Se llamaba Joao

A lo largo de los siglos y tras muchas luchas y sufrimientos, hemos llegado a comprender que ningún ser humano tiene potestad sobre otro. Es indiferente ser carpintero, jardinero, ministro, blanco o negro…, lo que realmente importa es que somos personas humanas. La sociedad nos tiene que dar a todos las mismas oportunidades, porque todos somos iguales. La autoridad solo es un servicio que la gente encarga, y en  cualquier ámbito, tiene que contribuir al respeto de la libertad y la dignidad de todos. La sociedad delega en unas personas e instituciones una serie de servicios para administrar el bien común. Si alguien tiene autoridad es porque se la ha dado el conjunto de la sociedad. Aquellas personas que sin haber recibido este encargo quieren ejercer una falsa autoridad caen en la tentación del poder. Se imponen por la vía de la fuerza con el intento de doblegar la libertad de los otros a sus intereses. Se otorgan una potestad que no tienen y que de ninguna manera no pueden justificar, porque nadie se la ha dado. Para legitimarla tienen que invocar los dioses, la historia, falsas ideologías o la necesidad de conseguir, según ellos, un futuro mejor para las personas o para la humanidad. A pesar de todo, son muchas las situaciones que vemos que esto no se acaba de entender ni de vivir. Es lo que vivió un buen amigo, Joao Tomé Chonze. Ya de muy pequeño tuvo que gustar esta situación. Sus padres, gente sencilla que sufría una situación conflictiva i de guerra, no podían cuida como querían al hijo que habían engendrado. Deseaban lo mejor para él, pero no sabían como hacerlo, porque en Mozambique se vivía una situación muy complicada. Llegado el momento y con el corazón roto, no vieron otra solución que darlo (seguramente a cambio de dinero) a n militar portugués, que se comprometió a darle estudios y una salida digna. Este hombre, como muchos otros, confundió las cosas y pensó que porque había pagado un dinero tenia la potestad sobre la vida del muchacho, y en vez de dejarlo crecer en libertad, e al recortó tanto como pudo, para que así estuviera atado, a su servicio y no se marchara a hacer otras cosas. Una manera sencilla de tenerlo atado era no darle papeles; de este modo era mal visto tanto por los portugueses como por la guerrilla de Mozambique. Sin el coronel portugués, Joao tenia que sufrir las consecuencias injustas de sociedades que quieren reglamentar la vida, pero se olvidan que las personas son más importantes que los papeles que los acreditan. El coronel no quería entender la responsabilidad que conlleva asumir una persona y ayudarla a crecer en todas sus dimensiones. El hombre tenía otros planes para aquel chico, tenia que hacer lo que él quería, lo que le convenía, y si quería hacer otras cosas ya encontraría la manera de dominarlo y obligarlo a hacer lo que él creía que era mejor. Así transcurrió mucho tiempo. La vida de Joao era un continuo intento de librarse de aquel yugo y el coronel se esforzaba por tenerlo atado a su servicio. Que lucha tan terrible  provocamos cuando hacemos de los otros una propiedad, cuando creemos que son nuestros y que tiene que ponerse a nuestro servicio. Si, además, el argumento que sostiene esta situación es mercantil, todavía es más indignante. Pero si miramos alrededor, ¡cuantas situaciones y luchas de poder se dan en las relaciones familiares, en el trabajo y en tantos ámbitos de la vida! ¡Qué estéril és todo este sufrimiento! Joao intentó varias veces escaparse y alejarse del coronel. Aunque lo intentó, cuando casi lo había conseguido, descubría que su color de piel y su situación irregular complicaban las cosas. Y si conseguía distanciarse un tiempo del coronel, las instituciones sociales acababan dando la razón al militar y el amigo Joao tenia que volverse a someter al yugo de aquel hombre. Ya se sabe, cuestión de prestigio, de galones sociales… Son más importantes los vestidos y las medallas que el hecho de ser un ser humano. Joao tenía pocas medallas, al coronel le sobraban. Son cosas de nuestra sociedad: a menudo las mismas leyes no dejan que las personas vivan según creen y quieren. No siempre las estructuras reconocen la libertad de los individuos y a menudo olvidan que no es trabajo suyo dar o tomar la libertad de alguien, sino tan solo posibilitar que las personas puedan utilizarla y que les sea respetada. Pero precisamente porque la realidad es tozuda y se acaba imponiendo, Joao finalmente se pudo escapar y huyó a Espanta. Aterrizó en Barcelona recomendado por un amigo que había hecho en si querida Lisboa. Una persona buena a quien no le importaba  si la situación de aquel chico era legal o no, simplemente vio en él a una persona que necesitaba ayuda. Parece extraño que una cosa tan sencilla a menudo nos resulte tan complicada. En Barcelona se refugió en la Cartuja de Montalegre. Quizás pensó que aquellos hombres dedicados a la contemplación no se preocuparían mucho de saber su historia. Estaba muy lejos de Portugal y ahora podría rehacer su vida y quizás incluso su historia. Conoció unos hombres sencillos y acogedores que le abrieron al puerta da la cartuja. Los cartujanos casi no hablan, quizás por eso no le hicieron muchas preguntas y, además, podían pensar que quizás Dios enviaba una nueva vocación. Aquel muchacho de piel bruna y sonrisa abierta y sincera vivía tranquilo, escondido de los ojos de la sociedad, de los malditos papeles que no lo dejaban ser quien era, y que le recordaban