Un sí a los padres

Si algún sentimiento he compartido muchas veces con la gente que me rodea, es que estoy contento de vivir y, especialmente, poder gozar de tantos amigos que a lo largo de toda mi vida han hacho posible que vivir sea una realidad dichosa. Sin caer en falsas ingenuidades y consciente de que la vida es tremendamente compleja y difícil, no puedo negar que la amistad de tanta gente me ha ayudado a vivir los problemas de una forma muy distinta. A veces me pregunto: “¿qué sería de mi vida si no hubiera conocido a estas personas?”… y por mucho que lo intento no me lo puedo imaginar. Me han dado tanto, he recibido tanto de ellos que no puedo entender mi vida sin estas personas. Qué maravilla ser, y ser con los demás. El problema está en que esta maravilla te lleva a menudo al miedo de perder alguna de estas personas tan cercanas a ti. De hecho, una de las cosas más difícil de asumir es la muerte de un amigo o de un ser muy querido y, sobre todo, encajar el vacío que comporta la “presencia de su ausencia”. La única manera de no morir es no haber nacido, porque todos somos engendrados como seres mortales. Me asusta pensar que no hubiera conocido a tanta gente. ¿Cómo podría haber vivido sin su presencia, sin su amor? No querer morir es no querer vivir, cosa que es absurda. Por otra parte, pienso en muchos padres que engendran una nueva vida. Más de uno debe haber pensado que dar la vida es dar también la muerte; ¡qué responsabilidad más grande! Y dando vueltas a estas cosas, a menudo pienso en mis padres. Ellos decidieron, por su cuenta, darme la vida. Lo decidieron ellos porque a mi no me lo pudieron consultar. Para ser, los necesitaba a ellos. Ellos se aventuraron a darme la vida, aun sin saber si más tarde lo agradecería. Seguro que ellos, que se querían tanto, confiaban en que yo también encontraría aquellas personas que me ayudarían a ser feliz y a gozar del don de la vida. Así y todo, siempre es una apuesta de los padres, que pasan muchos años esperando oír a sus hijos decir que están contentos de vivir, que les confirmen con un sí aquella decisión que un día tomaron. Me pregunto cuántos padres pueden estar esperando que sus hijos les den este sí. Ya sabemos que no es necesario decirlo explícitamente, que nuestra vida ya muestra a todos si estamos contentos, pero es tan sencillo expresarlo, y genera tanta alegría… Recuerdo cuando tenía unos veinte años y dije a mis padres que quería hablar con ellos. Estaban un poco sorprendidos y porqué no decirlo, un poco asustados pensando que era lo que quería. En un momento de la conversación les dije, como buenamente pude, que estaba contento de vivir, que les confirmaba aquel sí a la vida que ellos habían dado por mí hacía años y que estaba contento de existir y de ser su hijo. Que desde ese día además de ser su hijo biológico, quería serlo también desde la libertad, así que a mí también me gustaba ser hijo suyo y estaba contento de que ellos fueran mis padres. Importaba poco si éramos así o asá; yo estaba contento y quería agradecer toda esa alegría que sentía en mi interior. No he vuelto a hablar del tema con mis padres nunca más, pero creo que ya no es necesario. Parece simple, pero estoy convencido de que es muy necesario. Y de la misma forma que lo deben oír nuestros padres, nos lo debemos decir a nosotros mismos para entender y así poder expresar lo que realmente somos. Un “sí” a vivir la vida, a entender el don de la existencia, a saber apreciar y valorar todo lo que cada día recibimos. Estoy convencido de que la primera sorpresa de la persona es admirarse de todo lo que ha recibido, y la segunda, agradecerlo. Cuando sabemos admirarnos de todo lo que hay y a ser agradecidos es cuando estamos en condiciones de acoger el don de la vida. Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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