Todo al servicio de la persona

El rescate de los 33 mineros de la Mina San José, del desierto de Atacama, en el norte chileno, ha sido el centro de la noticia en todo el mundo. No es para menos. Ya que en ese hecho han confluido una serie de factores que han puesto a prueba la capacidad humana de supervivencia, la solidaridad, la fe y el coraje, la esperanza, la tenacidad o la “porfía” (los sacamos de las entrañas de la tierra sí o sí). No se han escatimado medios de ningún tipo para lograr salvarles la vida. Quizás la palabra que mejor definiría esta voluntad de poner todo al servicio del bien de la persona, sea “magnanimidad”.

Cuando todo parecía indicar, a pocos días del accidente, que podían estar muertos, no se paró de trabajar, realizando sondajes, a partir de la información topográfica, para lograr hacer contacto. Cuando las autoridades del gobierno veían difícil que hubiera sobrevivientes, los familiares insistieron una y otra vez en que los trabajos tenían que continuar pues ellos tenían la certeza de que sus parientes estaban vivos.

Y se siguió trabajando, día y noche. Se creó un equipo de trabajo del más alto nivel  y profesionalismo, integrado por personas cualificadas en ingeniería en minas, geomecánicos, geólogos, operadores de maquinaria. Se trajo desde Afganistán al norteamericano Jeff Hard que fue el que consiguió, después de agotadoras jornadas de trabajo, lograr que el ducto llegara por fin al refugio donde se encontraban los mineros. Se contó con la más alta tecnología en maquinaría de prospección. Desde el momento en que se supo que los 33 estaban vivos, a través del pequeño orificio de comunicación con ellos, se les enviaba alimentos, medicinas, música, juegos. Un equipo de psicólogos y médicos estuvo constantemente en contacto con ellos, velando por su salud física y mental, dándoles herramientas que les ayudaran a manejar de la mejor forma posible, tanto individual como grupalmente, esa difícil situación.

Había tres planes de rescate operando los tres al mismo tiempo: el A, el B y el C, y dentro del B, un plan sub-B. El plan B fue el que finalmente, a través de la T-130 operada por Jeff Hard rompió la galería, como se dice en la jerga minera. Se ocuparon 10.000 litros de diesel diarios. Y hubo una eficiencia en la gestión difícil de superar.

Las familias de los mineros atrapados no se quisieron mover de allí desde el momento en que ocurrió la tragedia. Se instalaron en carpas formando, lo que sería denominado, Campamento Esperanza. De ahí no había quien los sacara. Aguantaron frío e incomodidades. Después de los primeros días, empezaron a llegar también ayudas para ellos. Se instaló una gran carpa que sirvió de cocina-comedor y unas mujeres de la vecina localidad de Caldera, se ocupaban de cocinar para todos ellos. Empezaron a llegar donaciones de alimentos y otros productos necesarios para hacer más llevadera la vida en el campamento. También muchos aportes, cuantiosas donaciones anónimas del mundo privado para colaborar en esa ingente tarea. El equipo de rescate trabajó en turnos de 24 horas, sin parar. Es decir, no se escatimaron medios pero tampoco se derrocharon: se emplearon para salvar la vida a 33 seres humanos.

Ante situaciones así, no se puede actuar con criterios de mezquindad. Tampoco en la vida ordinaria, pues la mezquindad no crea vida, sino que la recorta. No puede ser que a una necesidad que consideramos prioritaria, le destinemos unos recursos escasos. Los recursos de la magnanimidad no los podemos medir. Son de donación total, no son contabilizables con parámetros numéricos.

En el Campamento Esperanza, en la Mina San José, lo que se ha dado en forma clara y rotunda es la magnanimidad, que no es derroche, sino que es poner todos los medios al servicio de una buena causa, ¿y qué mejor causa que salvar 33 vidas? Pero además de rescatar vidas humanas, se ha rescatado la esperanza en la humanidad. Eso es lo que la Operación San Lorenzo ha logrado. Y, en ese contexto, resulta poco menos que irrelevante que se cuestionen los millones de dólares que se hayan podido gastar en esa operación.

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