Una isla, un corazón

Un seísmo terrible, una tragedia inconmensurable, nos ha descubierto que somos una isla, que formamos un único pueblo, unidos en el dolor y la fraternidad más honda. Dominicanos y haitianos somos uno. Poco importa las fórmulas estatales, las lenguas diferentes que hablamos o los chauvinismos nacionalistas. La hermandad existencial, el sentimiento de hermanos, nos convoca a trabajar juntos, a ver el futuro más cerca unos de otros, a conocernos mejor.

Un grupo de amigos y amigas vivimos una experiencia singular que integró el drama de nuestra isla. El jueves, mientras nos llegaba la triste noticia de que había muerto el profesor Nikolay Sukhomlin en Haití, descubríamos que Jean Robert Desir, estudiante de nuestra universidad, la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), había sido asesinado por un delincuente para robarle en Villa Mella, pueblo cercano a Santo Domingo, mientras se preparaba para viajar a Haití y averiguar el destino de su familia tras el terremoto.

Enterramos a Jean Robert como familia PUCMM el viernes 15 de enero en la misma tierra donde nació, ya que la isla es un solo territorio, y esperamos poder comunicarnos con los suyos para compartir tan triste noticia. Mientras eso pasaba esperamos poder enterrar aquí a Nikolay, en la tierra que amó profundamente, donde sirvió a tantos dominicanos y haitianos como profesor de matemáticas, aunque nació en la lejana Rusia. Días después de publicar el artículo en su versión original pudimos traer el cuerpo de Nikolay y celebrar una hermosa despedida con todos sus amigos. Sus restos serán llevados a Rusia en los próximos días.

Este seísmo, este fenómeno de la naturaleza producto de que vivimos en un planeta en proceso de formación, nos ha enseñado tantas cosas… Ni el comercio, ni la ecología, ni la salubridad, ni la infraestructura productiva toleran que seamos dos países de espaldas en esta pequeña isla caribeña. Las apelaciones a la historia de uno y otro lado son excusas de cretinos. Los resentimientos históricos únicamente sirven para alimentar el odio, para empobrecernos.

Ningún pueblo se ha desarrollado rumiando rencores del pasado. El futuro demanda originalidad, creatividad, solidaridad, apertura, si pretende ser un tiempo nuevo para el bienestar y la felicidad. Dios no escogió a Haití para esta tragedia. Pensarlo es perverso. Vivimos en un planeta a medio “cocinar”, quienes no quieran seísmos o volcanes que se vayan a la Luna.

El pueblo haitiano luchó valientemente por su independencia y logró sacar de su suelo al imperio más poderoso de su tiempo. Fue la primera nación en independizarse en América Latina. La veta de amor solidario que hemos descubierto en estas semanas entre dominicanos y haitianos debe alimentarse, fortalecerse, tornarse en fórmulas prácticas. Más dominicanos y haitianos debemos comprometernos a tender puentes de solidaridad y fraternidad. El futuro únicamente existe si estamos juntos.

 

David Álvarez (Doctor en Filosofía)
R. Dominicana – Santo Domingo

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