Solidaridad y maratón

Era mi décima maratón. Había entrenado con cierta regularidad desde el mes de diciembre, pero no había hecho los kilómetros necesarios para presentarme en la óptima condición física en la línea de salida. Doce mil corredores aupados por un público entregado vistieron Barcelona de color y de épica. Una gran parte procedían de países europeos y algunos asiáticos.

Recorrimos los lugares emblemáticos de la ciudad y el público festejó el paso de los corredores con gritos y aplausos. Era curioso observar cómo los corredores extranjeros se paraban delante de la Sagrada Familia para hacerse rápidamente una fotografía con sus familiares e inmortalizar el instante de gloria.

Durante la primera mitad de la maratón me sentía cómodo y ágil. Corría a buen ritmo y, de hecho, sentía que podía hacer un buen tiempo, incluso superar mi marca personal de tres horas y diecinueve minutos. Me alimenté debidamente y me hidraté en todo momento. El día era especialmente idóneo para correr. No soplaba viento. No hacía frío, tampoco calor. Tampoco lucía el sol. Unas horas después vino la famosa nevada con sus amargas consecuencias.

En el kilómetro treinta empecé a experimentar cierta fatiga, pero me sentía con capacidad emocional y mental para seguir. El cuerpo empezó a quejarse y me exigía pararme, sin embargo la mente me requería seguir, continuar, aupado por un público que se entregó, especialmente en el tramo de la plaza Catalunya hasta la plaza sant Jaume. Fue precisamente en la llegada al Palau de la Generalitat, cuando estaba ya muy decidido a parar un momento, que tuve la suerte de encontrarme con un corredor anónimo que me animó. Se pegó a mi lado y me ofreció su ayuda, su apoyo emocional. Él podía correr más rápido que yo y hacer una buena marca, pero, sin conocerme de nada, optó por ayudarme y animarme en el tramo final. Quedaban sólo tres mil metros, redujo su ritmo y fuimos avanzando metro a metro.

Estos tres últimos kilómetros se hacen particularmente graves y largos cuando uno está agotado física, mental y emocionalmente. Se siente únicamente empujado por su fuerza espiritual. El corredor anónimo me animó con palabras y en los momentos de verdadero derrumbe emocional estuvo a mi lado, contándome cosas que permitían distraer a la mente y avanzar algunos metros más.

Finalmente, después de un largo y prolongado esfuerzo por la calle Sepúlveda, llegamos a la plaza España y entramos en la meta juntos. Nos dimos la mano en señal de victoria y, luego, nos abrazamos en pleno sudor y euforia. No conozco su nombre, ni sus apellidos, tampoco su profesión, ni su estado civil. Me dio una verdadera lección de solidaridad.

Tendré, para siempre, un espléndido recuerdo de esta maratón de Barcelona 2010, no por el tiempo que realicé (tres horas y veintidós minutos), sino por la experiencia de solidaridad que viví a través de él. A veces la verdadera marca personal no consiste en bajar unos minutos el tiempo del año anterior; radica en algo más difícil, en reducir el ritmo para ayudar a otro a llegar, en prescindir de la marca personal, para aupar a alguien que necesita ser ayudado. Menudo reto.

Francesc Torralba Rosselló (Doctor en Filosofía)
España – Barcelona

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