Solidaridad: acción en grupo

Solidaridad

El punto V de la Carta de la Paz articula uno de los ejes fundamentales del texto completo y establece la base esencial de una autentica cultura de la paz. Me refiero a la fraternidad basada en la existencia misma. El existir, en cuanto argumento, posee la solidez de no necesitar una referencia empírica anterior al mismo, ya que frente a la existencia la única opción posible es la no-existencia, cuestión esta última que carece de asidero para cualquier reflexión. En gran medida toda la reflexión filosófica occidental descansa en esa aserción de la imposibilidad de pensar sobre la nada, sobre la no-existencia. Y es precisamente el reconocimiento de la existencia lo que fundamenta la fraternidad esencial de todos los seres humanos y por extensión con la naturaleza y el universo. En torno a este punto de la Carta de la Paz es que hemos reflexionado los amigos que nos reunimos en el Instituto de la Paz Juan F. Pepén de Santo Domingo, República Dominicana y lo que a continuación sigue es producto de dicha reflexión.

La brevedad de la Carta de la Paz encierra una densidad maravillosa de intuiciones y argumentos que se hacen presentes a cualquier lector atento. En el centro topográfico del texto encontramos el siguiente párrafo: “Los seres humanos, por el mero hecho de existir -pudiendo no haber existido-, tenemos una relación fundamental: ser hermanos en la existencia. Si no existiéramos, no podríamos siquiera ser hermanos consanguíneos de nadie. Percibir esta fraternidad primordial en la existencia, nos hará más fácilmente solidarios al abrirnos a la sociedad.” Este es el punto V de la Carta de la Paz y como se destaca desde la primera oración, ofrece una compresión de lo que es el ser humano,  de su propia naturaleza, que no  se cierra sobre la individualidad a la manera cartesiana.

Esta intelección de nuestra humanidad se encuentra en la evidencia de nuestro existir. La existencia no nos encierra en nuestra propia conciencia, por el contrario, nos abre a reconocer que existimos de la misma manera que existen los demás y que existe todo lo que nos rodea. Es en la existencia donde se devela la relación fundamental entre todos: la fraternidad.

Como punto de partida de nuestra propia existencia y resultado inmediato de la misma, acontece la relación de ser hermanos. Hermandad que no se agota en la forma más íntima de consanguinidad, sino que reúne a todos los seres humanos existentes y que incluso nos compromete con los que existirán y los que han existido. Somos hermanos porque existimos, no obstante esta fraternidad se extiende a la existencia actual, pretérita y futura de los otros seres humanos y nos solidariza fraternalmente con ellos. En otros puntos de la Carta de la Paz hay fundamentos para esta afirmación diacrónica de la fraternidad existencial.

La fraternidad fundada en la existencia es el horizonte donde se comprende la solidaridad.  La solidaridad refleja coherencia ante la vida y tiene a nuestro entender dos dimensiones. Una que se expresa en los sentimientos y otra que descansa en la reflexión razonada. Nos sentimos solidarios frente al sufrimiento de los otros en diversos grados, de acuerdo a nuestra formación y la cercanía de quienes padecen necesidad o injusticia. También nos solidarizamos como fruto de la reflexión razonada acerca de la situación de carencias u opresión de los otros. Ambas dimensiones pueden expresarse de manera separada pero también una puede conducir perfectamente a la otra. Los sentimientos solidarios nos conducen regularmente a analizar las situaciones que nos generan esas emociones y a su vez el análisis de los hechos y situaciones que nos mueven a la solidaridad nos genera emociones intensas de solidaridad con los que sufren. Pero ni los sentimientos, ni los análisis, son la plenitud de ser solidarios.   La solidaridad tiene un elemento de impacto, demanda una acción.

La solidaridad auténtica que nace de sentimientos o razonamientos está centrada en el interés por el bien común, sin ambición personal, y conduce a formas de acción que buscan remediar el hecho que consideramos injusto. La variedad de formas de acción, y de efectividad de las mismas, a la hora de expresar la solidaridad, es cuestión compleja y amerita en muchos casos respuestas muy específicas y compresión profunda del contexto en que pretendemos actuar para remedar el mal. Pero en cualquier modalidad que asumamos actuar solidariamente, siguiendo lo expresado en el punto V de la Carta de la Paz, estamos respondiendo responsablemente a la existencia que nos ha sido regalada y reconociendo la existencia -única e irrepetible- de cada uno de los otros, de ese tesoro que es ser  persona, en todos los seres humanos. Por tanto tenemos una responsabilidad solidaria que surge de este ser existiendo en medio de las otras personas. No obstante es menester señalar que el fundamento de la solidaridad es sentir y tomar conciencia de la hermandad en la existencia, pero el concepto de solidaridad es distinto al de fraternidad.

