Una antorcha para la paz

En el año 1886 Francia regaló a los Estados Unidos una estatua monumental de 46 metros de altura y 32,5 toneladas de peso para celebrar el centenario de la Independencia americana. El monumento cruzó el Atlántico fragmentado en 210 piezas de cobre y poco después fue erigido sobre un pedestal de 47 metros en la isla de Bedloe, que preside la entrada en el puerto de la ciudad de Nueva York. Desde entonces, una inmensa llama se levanta incesante sobre las aguas del océano y recuerda que, a pesar de las adversidades del tiempo, la libertad es un hecho vital para el hombre e imprescindible en la construcción de la paz.

El simbolismo de este faro que ilumina el mundo sintetiza la vitalidad del fuego, fuente de luz y de calor, de vida y de evolución, de purificación y de reconstrucción, adorado ya a las civilizaciones más antiguas e identificado ancestralmente con el Sol, el astro rey que cada cuatro años es invocado en Grecia para el encendido de la antorcha que presidirá los próximos Juegos Olímpicos.

La carrera arrancará esta vez el próximo 24 de marzo a mediodía y después de un breve recorrido por tierras helénicas y el paro de rigor en Atenas, los relevos se adentrarán en Oriente siguiendo el trazado de la milenaria ruta de la seda. Más allá del marco histórico que unificará todo este itinerario, el fuego olímpico cruzará algunas de las regiones más desfavorecidas de la Tierra, escenarios de guerra, hambre, miseria, enfermedades, terrorismo, abusos de todo tipo y con la muerte omnipresente.

La llama llegará a agosto en Pekín, una ciudad donde los cambios colosales en infraestructuras, instalaciones deportivas y relaciones para la apertura económica y comercial del país hacia el exterior contrastan totalmente con el inmovilismo de las autoridades chinas con respecto al avance de las prometidas de democratización y respeto por los derechos humanos.

Este paquete de medidas, asumidas por el gigante asiático en el acto de signatura del contrato olímpico que tuvo lugar en julio de 2001 durante la sesión 112 del CIO, incluía como condición sine qua non para la concesión de la competición en la capital china la introducción de una serie de cambios en la estructura de derechos y deberes de los ciudadanos que promoviera una verdadera transformación de la sociedad, y no se basara en una gran campaña de imagen de proyección internacional vacía de contenido.

Aunque faltan ya pocos meses para que se agote a la cuenta atrás para la gran efeméride y todo parece indicar que la situación no cambiará mucho, la edición de este año y las circunstancias que lo rodean pueden contribuir a reabrir el debate y la reflexión sobre determinados aspectos que el movimiento olímpico tiene que seguir manteniendo presente con el fin de garantizar su propia continuidad y razón de ser.

Los Juegos han sido históricamente un escenario donde se han reflejado muchas problemáticas mundiales que han quedado plasmadas en imágenes emblemáticas a través de la fotografía. Ejemplos como el de la participación de las primeras delegaciones femeninas en las ediciones modernas más antiguas, la inclusión de atletas de orígenes y fisonomías diferentes en el Berlín prebélico de 1936, la reconciliación de muchos países en Londres 48 una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, la exportación de los Juegos en el hemisferio sur en Melbourne 56, la solidaridad de los equipos ante la tragedia en la villa olímpica de Munich’72, el fin de los boicots políticos en Seúl’88, el retorno masivo de países tradicionalmente ausentes en Barcelona 92, la reconciliación entre aborígenes y colonizadores australianos en los Juegos del Milenio de Sydney 2000, o la deportividad demostrada por Grecia y Turquía a pesar del conflicto de Chipre durante el retorno de los Juegos en su país de origen en el 2004, son sólo algunas de los hitos que han acompañado la evolución del olimpismo durante el último siglo.

El abandono de los resentimientos históricos y el avance de la libertad parecen haberse esparcido por el planeta a medida que esta gran celebración ha ido llegando a todos los rincones del mundo. La paz no tiene que ser una tregua que facilite la ausencia de guerra, como pasaba en los Juegos Olímpicos antiguos, sino una auténtica fiesta de encuentro que represente a toda la Humanidad y fomenten los valores necesarios para la construcción de la paz.

Dejemos pues que la llama de la libertad llegue a las sombras del Pekín olímpico e ilumine, durante dieciséis intensos días de verano, el camino hacia una nueva manera de entender la paz.

 

Joan Baron Castellà (Traductor e Intérprete)
España – Gerona

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