¿Ser rico un obstáculo para alcanzar la paz?

Muchas veces asociamos el concepto de riqueza con la cantidad de dinero que una persona tiene o puede llegar a tener. De echo, quien más quien menos está obsesionado o preocupado para tener un mínimo de bienes que le permitan disfrutar en un mínimo bienestar. Todos buscamos la riqueza como solución a nuestros males.

Probablemente, sobre la riqueza, todos estaríamos de acuerdo en afirmar que es mejor tener, que no tener. La riqueza material no es un problema, todo lo contrario, cuando más dinero tiene una sociedad mejor, así tiene más posibilidades de desarrollo. El problema es la distribución de esta riqueza. El problema no es que tengamos mucho (en un sentido amplio), sino como ponemos en disposición de los otros esta riqueza, en el método como se distribuye.

Uno de los principales problemas es definir que entendemos por riqueza. En esta sociedad, impregnada por un exagerado racionalismo, creemos que la riqueza es todo aquello que se puede cuantificar, medir o tocar. Tenemos la necesidad de cuantificarlo todo y materializarlo todo. Por este motivo, nuestro nivel de felicidad también lo relacionamos inconscientemente con el volumen de cosas materiales o cuantificables que podemos comprar o acumular. También, llegamos al extremo de no considerar cosas generadoras de felicitad aquellas que no se pueden comprar o no tienen un precio. Ejemplos de ello son el trabajo de la mujer y, en menor tiempo del hombre, en casa, la generosidad, el voluntariado o el civismo.

El problema aparece cuando nos paramos y nos damos cuenta que todas las cosas que compramos o todo el dinero que somos capaces de acumular no nos aportan felicidad porqué esta depende de elementos más frágiles e incuantificables, que no se pueden hallar en tiendas o atesorar. Hemos construido incorrectamente nuestra escalera de necesidades, reduciendo enormemente el concepto de riqueza.

Los economistas estamos locos para hallar el mejor sistema para medir el nivel de riqueza de un país, pero siempre hallamos cosas que se puedan contabilizar. A nivel individual, nuestra sociedad también cuantifica el grado de riqueza con las cosas que se pueden tocar y contar. Si hacemos un esfuerzo para salir de este circulo racionalista, podremos llegar a definir dos indicadores que nos pueden ayudar a medir si una persona es rica de verdad: el miedo y el grado de libertad.

Quien contabiliza su riqueza por el volumen de dinero y por las cosas materiales de que dispone, termina, tarde o temprano, siendo esclavo de su riqueza, ya que adquiere el miedo a perderla. De hecho, si la perdiera ya no le quedaría nada porqué no ha valorado nada fuera de su riqueza material. El miedo nos hace pequeños y nos aísla de nuestro entorno, nos genera insatisfacción. Muchas veces el dinero es como un vestido de lujo, cargado de pedrería y joyas que cubre las inseguridades personales, a la vez que pesa y nos deja encorsetados.

Ser rico no es solamente tener dinero. Ser rico es también, ser una persona que ha sido cultivada en valores, que tiene amigos que les apoyan, que tiene una formación y cultura en la escuela de la vida, que es capaz de disfrutar de las cosas que le rodean, que tiene recursos interiores para hacer frente a los problemas, que se da cuenta de la necesidades existentes y que participa para resolverlos. Quien sabe trabajar y valorar esta riqueza interior es mucho más libre y menos dependiente de las cosas materiales. En este caso el dinero es como un bastón que sirve para apoyarse, un medio para conseguir cumplir algunos proyectos. La riqueza interior difícilmente se pierde y, a diferencia de la material, cuando más damos, más recibimos. Cuando más riqueza interior tengamos, más libres nos sentiremos, más seguros de nosotros mismos y más abiertos al mundo.

La Carta de la Paz dirigida a la ONU nos aporta fundamentos para perder el miedo y liberarnos de los resentimientos históricos. Paso imprescindible para a la necesaria libertad, para reconocer y disfrutar de la verdadera riqueza que nos podrá abrir ventanas a nuevos paisajes donde sea posible construir la paz.

 

David Martínez García (Economista)

España – Barcelona

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