El  sentirse y pensarse unido solidariamente con el otro dependerá de cómo percibo a los otros. Será diferente el planteamiento si me relaciono con ‘el otro’ como un extraño o enemigo, o como un ser existente igual a mí, como un hermano en la existencia. Si percibo que el sustrato más importante de mi ser: la existencia, la vida, me ha sido dada sin nada a cambio, pues la he recibido gratuitamente; entonces me sentiré y sabré ‘deudor’ y por tanto tendré una actitud abierta a los demás. De ello surgen de manera natural expresiones como: ¡Se me ha dado tanto con mi existencia a lo largo de mi vida! ¡Me dieron tanto, que mi vida es para poder darla!,  ¡Es como una fuente que me hace vivir atento a las necesidades del otro!

Muchas veces no lo sabré ver y necesitaré que me lo digan, pero el ser agradecido, porque mi existencia la recibí gratuitamente y la aprecio, me facilitará dar, me ofrecerá la posibilidad de sentirme unido al otro. Es como devolver algo de lo mucho que he recibido. En este proceso de dar, mi ser y el ser del otro se amplia, su existir es una donación igual que la mía; en cambio, si tengo la creencia de que todo lo que soy y tengo (incluso la existencia) me lo gané desde mi propio esfuerzo, sólo daré a quien yo quiera e incluso podré negarme a dar bajo el criterio de que cada cual se gana lo suyo. El mismo yerro que nos hace creer en nuestra autosuficiencia nos conduce a la insolidaridad frente a los otros. Nos cerramos en cada individualidad y a su vez somos indiferentes a lo que suponemos que son los otros, considerándolos entidades aisladas y totalmente ajenas a nuestra responsabilidad.

Ya que la solidaridad nace de una compresión racional y emocional de nuestra existencia y la de los otros como gratuidad, es fundamental ocuparnos de la educación. Se nos impone como responsabilidad el reclamar a los centros educativos y universidades un cambio. Que el reconocimiento de nuestra fraternidad existencial, como evidencia fundante, sustituya la falsa pretensión de la avaricia y el dominio técnico como sentido último de la humanidad y su desarrollo. Dicho en términos convencionales, que sea el humanismo el fundamento de todo conocer y técnica, para que sean usados como servicio y no como mecanismo de poder de unos pocos sobre la mayoría. Este es el núcleo esencial de una educación para la solidaridad.

Ser solidario implica un  acto de inteligencia y lucidez, por tanto responsable. Este responder frente a la carencia de los otros concierne a todos, pero siempre es un acto personal. Debemos preguntarnos en todos los casos ¿cómo ser solidarios de la mejor manera? La inteligencia debe estar al servicio de la acción solidaria, no debe agotarse en tranquilizar nuestros sentimientos solidarios, la solidaridad debe ser efectiva. Cada uno tiene que afinar constantemente sus sentimientos y análisis de las situaciones de injusticia para ser autenticamente responsable frente a los otros.  Actuamos con otros para responder solidariamente, analizamos juntos como actuar, compartimos nuestros sentimientos y respondemos en grupo frente a las necesidades de los otros. Ser solidarios fraternalmente es la primera expresión de solidaridad y reconocimiento de los otros, de aquellos con quienes me vinculo amicalmente para ayudar a que el mundo sea mejor.

El escenario de la solidaridad abarca toda forma de expresión social, desde la denuncia y la asistencia inmediata, hasta la transformación social y política. En sociedades como la dominicana, desde donde reflexionamos este punto V de la Carta de la Paz, donde la injusticia social y la escasez de recursos para satisfacer las necesidades básicas de la mayoría de la población es un dato, a veces desesperante, la lectura de la Carta de la Paz nos obliga a ser extremadamente lúcidos y responsables en el uso de nuestros recursos para responder a necesidades tan grandes. Surgen preguntas como: ¿hasta que punto debo cubrir las irresponsabilidades del gobierno? o ¿cómo ser solidarios y responsables sin caer en la complicidad de los que sostienen las estructuras de violencia y miseria? Consideramos que debemos a la vez trabajar en dos vertientes: desde los pobres para que tengan más voz, se reconozcan como personas, se sientan seres con dignidad y por tanto demanden justicia y construyan solidaridad, por una parte, y con los políticos y la élite económica y social, para crear conciencia de sus responsabilidades solidarias y reconozcan sus vínculos con estructuras sociales de explotación.

