Viajando por Perú…

Agosto de 2004. Machupichu (Perú). Un grupo de catalanes subimos por el camino que nos llevara a este lugar mítico tan maravilloso. Subimos poco a poco, sin prisas, porque la altitud nos dificulta la respiración. También las diferentes edades de los componentes del grupo aconsejan tomarnos la caminada con calma y suavidad. Nos sorprende un claro en el camino: enfrente se abre la inmensidad de este lugar. Todos nos paramos y se produce un silencio impresionante. Estamos embobados delante de tanta belleza. Nos habían explicado muchas cosas, habíamos visto centenares de fotografías, nos lo habíamos imaginado mil veces, pero la realidad siempre supera las palabras, las fotografías y la imaginación más despierta. Nos apetece estar quietos y contemplar este paisaje, mezcla de la naturaleza y de la mano del hombre. El guía nos invita a continuar. No nos podemos entretener: tenemos poco tiempo y la visita es larga. Me hubiese gustado gozar largo rato y pasear en solitario por aquellos parajes, pero el grupo tiene que continuar junto toda la visita. El guía nos empieza a explicar la historia del Machupichu, los hechos principales que se produjeron, y poco a poco, mientras lo voy escuchando, tengo la sensación que todo aquel entorno de belleza empieza a resquebrajarse, como si las palabras del guía rompieran la armonía de aquel lugar o el marco no pudiese sostener las imágenes que hasta hace poco llenaban mis ojos. El guía conoce nuestro país de origen y, con sutilidad, como quien no dice nada, quien sabe si lo que quiere es no herir nuestros sentimientos, nos va explicando la actuación de los españoles por aquellas tierras y el arrasamiento de la cultura inca. Expresa su rechazo a Pizarro y a la gente que lo acompañaban. Rápidamente algunos miembros del grupo se defienden diciendo: “Nosotros somos catalanes y no tenemos culpa alguna; fueron los españoles los que exterminaron estos pueblos y extinguieron su cultura”. Una vez más vuelvo a experimentar la sensación que nadie no quiere sentirse culpable de los hechos históricos acaecidos en el pasado cuyas consecuencias llegan al presente. Me surge con fuerza una pregunta delante esta situación ¿pero, qué culpa tenemos, los españoles, los catalanes y los peruanos de hoy, de las cosas que hicieron Pizarro y compañía? ¿Por qué tenemos que tener resentimientos los peruanos y los españoles de hoy? Un español de hoy no tiene porque pagar las culpas de los que hicieron sus bisabuelos o de lo que el señor Pizarro hubiese podido hacer. Tener, pues, resentimientos entre nosotros por el señor Pizarro, es una solemne barbaridad existencial. Somos fruto de una historia común, gracias a ella existen los peruanos y los españoles de hoy. Esta historia no podemos cambiarla ni echarla atrás: ellos y nosotros somos fruto de una misma ola. ¿Por qué utilizar la historia para enemistarnos, si sabemos que el enfrentamiento no construirá nada de bueno ni para unos ni para otros? Si hay algo a lo que estamos llamados a ser los españoles y los americanos es a ser amigos. Solo desde la amistad podremos construir una base real que nos ayude a resolver los problemas que tenemos planteados. Los resentimientos son una enfermedad óntica, que consume energías inútilmente y que nos quita las fuerzas de trabajar para mejorar el presente. Ofuscan nuestra inteligencia, la voluntad y, sobre todo, la capacidad de amar. Mientras vamos paseando por estas ruinas incas, me pregunto que sacaran de sembrar en el corazón de las personas estos resentimientos históricos… Y no puedo entender que un lugar de tanta belleza no baste para hacernos entender que es más importante ser amigos que esta visión histórica que nos lleva a enfrentamientos y a desavenencias. Quedé muy preocupado por lo que había oído y, bajando la montaña, decido hablarlo con mi amigo Juan, que hace bastantes años que está en Perú trabajando y cooperando en muchos proyectos sociales y culturales. Imagino que él me podrá dar una perspectiva diferente que me aparte de esta visión tan pesimista. Y mientras reflexionaba sobre todo esto, no podía dejar de pensar en Manuel, Diego, Ada, Juan Antonio y tantos otros amigos nacidos en este país. Me pregunto si ellos también sentirán respecto a mí estos recelos o si realmente nuestra amistad está por encima de tantos fantasmas históricos. Ya se que los fantasmas no existen, pero justamente por eso son tan difíciles de ver y de sacar de nuestro subconsciente. Me doy cuenta otra vez que son los que impiden vivir la amistad y, en último término, la paz. Juan escuchaba atentamente y con interés mis razonamientos. Al acabar mi apasionado discurso, me manifestaba que lo que realmente importa somos nosotros y el bien de todos cuantos estamos aquí, y saber administrar los bienes que tenemos al servicio de la gente. Coincidía en la convicción de que los resentimientos son un verdadero obstáculo para trabajar y tirar adelante. Pero, como siempre, Juan fue un poco más lejos y comentaba: “Desde un punto de vista sociológico, es más cómodo y sencillo desviar la atención de la gente hacia una crítica y la queja de los males del pasado, que llevarlos a ver los males del presente, y dedicar todas las fuerzas para corregirlos, o aún mejor, a prevenirlos y a evitarlos. Criticando el pasado no somos capaces de ver las barbaridades modernas o contemporáneas. A muchos gobernantes les interesa mantener la gente en esta ceguera del presente”. Volviendo a casa, en el avión pensaba que muchos de estos malentendidos vienen por no entender una cosa evidente: que, si la historia hubiese sido diferente, mejor o peor, ninguno de los que hoy tiene el gozo de existir no existiría. Esta premisa tan sencilla es la que la gente no quiere entender. Sin la presencia de los españoles en América no existirían ninguno de los americanos que hoy conocemos. Si la historia hubiese sido diferente, ninguno de nosotros existiría hoy. Por lo tanto, no tiene ningún sentido pasarse la vida buscando los culpables de aquellas situaciones, simplemente porque estos ya no están. Decir los españoles, los franceses, los europeos, o los americanos… es construir un abstracto que no dice nada, pero que nos divide y que nos separa. Es mejor aceptar las cosas tal como son, y sin resentimientos, ser amigos para construir un mundo más justo para nosotros y para nuestros hijos. Hay que conocer la historia porque es maestra de la vida y nos puede ayudar a no repetir estos hechos tan perversos que criticamos. Es bueno que podamos conocer nuestra historia, familiar, nacional, de la manera más objetiva posible. Esconder o deformar la historia, tanto la familiar, la grupal como la de los pueblos, es un obstáculo grave para construir la sociedad. Es convertir la historia en un arma que lanzamos en forma de ofensa y perjurio hacia los otros pueblos. Esto solo puede llevar a tener motivos de rencor y a resolver los conflictos de manera violenta. Espero que cuando llegue y encuentre a los peruanos que viven en nuestro país, sepa darles un abrazo amical para construir juntos una buena convivencia. Jordi Cussó Porredón (Economista) España – Barcelona

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