Una aceptación mutua

He conocido a lo largo de mi vida, padres que son equivocadamente exigentes con sus hijos. Querrían que fueran casi perfectos: muy educados, inteligentes, pulcro, cuidadoso, etc. Y educan a sus hijos, esperando que llegaran a ser de esta manera. Toda su tarea educativa es un trabajo intenso para que los hijos lleguen a ser lo que ellos sueñan. Tanto es así que llega un momento que uno no sabe a quien ama de verdad, si a los hijos que tiene o a aquellos con los que siempre soñó y que son los que realmente la habría gustado tener. Tengo un buen amigo que siempre se me quejaba porque vivía una situación parecida en su casa. Pablo era el mediano de tres hermanos. Delante de él tenia un hermano muy espabilado, que siempre había sido brillante en los estudios y en las diferentes cosas que había hecho a lo largo de su vida. Su hermana pequeña siempre había gozado –según Pablo- de los privilegios de ser la única chica y, además, la pequeña de la familia. En este entorno, Pablo aunque estaba en medio, se había sentido un poco desplazado. Pienso que tenia mucha razón en algunas de sus quejas, ya que yo había oído a menudo como lo comparaban con sus hermanos, y esto siempre le producía un malestar considerable. En definitiva, quizás era un poco exagerado, pero se sentía la oveja negra de la familia. Él siempre se quejaba que no se sentía amado tal como era. Decía que no tenía la culpa de ser como era, ni de no ser tan brillante como el resto de los hermanos y se amargaba cuando le hacían notar estas cosas. Amaba a sus padres y a sus hermanos, pero tenía la sensación de que no lo entendían y, sobre todo, que no lo amaban como realmente era. Le parecía que querían una persona diferente, como si quisiesen otro hijo –u otro hermano- pero no a él, con todos sus valores y defectos. Esta situación lo cerró en si mismo y esta soledad le llevó a beber a menudo. Como que siempre se quejaba, sus amigos se cansaron de él, acabaron la paciencia, porque no querían pasar el rato escuchando sus comentarios. Le decían que espabilase y, si no le gustaban como estaban las cosas, que se marchara de casa, pero que no se enrollara ni les explicara más historias, porque todos tenían también sus penas. Así pues se fue quedando solo. Beber era una salid fácil. Aunque le advertían de su problema con el alcohol, él siempre negaba que bebiera en exceso, y decía que lo dejaría sin dificultades el día que se lo propusiera. Todos deseaban que fuese verdad, pero tenía la certeza de que no saldría de esta fácilmente. A veces los amigos son demasiado respetuosos o tenemos un concepto de al amistad erróneo. No podemos dejar que una persona se haga daño sin hacer nada por ayudarla. Así que unos cuantos nos decidimos a darle una mano y afrontar con él la situación. Fue una conversación dura, pero él nos lo agradeció toda la vida. Poder formular de manera abierta las cosas y darnos cuenta de los sentimientos que llevamos dentro, nos ayuda a superar los momentos más difíciles y complicados. Entendió que no valía la pena tirar por la ventana todo lo que con tanto esfuerzo se nos había dado. Que a veces, nos cuesta aceptar con gratuidad todas las cosas que los demás han hecho por nosotros. De hecho, igual que su padre y su madre, él también soñaba con tener otros padres, haber nacido en otra familia y tener otros hermanos. De hecho, en el fondo, se quejaba de lo mismo que él hacia con el resto de su familia. El tampoco amaba aquellos padres y hermanos, quería otros, no tan brillantes, y que se le pareciesen más. Como no podía conseguir esta familia ideal, pensaba que si rompía la relación con todos ellos, sería más feliz y no tendría que agradecer nada a nadie. Pero cuando se decidía a dar este paso, se daba cuenta de cómo los amaba y que, a pesar de las quejas, no podía ni quería separarse de ellos. A todos les costó mucho entender que se tenían que aceptar tal como eran y estar contentos de tener los padres y los hijos que realmente tenían. Que vivir buscando fantasmas los podía llevar a perder aquellos que amaban. El diálogo es un buen instrumento para comprender, superar los malos entendidos y las falsas percepciones. Al final pudo explicitar a sus padres lo que sentía y estos entendieron las razones del hijo. A raíz de estas conversaciones la situación familiar mejoró, y los mismos amigos notamos como Pablo cambiaba de actitud, era como si hubiese empezado de nuevo a vivir y se hubiera sacado de encima un peso que no lo dejaba respirar, ni gozar de al vida y de los amigos. Es cierto que los padres cuando el hijo llega a una edad madura esperan que su hijo les manifieste la alegría de vivir, que esta contento de haber nacido, de sus padres. Pero igualmente, los hijos también quieren y esperan oír que sus padres los aceptan y los aman a ellos en concreto, y que a pesar de todos sus defectos no los cambiarían por ningún otro. Quieren oír y gozar de unos padres que están contentos  con este hijo tal como es, con sus talentos y sus limitaciones. Con el paso del tiempo Pablo se casó y ahora tiene dos hijos. Nos vemos a menudo y lo veo feliz con la mujer y los hijos que han tenido. Los ama y no espera nada en especial, solo que estén contentos de existir y quieran gozar de la vida. Con el paso de los años te das cuenta que necesitamos vivir una aceptación mutua: por parte de los padres, de este hijo real y concreto, y por parte de los hijos, de estos padres que nos han dado la vida y que son como son. De este modo se puede establecer una nueva relación, fruto de la aceptación libre de los dos. El fundamento de la familia no es la consanguinidad, sino la libertad de vivir juntos porque nos queremos amar. Y esta aceptación libre y gozosa de los otros miembros de la familia nos lleva a fundamentar nuestras relaciones en la amistad y la gratuidad.   Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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