El fundamento de la acción social debe estar en la persona misma, no en intereses individuales o grupales. Ser solidarios debe apuntar a las personas concretas y sus necesidades, no al cumplimento de una agenda ideológica o la promoción de cualquier tipo de liderazgo social.  Fundamentar la solidaridad en el hecho de compartir la existencia y el universo, nos ofrece la posibilidad de buscar igualdad de oportunidades para todos, por el hecho de ser hermanos en el mismo mundo y en el existir. Aunque desde la libertad humana esto no significa que todos seamos idénticos o hagamos lo mismo con las oportunidades que se nos brindan. No puede ser nunca el objetivo de la solidaridad la uniformización de aquellos con quienes somos solidarios o su reclutamiento para proyectos sociales o políticos. Hay que valorar la realidad existencial de cada uno. Motivar a todos para que descubran que de ahí surge el ejercicio de la solidaridad. Debemos crear un ámbito de fraternidad humana que parta de nuestra común existencia sin pretender que todos seamos iguales o tengamos las mismas necesidades.

Construimos la base de la solidaridad sabiendo que cada uno es un ser que ha recibido la existencia como donación y es único, irrepetible, con sus talentos y defectos. De esta manera,  mis esfuerzos -y nuestros esfuerzos- deben ser más prudentes, más comedidos, más meditados. Si logramos entender que somos seres contingente e imperfectos, será más fácil vivir la solidaridad tomando todas las medidas de lugar para que ese esfuerzo o recurso de solidaridad llegue a donde tenga que ir.  Por ejemplo, si el que planifica algo va con silla de ruedas construirá pensando en todos los que tienen esa limitación o discapacidad; si en cambio se planifica o se vive desde la base del andar, sin limitaciones, nos incapacitamos para ver al diferente y valorarlo porque, como no vamos en silla de ruedas, perdemos fácilmente la sensibilidad para ponernos en su lugar.

La solidaridad tiene un referente directo con la naturaleza, los seres humanos no existimos en el vacío, el sostenimiento de la vida de cada uno y la justicia que le debemos a los otros se expresa directamente en los bienes de la naturaleza, su cuido y uso solidario. El tema ecológico descansa en la fraternidad en la existencia. Podríamos visualizar todo nuestro entorno humano y existente como un gran útero; si salimos fuera de él no podemos tener vida. Las planta se alimentan del nitrógeno que expiramos y nosotros del oxigeno que desprenden en su función de fotosíntesis.  El planeta existe como un universo uterino para los seres humanos y la naturaleza se ofrece para compartirla fraternalmente, ningún hombre o mujer tiene derecho exclusivo sobre parte alguna de la naturaleza que exceda sus necesidades.  Los seres humanos debemos cuidar y administrar la naturaleza de manera solidaria, no sólo para beneficio de la generación presente, si no para las futuras. Los recursos no son ilimitados y los procesos de regeneración del medio natural en respuesta a nuestro usufructo, demandan tiempo y esfuerzo.  La mayordomía (relación de mayordomo, de cuido) significa que compartimos la existencia con la naturaleza y en cuanto seres racionales que compartimos la fraternidad existencial tenemos un deber de solidaridad con los otros y de cuido hacia la tierra como ecosistema, no hay solidaridad que no sea ecológicamente responsable.

A manera de conclusión de nuestra reflexión del punto V de la Carta de la Paz descubrimos que la solidaridad demanda emoción y sentimiento, un grado de lucidez: saber lo que está pasando, y la acción inteligente y respetuosa al servicio de los que padecen carencias y explotación. La solidaridad exige una acción ubicada en el contexto donde descubrimos la injusticia, acción que no se agota en proyectos individuales puesto que muchos males son estructurales y la solidaridad demanda precisamente la acción grupal, el esfuerzo entre amigos y amigas, como primer fruto de la misma solidaridad. Acción solidaria que se sostiene en mayordomía con la naturaleza, tanto para los existentes como para los que existirán en el futuro.

Este es el horizonte reflexivo que, desde el punto V  de manera privilegiada, pero siempre desde el contexto de la totalidad de la Carta de la Paz, nos anima como comunidad de amigos y amigas en el servicio solidario de quienes sufren injusticia o son marginados en la sociedad dominicana, pero siempre abiertos a la comunidad humana mundial.
David Álvarez (Doctor en Filosofía)
R. Dominicana – Santo Domingo

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