Una paz vivida

“Una paz vivida más como una rutina cotidiana, como una forma de hacer y, aun mejor, como una forma de ser”  (Salvador Cardús)

En la vida cotidiana hay una tendencia bastante común a justificar el uso de la violencia con carácter ejemplar. En nombre de la educación o de la seguridad, esta justificación de la violencia “buena” aparece en frases del tipo “Una bofetada a tiempo va muy bien y arregla muchos problemas”, haciendo referencia a los hipotéticos problemas que se evitan de antemano.  Se trata entonces de una bofetada preventiva. En una especie de lentes de aumento, si hacemos un zoom, vemos como esta violencia doméstica, se convierte en un asunto público y en nombre de la seguridad pública  o la legítima defensa de la sociedad se defiende su uso en forma de agresión policial durante las manifestaciones reivindicativas de diferente signo. Siguiendo en esta lógica de prevención de males futuros asistimos recientemente a la guerra de Irak y, como no, a la guerra de Afganistan, que sigue al rojo vivo en uno de los puntos más calientes del planeta.  Este discurso que legitima el uso de la fuerza,  a diferentes niveles,  y hace creer que los ejércitos son necesarios, como una institución especial creada para la defensa de la paz,  obedece al lema  si vis pax para bellum, si quieres la paz prepara la guerra.

Afirma Heráclito que “la guerra es el padre de todas las cosas,” en el sentido que el equilibrio es el resultado de la tensión dialéctica entre los opuestos. Heráclito ve el universo como un orden, resultado del conflicto entre fuerzas contrarias, pero éste modelo no es otra cosa que las reflexiones políticas  de su tiempo llevadas al mundo de la naturaleza. El cosmos es un reflejo del orden social, una proyección de las fuerzas políticas y sociales que operan en la Polis griega. El conflicto entre opuestos es la condición de la ley racional y por lo tanto de la armonía social. Como escribe Salvador Cardús en el artículo Cuestiones de paz “La paz exige rigor y entreno, inteligencia y astucia, tenacidad y paciencia, y en ningún caso desaparece la tensión y el conflicto, que son condiciones de vida en plenitud.”

Tenemos como referente, en nuestro universo de valores contemporáneo, para trabajar por la paz La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que ya en el primer párrafo del Preámbulo cita la paz “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Asimismo contamos con La Convención sobre los derechos del niño, (1989) que está inspirada en los mismos principios, y que en el artículo 29 suscribe que “Los Estado partes convienen que la educación del niño debe estar encaminada a preparar al niño para asumir una vida responsable en una sociedad libre, con espíritu de comprensión, paz, tolerancia, igualdad de los sexos y amistad entre todos los pueblos(…)” Hacemos un triste favor a la paz resolviendo conflictos domésticos y sociales con el uso de la fuerza en lugar de apostar por el diálogo, la comprensión y la tolerancia. Aristófanes en Las nubes se mofa de Sócrates, cuando presenta al hijo de un ciudadano rico que ha ido escuchar al maestro. Cuando le pregunta a su hijo por lo que ha aprendido, éste le responde con una lluvia de golpes, argumentando que en señal de agradecimiento le está devolviendo el “bien” que había recibido durante su educación.

También la Carta de la paz dirigida a la ONU está inspirada en la idea de que la paz no viene sola y empieza por uno mismo, en una forma de hacer, en una forma de pensar y en definitiva, en una forma de ser. La paz empieza en los niveles personal y familiar para crecer hasta los niveles estatal e internacional. La única manera de contribuir a la paz es dando ejemplo en nuestro entorno cotidiano y tomando conciencia de que la violencia puntual es la vía más fácil, pero no la mejor para resolver un conflicto, y que,  en útimo término ésta se convierte en un elemento que conduce al fracaso en las relaciones interpersonales y en un obstáculo más para conseguir la paz. Solamente adoptando actitudes positivas basadas en el diálogo, la confianza y el respeto mútuo podremos avanzar hacia una sociedad más justa.

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