Vacación

Primeras semanas de setiembre. Es principio de un nuevo curso en gran parte de el hemisferio norte. Mucha gente está de vuelta de las vacaciones o las está terminando. Se ve gente bronceada y relajada en el tren y se escuchan conversaciones sobre historias de verano. Veo camisetas de sitios de todo el mundo y la gente parece más relajada. Los niños aún no han iniciado el curso y hay menos ruido que de costumbre en los andenes del ferrocarril. Aun así, hay un tema del que se habla casi más que las vacaciones: el síndrome post-vacacional. Hablan de ello en los periódicos que me ofrecen en la salida de la estación. En la televisión es noticia, y hablan de ello en las tertulias. Se pide opinión a los médicos en la radio. Y cuando preguntas a la gente por el nuevo curso no es difícil encontrarse con resoplos, caras largas, y almas desinfladas por afrontar esta “duro regreso a la realidad”.

¿Por qué nos cuesta tanto esfuerzo volver a poner en marcha el que será casi un 90% del tiempo anual que tenemos por delante? ¿Por qué nos ponemos enfermos por volver a nuestras actividades normales? Hay gente que seguramente no ha podido reponer lo necesario para volver a hacer curso, pero, ¿y la gente que hemos tenido un merecido descanso, ¿por qué volvemos heridos a nuestra actividad principal? Sólo los niños muestran de vez en cuando algo de ilusión por volver a lo que dejaron en pausa durante los meses de verano.

Hay un consenso social en que es bueno y necesario para nuestra actividad diaria un buen descanso. Física y mentalmente. Pero ya hace tiempo que tengo la sensación de que siempre estamos más pendientes de la vacación que no de lo que hacemos tantas horas al día, tantos días al año, tantos años en nuestra vida. El lunes echamos de menos el fin de semana y empezamos a pensar en el siguiente sábado. Cuando volvemos de verano empezamos a pensar en las vacaciones de Navidad. Después apuntamos ya a la Semana Santa, y así nos pasa la vida, acotando al horizonte el próximo puente o descanso.

Esto me hace pensar en la relación que tenemos con nuestro trabajo diario: ¿con qué fuerza encaramos nuestro proyecto laboral? ¿Estamos contentos con él? Las circunstancias de la vida no siempre permiten desarrollarnos laboralmente de manera idílica, pero ¿valoramos que estamos dedicando cada día casi la mitad del tiempo que pasamos despiertos en el trabajo? Podría ser que a la mayoría de la gente en realidad no le guste trabajar cada día, pero he visto muy de cerca lo difícil que se hace el paso de las horas para muchas personas que están sin trabajo más de unas semanas. ¿Ni contigo ni sin ti?

Se puede hacer muy difícil pensar en temas como la paz, la solidaridad, la justicia, cuando cada día supone una lucha por mantenerse firme en un puesto de trabajo al que no tenemos ganas de llegar el lunes. Este esfuerzo se lleva gran parte de nuestra ilusión, la alegría, las energías, la creatividad,… y además, es como una bola de nieve que se hace más grande a medida que pasa el tiempo. ¿Cómo puedo hablar de responsabilidad y respeto, si no administro con responsabilidad y respeto mi tiempo, mi bien más preciado, mi vida?

La paz empieza en cada uno de nosotros. Ojalá que desde nuestras circunstancias concretas podamos llevar a término un proyecto vital que orqueste armónicamente nuestro trabajo, nuestro descanso y nuestro ocio. Desde esta base nos será más fácil entendernos a nosotros mismos, a los demás y a nuestro mundo. Es el principio y el seguro de que nos orientamos hacia la paz.
Javier García Aranda (Grafista)
España – Barcelona

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