el punto III dicha responsabilidad no la heredamos- sino de lamentar y resarcir esos hechos, lleva a liberar a las instituciones de sus cargas respecto al pasado y con ello se contribuye a un mayor realismo y consecuente alegría. A una alegría de la institución de estar existiendo, de haber existido –con los errores y glorias del pasado- y de seguir existiendo. Este gozo institucional proviene, pues, en primer lugar de reconocer las limitaciones de la institución como tal -lamentando esos errores pasados-, en segundo lugar de hacer públicas tales limitaciones y errores -a menudo agravios importantes, incluso con víctimas- y haciéndolo público pasar por un proceso de humildad; y en tercer lugar actuando en consecuencia desde la coherencia de tener la voluntad de reparar y reconstruir públicamente los daños ocasionados. Es decir, no se trata de pedir disculpas superficialmente, sino que ello lleva a responder por lo que institucionalmente se ha hecho. Podríamos decir: “pero quienes lo hicieron ya no están… por tanto, no tenemos responsabilidad ni culpa y no hemos de pedir perdón”. Ciertamente, no hay responsabilidad moral porque no hay tampoco voluntad moral de agredir al otro, pero lo que heredamos es el hecho que se cometió, no  su valor moral.

En el trabajo que realizamos en las aulas sobre este tema, los alumnos de diversas nacionalidades exponen casos en relación a este punto de la Carta de la Paz. En esta línea, el almirante Miguel Ángel Vergara (Chile 1944), de la Armada chilena, al conocer los daños que sus tropas ocasionaron en Valparaíso, negó cualquier responsabilidad institucional, y puso de manifiesto que las responsabilidades son individuales y no institucionales. Este fue uno de los casos en relación a estas semillas reconciliación que exponía un alumno chileno.

Las responsabilidades morales son individuales, y por ello no podemos pedir perdón institucionalmente, pero sí son institucionales las responsabilidades de los hechos -ya no a nivel de valores, de ética-. Si los que hoy en día están representando la Armada Chilena no están de acuerdo con tales hechos, han de poderlo lamentar públicamente en nombre de la Armada. He ahí la diferencia entre el lamento y el hecho de pedir perdón. Mientras que pedir perdón implica saberse responsable o culpable, podemos lamentar hechos en los que no tuvimos nada que ver. Podemos lamentar agravios cometidos entre terceros, y ante los cuales manifestamos nuestra indignación.

Hablamos, con ello, de globalizar el reconocimiento público de los agravios cometidos, y globalizar que las instituciones políticas lamenten públicamente los daños que como institución cometieron, así podremos decir que estamos democratizando el lamento por los hechos pasados injustos, e instituyendo este lamento también a nivel político. Para las víctimas, o sus descendientes, les será muy necesario que se haya expresado este rechazo contra aquellos hechos, y eso les ayudará en el proceso de reconciliación. Es lo que se hace en las “mesas de verdad y reconciliación” en muchos países pero por hechos que se han ocasionado los aún contemporáneos. Allí exponen víctimas y agresores, cara a cara, lo que han vivido, y esos relatos les ayudan a vivir una reconciliación entre ellos. El ejemplo más claro lo tenemos en el apartheid en Sudáfrica, representado en la película “In my country” (En mi país), donde se relatan esas “mesas de verdad y reconciliación” entre la población dividida.

De hecho, a menudo muchas sociedades siguen divididas después de muchos años porque inicialmente, en el momento presente, no se pidieron perdón ni reconciliaron. De algún modo, lo que expresa el punto VIII es en relación a aquellas sociedades que siguen divididas por no haber vivido un verdadero proceso de reconciliación, cuando en realidad la reconciliación y el perdón mayor es hacia uno mismo. Poder trabajar el perdón entre los presentes, es garantía de no tener que llegar al lamento público futuro por procesos actuales no cerrados. Por ello, una buena implementación del punto III de la Carta de la Paz en nuestras sociedades nos llevará a la no necesariedad del punto VIII.

A menudo uno de los aspectos de debate sobre este tema es entre perdón y justicia. Evidentemente el perdón no está reñido con la justicia, y no exime de la necesidad de reparar el agravio y de responder por ello, aunque sea institucional. Por tanto, el hecho de lamentar públicamente no exime de la responsabilidad hacia el futuro –aunque sí del cargo moral del pasado- y por ello podemos afirmar que no se trata meramente de un acto de lavar la cara y de marketing, sino que de algún modo compromete a actuar en consecuencia.

Además, ya lo decía Jankelévitch, que en realidad el perdón más grande es hacia uno mismo. Es decir, el beneficiario mayor es quien perdona. Por tanto, institucionalmente podemos afirmar que quien obtiene más beneficios de ese lamentar es la propia institución, porque se libera de la carga de la estigmatización, del estereotipo de ser un colectivo que cometió agravios graves sin haber manifestado su indignación. Ello conlleva reconocer que la misma institución puede, en un futuro, cometer nuevas injusticias, y estar más dispuesta en esas ocasiones a reconocer sus errores y reconciliarse ya en el mismo momento sin necesidad de tener que recurrir a ese lamento futuro. Es constatar la capacidad de errar que tenemos todos y que como miembros de instituciones también aplicamos.

El Dalai Lama ya expresaba que “si no perdonas por amor, hazlo por egoísmo, por tu propio bienestar”. En definitiva, hablando de lamento y no de perdón, hacerlo por el bien-ser institucional, porque cuando nos hemos liberado de la carga del remordimiento, un remordimiento institucional, nuestro ser, el ser de la institución, podrá estar bien anclado y recuperar la paz, que en definitiva es el objetivo. De ahí podrá brotar este gozo de existir, también a nivel de instituciones. No de un pasado impune, sino de un pasado aceptado, reconciliado y resarcido.
Marta Burguet (Pedagoga)
España – Barcelona

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