que no era un hombre libre. El paso del tiempo puso en evidencia que Joao no tenía vocación de religioso contemplativo, sino que sólo buscaba refugio frente a aquellos que una vez más querían doblegarlo. Los cartujos quería aquel chico y no sabían cómo resolver aquella situación. No podía estar con ellos, pero tampoco no podían abandonarlo a su suerte. Sin embargo, cuando la gente quiere siempre acaba encontrando soluciones, aunque perezcan imposibles. Un viejo conocido de los cartujos, un tal Agustín, seguramente sería capaz de resolver una cuestión como aquella. Agustín asumió acompañar aquel chico, buscarle una salida definitiva. De entrada lo llevo a su casa; no lo conocía de nada, pero tenía suficiente con lo que los cartujos le habían explicado. Lo trató como amigo, tanto le daba el color de la piel o que no pudiera enseñarle ningún papel. Joao no podía demostrar nada, pero Agustín tuvo suficiente escuchándolo y mirándole a los ojos, y se fió de él plenamente. Aquel chico sintió que, por primera vez en su vida, alguien le dejaba ser él mismo, cosa nada sencilla, porque después de treinta años largos de no hacerlo, ahora se encontraba atrapado por el peso de unas costumbres de toda la vida. Agustín y sus amigos le ayudaron a crecer como persona y recibieron de aquel joven un testimonio de bondad y generosidad. ¿Quién era aquel hombre capaz de no quejarse, de no hablar mal de aquellos que le habían hecho daño? ¿De dónde sacaba esta capacidad de perdonar, de vivir con gozo su vida? Pero, aunque aquellas personas le dejaban vivir, necesitaba gustar que la sociedad también sería generosa, y que las leyes que imperaban no lo harían volver a Portugal perdiendo así todo lo que ahora había encontrado de manera inesperada. Pero cuando quieren, las instituciones sociales también son capaces de comprender las cosas, y aunque la ley parece no tener corazón, en la misma norma siempre se acaba encontrando la capacidad de dar respuestas dignas a los seres humanos. Ya sabemos el tópico: la ley esta hecha para los hombres y no los hombres para la ley. Joao, con esfuerzo y mucha gente solidaria, pudo iniciar un proceso de reconocimiento, de rastrear su documentación, la que necesitaba para ser considerado un ciudadano y no un “sin papeles”, que nadie no acaba de saber de cierto quien és, pero que a la larga te acaba privando de casi todo. Y mientras vivía este largo proceso de documentación, empezó a vivir, a conocer nuevos amigos, a estrechar lazos de amistad, a sentirse integrado, en definitiva, a rehacer la vida. Una persona que se hacia querer como él no necesitaba nada más. Pero mientras se resolvía la cuestión de los papeles, tenía que afrontar otra decisión importante. Tenía que escoger lo que no había previsto y que a ojos humanos llegaba en el momento más inoportuno. Ahora no tenía que decidir si quería ser portugués, mozambiqueño o español, si quería vivir aquí o allí, si…, no; la libertad de escoger no siempre se da entre dos cosas, sino que a veces, ante una sola cosa, ser libre quiere decir escogerla o rechazarla. Los médicos descubrieron que tenía una enfermedad grave y con tristeza anunciaban que solo le quedaban unos seis meses de vida. ¿Tanta lucha para llegar aquí? Pero Joao había luchado toda la vida y nos demostró que cuando se ha sentido amado, un ser libre, puede asumir una enfermedad con una calidad casi heroica. Tengo que decir que él es una de las personas que más me ha enseñado a vivir la muerte, a entender este paso como un hecho humano que no tengo porque temer y a no angustiarme por el hecho de tener de morir. El 27 de octubre del año 1984, un grupo numeroso de personas se encontraban al lado de Joao moribundo. Para todos era un momento íntimo, especial, muy emotivo. La muerte de un amigo no deja nunca indiferente y siempre despierta infinidad de sensaciones y preguntas. Joao había nacido en Mozambique, y en aquella tarde de octubre, a su alrededor no había nadie de su país, ni tan solo de su continente. Todos los que le acompañaban aquel día eran los amigos de los últimos años. Sólo desde la libertad se puede vivir la verdadera amistad. Tenemos una familia de origen, pero a menudo con el tiempo se amplia, y, quizás, como en el caso de hoy, cuando lleguemos al final de la vida, no haya nadie de los consanguíneos, pero hay los que han llegado a ser al familia por la libertad y la amistad. No había duda que Joao tenia una gran familia. Cuando, después de un alarga agonía dejaba este mundo, alguien entraba en la habitación llevándole su pasaporte. Por primera vez en la vida tenía papeles, era legal, pero ahora ya no lo necesitaba. Son las contradicciones de los hombres: parece que las cosas lleguen cuando ya no se necesitan. Pero si algo podemos decir hoy de aquel joven de Mozambique es que su vida fue una búsqueda continua de libertad, un deseo de ser él, de vivir según sus valores y creencias. En definitiva, Joao representa el clamor de muchos hombres y mujeres que en todo el mundo gritan con voz fuerte: “Escuchad, todos aquellos que no lo acabéis de ver: recordad siempre que no hay ningún ser humano que tenga potestad sobre otro”. Se llamaba Joao, pero podríamos añadir muchos nombres al lado del suyo. Queda tanto por hacer…, pero la historia nos enseña que, aunque que parezca imposible, cuando queremos, sabemos encontrar soluciones.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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